25 años de sangre

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La estrategia del gobierno contra el narcotráfico tiene dos tipos de críticos. El primero cuestiona los métodos y las metas tras admitir que la batalla era necesaria: reconoce que, para principios del siglo XXI, el narco se había adueñado de parte de México, suplantando al Estado. Por desgracia, hay otro tipo de críticos de la lucha contra el crimen. Son los que prefieren omitir la evidencia del calibre del poder del narcotráfico mexicano para llevar el debate a la necesidad del conflicto y los supuestos beneficios políticos que la lucha le ha dejado a Felipe Calderón. Es una vertiente intensamente cínica de la crítica en México. Y no solo es desfachatada, es ignorante. Decir que no había que “agitar el avispero” o calificar el conflicto como una guerra de elección equivale a dejar de lado el sufrimiento que han vivido por décadas cientos de municipios rehenes del crimen organizado. Y no solo eso. Es pretender ignorar el daño que ha hecho desde hace años la eficacia corruptora de esos mismos criminales, que han comprado favores, roto voluntades y pretendido destroncar al Estado mexicano. Pretender que nada de eso existió —o suponer que la amenaza era ignorable— es lo mismo que cerrar los ojos frente a la historia.

Si el lector se ha comprado la versión de los que pretenden minimizar el grado de penetración del narcotráfico en la sociedad mexicana o hacer menos el carácter brutal y sanguinario de los cárteles, me permito recomendarle una lectura. A finales de la semana pasada leí Marca de Sangre, de Héctor de Mauleón. Sin permitirse barroquismos, De Mauléon ha escrito un libro que sirve, al mismo tiempo, como historia breve del narcotráfico mexicano y como catálogo de los horrores del México nuestro. El autor comparte la vida y obra (y captura o muerte) de los grandes capos del narco mexicano en los últimos 25 años. Ahí están El Chapo Guzmán —un narcisista calculador, manipulador brillante— y su compadre, el fiel Mayo Zambada, una suerte de operador silencioso que, milagrosamente, ha conseguido mantenerse libre y con vida. Ahí también la enorme crueldad de los Beltrán Leyva, sanguinarios y desenfrenados, maestros del soborno y la corrupción de altos vuelos. También aparecen los Arellano Félix, encabezados por Ramón, que mataba solamente por esparcimiento en sus primeros años en Tijuana. Después aparece la nueva generación, gente como Teodoro García Simental, el infame Teo, sicario venido a más que aterrorizó a medio Baja California. Al final, De Mauleón se adentra en el auténtico corazón de las tinieblas: el oriente mexicano, territorio que ha pasado del frenesí de sangre de los Cárdenas Guillén a la locura sin parangón de Los Zetas, quizá el grupo más violento y peligroso de la historia mexicana. Y de la mano de cada uno de estos criminales, literalmente a cada paso, están las autoridades corruptas. En la historia que cuenta De Mauleón no cabe duda de cuál lado están muchas autoridades. Comandantes, fiscales y policías de poca monta se encargan de proteger a los narcos; les avisan de operativos, les arreglan escapes fabulosos, les dan larga vida. Es, en suma, la historia del secuestro del Estado mexicano.

Y esa es la realidad de lo que se vivía en México hasta finales del año 2005. Ni los números ni la evidencia mienten. ¿El libro de De Mauleón justifica las maneras detrás de la lucha contra el crimen organizado? Al contrario. En muchos sentidos, esta crónica es el mejor argumento para cuestionar la estrategia gubernamental (la historia de Juan García Ábrego es particularmente interesante). Pero una cosa es cuestionar la estrategia y otra muy distinta es darle rienda suelta al impudor y tratar de perpetuar el mito de que México no estaba en peligro, de que el Estado mexicano estaba a salvo. No lo estaba ni lo está. La amenaza era —y es— implacable, ordenada y descarada. Y ese debería ser el punto de partida de cualquier debate.

– León Krauze

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