Riviera Maya Film Festival, día 3

Pina, de Wim Wenders, y Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler.
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Día de pocos filmes, el jueves resultó, casi irónicamente, de lo más satisfactorio. Tras concluir el miércoles con una cinta extraordinaria como Los gigantes (y contando en la oferta con 11 flores), el jueves comenzó con Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler, cinta argentina que podría funcionar como el tercer acto de una trilogía involuntaria (aunque seguramente la curaduría del festival mucho tuvo que ver) en conjunción con 11 flores y Los gigantes.  Aunque relacionarla con estas dos cintas podría parecer excesivo, es cierto que las tres poseen un trasfondo en común: pintan de forma casi cronológica una línea de crecimiento. Los protagonistas de las tres, niños en etapas distintas – adolescentes a punto de convertirse en adultos, en el caso de Abrir puertas y ventanas; niños que bordean la línea entre la adolescencia y la tercera infancia, en Los Gigantes; niños que salen de la primera infancia y se internan en los terrenos de la adultez en la China comunista, en Once Flores –, hacen frente a la vida sin mayor respaldo que el que podrían proveerse ellos mismos: hay soledad, abandono, melancolía.

Abrir puertas y ventanasse acerca más a Los gigantes en la ausencia casi total de alguna figura paterna (11 flores, con su contexto histórico en la Revolución Cultural china, mantiene la institución de la familia como soporte). El argumento es similar: tres chicas, hermanas huérfanas de padres, quedan a su suerte tras la muerte de su abuela. Lo que sigue es una interesante descripción del acontecer casi diario de las hermanas; hay pleitos casi irreconciliables, rencor, separaciones, extrañamientos. Intimista, muy cercana a los personajes; la acción transcurre de forma casi exclusiva al interior de la casa que la abuela le deja a las tres hermanas. Hay referentes clásicos (Mujercitas, sin ir más lejos) y contemporáneos (ciertos encuadres y situaciones parecen remitir a Las Vírgenes Suicidas, de Sofía Coppola) y un tratamiento visual que, aunque no excepcional (se nota el esfuerzo de Mumenthaler a la hora de intentar crear ungran encuadre, sin lograrlo del todo) funciona en el contexto del filme, dándole una personalidad definida. Una muestra más del crecimiento agigantado de la calidad de la producción fílmica nacional argentina.

Elegir una segunda función resultó cosa compleja: Pina, de Wim Wenders, se exhibió en función única, en 3D, lejos de Plaza Pelícanos, donde se proyectaron la mayoría de las películas a la crítica, y el horario implicaba perder dos funciones en ese cine. La decisión no fue desatinada: Pina es una de las cintas mejor pensadas y ejecutadas de los últimos años; paso importantísimo en la técnica cinematográfica y emocionante documento que deja constancia del extraordinario talento de Pina Bausch, bailarina y coreógrafa. Alejándose de las convenciones del género documental (hay poco material original de los ensayos, y las entrevistas son exclusivamente con bailarines y colaboradores del equipo de Pina) y reinventando el 3D en un esfuerzo memorable. En Pina los colores brillan intensamente (muchísima atención a la primera pieza, The Rite of Spring, paradigma de la belleza), los bailarines son los protagonistas; el fantasma de Pina Bausch se pasea, libre, por cada segundo de metraje. Aunque la función no fue anunciada por el cine en que se presentó, la voz se corrió, y una sala llena gracias a la publicidad del festival y el emocionante boca a boca rompió en aplausos al final del filme. Una experiencia, más que una película; un emocionante testamento, magistralmente llevado a cabo, de la belleza de la danza filmada.

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