Bueno, breve y sustancioso

La brevedad es relativa y resulta difícil marcarle una extensión. Algunas novelas son largas y parecen cortas. Las hay con pocas páginas, pero que se sienten eternas.
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Baltasar Gracián fue quien alumbró la frase tan conocida y tan poco atendida de “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Lo escribe en su Oráculo manual y arte de prudencia, cuando dicta su consigna de no cansar: “La brevedad es lisonjera y más negociante. Gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo”.

Llama la atención que vea en la brevedad una cortesía. Algo muy español. En cambio el mexicano se siente agredido cuando le recetan un monosílabo. “¿Tiene chuletón de Ávila?”, le pregunto a un carnicero madrileño, y me responde: “No”. Yo me siento mejor tratado con esa negativa alargada. “Se lo voy a quedar a deber” o “De momento se nos acabó” o “Me lo traen hasta la semana que entra”, o bien esas respuestas que pondrían en apuros a Bertrand Russell: “Le mentiría si le dijera que sí” o “¿Para qué le digo que sí si no?”

La brevedad es relativa y resulta difícil marcarle una extensión según cada caso, pero se sabe que todo discurso en la inauguración de un evento es largo desde la primera palabra. La gente que asiste a conferencias se espanta si el ponente muestra una resma de hojas, y desde que comienza el evento ya desea que termine. La propia extensión de un discurso se alarga o recorta según las habilidades oratorias, velocidad de articulación y calidad de la voz del ponente. Hay conferencistas que maximizan la impaciencia del auditorio al repetir la falsa promesa de “y ya termino…”.

Algo parecido pasa con las novelas. Algunas son largas y parecen cortas. Las hay con pocas páginas, pero que se sienten eternas. Esto también depende del temperamento del lector. Quien se eduque con Rulfo, Hemingway o Chéjov, podrá pensar que ciertos “grandes prosistas” son apiladores de frases. Cervantes hace burla del estilo de algunos escritores afluentes, pero al mismo tiempo dota a don Quijote de suma facundia para dejar claro que la medida no es la cantidad sino la calidad; aunque el propio caballero andante aboga por la parquedad cuando se trata de su escudero: “Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo”. Por eso no tiene paciencia para escuchar el cuento de Sancho sobre las trescientas cabras que, una por una, han de cruzar el Guadiana. “Entró el pescador en el barco, y pasó una cabra; volvió, y pasó otra; tornó a volver, y tornó a pasar otra. Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque, si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento y no será posible contar más palabra dél. Sigo, pues, y digo que el desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvió por otra cabra, y otra, y otra…”.

Es bueno recortar “Al buen entendedor, pocas palabras” a meramente “Al buen entendedor…”. Aquí tenemos que la brevedad es para entendidos, pero cada vez con más frecuencia leo a articulistas que no confían ni en su claridad ni en el entendimiento de sus lectores. Han de explicarse más de la cuenta y no solo aclarar lo que dicen, sino también lo que no dicen. “Con esto no quiero decir que…”.

Volvamos entonces a Baltasar Gracián, maestro de Schopenhauer, de Nietzsche y de tantos otros que veneran la claridad. “Algunos conciben bien y paren mal, que sin la claridad no salen a luz los hijos del alma… Lo que es la resolución en la voluntad es la explicación en el entendimiento, dos grandes eminencias. Los ingenios claros son plausibles, los confusos fueron venerados por no entendidos; y tal vez conviene la oscuridad para no ser vulgar”.

El discurso, escrito o hablado, ha de aspirar a que se apruebe como en el “Brindis del bohemio”. Uno de los ellos habla de la esperanza en pocos versos. “¡Bravo! Dijeron todos, inspirado esta noche has estado y hablaste bueno, breve y sustancioso”. En cambio, quien se alarga más de la cuenta y estropea la feliz celebración del año nuevo es Arturo, el bohemio que brinda por “la anciana infeliz” de su madre, trocando regocijo por amargura.

Por si lo bueno breve es más bueno o si lo malo breve no es tan malo, pongo el punto aquí.

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