Tribeca 2021, dos festivales en uno

Pese al confinamiento, la edición 2021 del festival de cine de Tribeca permitió a sus asistentes virtuales y presenciales consultar un amplio catálogo, desde películas ganadoras y seleccionadas, hasta notables filmes realizados en los contornos del mainstream.
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El festival fílmico de Tribeca, llamado así porque se organiza en el barrio neoyorkino del mismo nombre, fue creado en 2002 con el impulso de Robert de Niro, la productora Jane Rosenthal y el empresario Craig Hatkoff. Tribeca surgió con el objetivo doble de brindar un espacio más para la difusión del cine independiente estadounidense y de otras partes del mundo –una especie de Sundance en la Gran Manzana– y de revitalizar el propio barrio de Tribeca, dañado considerablemente tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Dieciocho años después, en la primavera de 2020, Tribeca se encontró con otra versión de las razones por las cuales fue creado, al enfrentar ya no las consecuencias de un ataque terrorista, sino la reclusión obligada y una inevitable cancelación debido a la pandemia. Este 2021, a la luz de la experiencia de algunos de los más importantes festivales de cine alrededor del mundo –Toronto, Sundance, entre otros–, Tribeca decidió no solo organizar una generosa experiencia híbrida –es decir, con funciones tanto en línea como presenciales–, sino rescatar algo de la programación suspendida del año pasado. De esta manera, prensa y público vimos dos festivales en uno.

La experiencia fue un tanto cuanto caótica, cosa que no fue un defecto sino una característica acaso inevitable. ¿Qué elegir frente a la gran cantidad de opciones posibles? ¿Las películas ganadoras del año pasado o la competencia de este 2021? ¿Los filmes programados en las distintas secciones en concurso, tanto en el terreno de la ficción como en el documental, o las películas fuera de competencia que exploran géneros populares como el horror, el thriller y el musical, que podríamos ver pronto en cines o, en su defecto, en plataformas de streaming? Yo elegí ver de todo un poco, y tuve tan buena suerte que terminé revisando, por azar, algunas notables películas, todas ellas realizadas en los contornos del mainstream.

La cinta inaugural fue un producto químicamente puro de la industria. Me refiero a En el barrio (In the Heights, E.U., 2021), opera prima del exitoso músico y productor nuyorriqueño Lin-Manuel Miranda: un vibrante filme musical, claramente autobiográfico. Aunque ampliamente reconocido por la crítica, fue ninguneado por el público estadounidense, que dejó morir la película en su estreno comercial simultáneo debido a que cometió la imperdonable falla de carecer de una adecuada representatividad de todas las tonalidades raciales latino-neoyorkinas. Esa fue, en todo caso, la justificación de su fracaso económico.

No creo que No man of God (EU, 2021), exhibida fuera de competencia, tenga que enfrentar alguna polémica similar a la que hundió a En el barrio. Aunque sospecho que este sólido retrato de personalidades encontradas, magistralmente dirigido por la cineasta Amber Sealey, despertará otros cuestionamientos inevitables. Centrado en la verdadera relación epistolar y personal que sostuvieron el célebre asesino serial Ted Bundy (Luke Kirby) y el agente investigador del FBI Bill Hagmaier (Elijah Wood) en los años que antecedieron a la ejecución del criminal, No man of God trata de hincarle el diente a la inasible personalidad de Bundy, a través de la dramatización de una serie de conversaciones entre él y el muy profesional y paciente policía federal encargado de interrogarlo (en realidad, de estudiarlo).

Interpretado por un formidable Luke Kirby, no muy alejado de su encantadora encarnación del ingobernable Lenny Bruce en la teleserie La maravillosa Sra. Maisel (2017-), Ted Bundy es aquí un carismático y articulado criminal de ojos penetrantes y perpetua media sonrisa siempre autosuficiente, que se oculta detrás de su interminable palabrería, sus constantes evasivas y sus largas manos, siempre estratégicamente colocadas sobre su cara, de manera que su interlocutor nunca puede ver por completo su rostro, ni quién es realmente.

