Primer ganador: The Twilight Saga

El primer ganador del Pase Cinépolis rescata la importancia de la saga Twilight alrededor de una pregunta. ¿Qué ven los jóvenes en esta fantasía vampírica que reporta más de dos billones en taquilla?
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Hay películas que cambian la vida de quienes las ven y alteran la de quienes no saben nada de ellas. Por diferentes circunstancias, estas cintas modifican los equilibrios precarios de la sociedad. The Birth of a Nation permite el resurgimiento del Ku Klux Klan alrededor de los años veintes del siglo pasado; Jaws, de Spielberg,cambia para siempre la industria al crear los blockbusters;con Rosetta, los Dardennehacen que se legisle a favor de los adolescentes belgas mal pagados. The Twilight Saga merece figurar en esta categoría. Infravalorada hasta la náusea por desdentada, por sus diálogos nefastos, por sus actuaciones sin gracia ni viveza, y por su insoportable ritmo zombificante, las películas de esta colección logran algo que la crítica menosprecia pero que a investigadores inquieta, a los oportunistas atañe y a los aludidos ofende: la creación de la Generación Twilight. La circularidad es inevitable: ¿Esta generación existía a priori a las cintas, o estas influyeron en una camada de jóvenes? Al margen de la respuesta, con la siguiente exploración veremos cómo The Twilight Saga consigue lo que solo las películas que llevan el cuño de los clásicos pueden: trastornar la vertebración social.

¿Qué ven los jóvenes en esta fantasía vampírica que reporta más de dos billones de dólares en taquilla?: “La cosmetización de su cadavérico presente y futuro inmediato”, aventura George Remstein, profesor de psiquiatría de la Universidad de Pittsburgh. El psiquiatra inspira su respuesta en lo establecido por un colega suyo, Melvin Konner, autor del libro The Evolution of Childhood: Relationships, Emotion, Mind, en el que acota que el ser humano es la única especie animal que prolonga su periodo juvenil. “Y los vampiros son jóvenes para siempre”, dice Remstein. “La deteriorada situación económica reduce las expectativas de los jóvenes de ingresar al mercado laboral. Nuestros jóvenes intuyen que una vez terminada la universidad, regresarán a casa a chuparle la sangre a sus padres. El desempleo los convertirá en muertos vivientes con una aspiración: tener la sensualidad de Bella y Edward”. Y es que entre los depredadores chupasangre hay diferencias. “No es lo mismo ser un vampiro que una sanguijuela”, concreta Remstein.

¿Cuál es el ansia que domina a toda esta generación?: El sexo. Amelia Gentleman, colaboradora del periódico The Guardian, hace un esfuerzo por entender a la Generación Twilight. Su interés inicial no es el miedo al silencio, la enemistad con el aburrimiento o la adicción a la inmediatez que muchos especialistas atribuyen también a la Gen AO, sino el amor platónico: a Gentleman le atrae el nivel hiperglucémico que alcanza el romanticismo de las películas de The Twilight Saga. La periodista entrevista a jóvenes entre los trece y dieciocho años de edad con la intención de saber qué concepción tienen del amor y de las relaciones interpersonales, a fin de averiguar si se identifican con esa tabla de valores conservadora que subyace en los filmes. El título del artículo en que desemboca el estudio de Gentleman habla de una realidad palmaria: People expect you to have sex at 16. You don’t want to be abnormal. Irónicamente, son Bella y Edward quienes rescatan a la juventud de una sociedad vampirizada. ¿Cómo es esto posible? Sencillo: Edward es un vampiro centenario que reprime su impulso natural de beber la sangre de su querida Bella; la chica está dispuesta a hacer el amor con él solo después del matrimonio; enBreaking Dawn Part 1 la boda finalmente tiene lugar; el coito es traumático para Edward, Belle se embaraza y, pese a los riesgos, el aborto no es opción: The Twilight Saga se usa como herramienta didáctica en un singular programa diseñado para contrarrestar el efecto Juno (embarazos en la pubertad) y arraigar los valores de las buenas conciencias en los jóvenes crepusculares.

Una de las impulsoras de este exitoso programa es Andrea Pappas quien presume apoyar moralmente a la política republicana Sarah Palin cuando la hija de esta, de diecisiete años, es preñada por otro adolescente. Pappas, también Twilight Mom, pertenece al grupo cristiano True Love Waits que promueve la abstinencia sexual en los chicos. Pappas y compañía se alían con XXX Church, organismo que desintoxica a adictos a la pornografía, para ofrecer, en un campamento cercano a Topanga, California, una encerrona en la que se recrean escenas de The Twilight Saga con cientos de jóvenes con el propósito de inculcarles la abstinencia como prueba de amor, la castidad, el sexo legalizado y la filosofía pro vida. “El mundo está obsesionado con pornificar a nuestros hijos. Pero millones de padres estamos dispuestos a impedirlo”, enfatiza Pappas quien incluso establece contacto con Kristen Stewart, Robert Pattinson y Justin Bieber para que funjan como coaches en dicho seminario. “Los casos de efebofilia y los embarazos no deseados crecen alarmantemente. ¡Pero quién iba a pensar que Dios nos enviaría a unos vampiros y hombres-lobo a ayudarnos!”, exclama… Andrea Pappas es actualmente una feliz abuela. Su nieto es bautizado Jacob en honor a un personaje de The Twilight Saga porque la madre, hija de Pappas, es fanática de las películas. La hija no rebasa la veintena.

¿Pero son la desocupación laboral y la prohibición coital las verdaderas preocupaciones de los twihards?: No, son los vampiros. Steve Fineman es un ocultista que dice venir de una legendaria casta de chupasangres. Desde 2008, Fineman, conocido en la comunidad como Kain, intenta junto a un grupo de autodenominados vampiros boicotear las proyecciones y eventos promocionales de The Twilight Saga. “Es una blasfemia a nuestra ralea sanguinaria. Nos afeminan y alelan para quitarles el dinero a una generación de niños mimados”, sentencia Kain, reservándose su plan para sabotear la segunda parte de Breaking Dawn. Huelga decir que Kain, quien no es admitido en la Atlanta Vampire Alliance por, entre otras cosas, violar el código al revelar su nombre real, es descendiente de un miembro del KKK que en 1966 intenta parar un concierto de los Beatles en Memphis, Tennessee. Por cierto, Fineman desconoce la obra de Griffith.

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