Con todo y que el filme transcurre buena parte del tiempo dentro de las cuatro paredes de la sala de interrogatorios en la que Bundy y Hagmaier se encuentran a lo largo de varios años, el impecable manejo de encuadre de la cinefotógrafa Karina Silva, el preciso montaje de Patrick Nelson Barnes y el inquietante rapport entre los dos actores que interpretan al policía y al criminal (entre ese silencioso gato y ese verboso ratón, aunque, ¿quién es quién?) no dejan que el espectador pierda interés un solo instante. De cualquier manera, es inevitable que surja un cuestionamiento más que obvio: ¿es realmente necesaria otra película que exprese, si no una simpatía por el diablo, sí una clara intención de entendimiento y humanización? Vamos, ¿necesitamos otra cinta sobre Ted Bundy?

Otra película realizada en las orillas del mainstream, al igual que No man of God, resultó ser la ganadora absoluta de la competencia internacional: Brighton 4th (Georgia-Rusia-Bulgaria-Mónaco-E.U., 2021), cuarto largometraje del georgiano Levan Koguashvili, ubicado en la cerrada comunidad georgiana inmigrante en Brooklyn. Aunque prácticamente toda la película sucede en Nueva York, tanto los decadentes y apeñuscados interiores como los abiertos y desolados exteriores neoyorkinos nos ubican en un territorio más cercano a la Madre Patria georgiana que a la glamorosa Gran Manzana estadounidense.

Un viejo luchador grecorromano retirado, Kakhi (el excampeón olímpico Levan Tedaishvili, leyenda deportiva en su natal Georgia), llega a Nueva York para tratar de ayudar a su hijo bueno para nada que supuestamente está estudiando, pero en realidad no hace otra cosa que jugar el dinero que no tiene, por lo que está endeudado hasta el cuello con la mafia georgiana. El laconismo de esta vieja gloria deportiva –más de uno sabe quién es cuando lo ven caminar por los sitios donde conviven los georgianos– funciona como una suerte de impenetrable armadura de respeto y dignidad. Como otras cintas presentadas en Tribeca, este filme (que no solo obtuvo el premio a la mejor película sino también al mejor guion y mejor actor para Tedaishvili) triunfa al mantenerse en constante equilibrio entre una fórmula bien conocida (la del “pez fuera del agua”) y una ejecución tan serena como antisentimental.

La cinta ganadora del premio al mejor documental comparte esta característica con Brighton 4th y No man of God. Se trata de Ascension (China, 2021), hipnótica opera prima de la cineasta sinoamericana Jessica Kingdon. El tema no es nuevo: la transformación de la otrora comunista/maoísta China en una distópica sociedad poscapitalista ha sido el tema recurrente del mejor cineasta chino de la Sexta Generación, Jia Zhangké, desde su debut con Xiao Wu (1998) hasta su más reciente largometraje estrenado en México, Las montañas deben partir (2015). Lo que fascina en Ascension es la ejecución del previsible discurso: estamos ante un impasible documental sin voz en off, sin carteles explicativos, sin cabezas parlantes que contextualicen lo que vemos.

La mujer orquesta Kingdon, quien es cineasta, guionista, fotográfa y coeditora, nos deja con una apabullante sucesión de imágenes tan aviesamente ordenadas que no necesitan mayor comentario: la cadena de producción de una fábrica de muñecas sexuales hechas para gustos occidentales, un pesadillesco curso donde le enseñan a ambiciosos ejecutivos a negociar con los extranjeros, el delirante programa de una youtuber (¿una Yuya china?) que dictamina que “una dama bella es una carta de presentación de China al mundo”, un estricto entrenamiento para ser contratado como mayordomo de algún ricachón occidental, y –la regocijante cereza del pastel– una fábrica de ropa en la que vemos a decenas de obreros chinos, todos muy serios y dedicados, colocando la leyenda “Keep America Great” en chamarras y cachuchas rojas.

Uno termina de ver Ascension con desconcierto. ¿Quién se está imponiendo realmente en el mundo? ¿Estados Unidos o China? Por lo visto en este documental, quien sigue ganando es el más puro y descarnado capitalismo.