“Yo le volvería a votar, que eso quede claro”, afirma enfático Julián mientras maniobra con creatividad y audacia las uniformes calles del barrio de Palermo, que recitan en sus nombres los países de Latinoamérica. Pasamos por Honduras y, con la luz del semáforo aún en rojo, acabamos de atravesar Costa Rica, seguida de Nicaragua. “Acá todo está tranquilo, ¿viste? Es medianoche, estamos a mitad del invierno y además de todo es martes”, dice a manera de justificación el hombre de 48 años, considerable vientre y escaso cabello color rubio cenizo.
Julián se dedica al arriendo de vehículos de ocasión para extranjeros, “ejecutivos, artistas, políticos, nómadas digitales, ponele”, y cuenta también con un par de salones para fiestas en una zona de la periferia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, o CABA, como gustan de abreviar los porteños, “cualquier cosa, para un cumpleaños, un festejo, para lo que sea, realmente”. Obligados por unas obras de asfaltado en proceso, nos detenemos brevemente en un bajo puente adornado con una serie de murales dedicados a Raffaella Carrà, Diego Armando Maradona y Charly García. Julián se sincera: “te voy a ser honesto, desde que elegimos a Milei mis ingresos se han reducido en un 30%, la gente ya no vive así, sin trabajo”, enciende la calefacción del automóvil cuando el termómetro indica que afuera se rozan los 3 grados centígrados, “es peligroso”, añade con seriedad. “Aun así, y dirás que soy un pelotudo, pero cuando sean las elecciones y si se presenta Milei, volvería a votar por él. No me preguntés el porqué, qué se yo, el tipo está loco, pero eso es lo que necesita la Argentina para salir adelante tras 20 años de fiesta peronista, es la única forma de reinventarnos, de seguir, de cambiar para bien. ¿Me entendés?” Julián arranca sin esperar respuesta, enciende la radio y acelera, ya entrada la madrugada, sobre Avenida Libertador.

Amanece pasadas las 7 de la mañana, casi a las 8, para ser preciso. El cielo tarda en desperezarse un poco más, sin despedirse por completo de los grises que le pintan desde primera hora, a las 9 da tregua a algunos rayos de sol, aunque ninguno logra quitar el frío, esos 10 grados que se sienten menos cuando el aire del Río de la Plata sopla y la humedad se pega a la ropa, por más abrigadora que esta sea. En el corazón del barrio de Recoleta –“uno de los sectores más elegantes, históricos y exclusivos de la ciudad”, según la inteligencia artificial de Google–, las pequeñas cafeterías sirven cafés, facturas y medias lunas, sencillas o rellenas de dulce de leche. Las aceras, veredas en argentino, se turnan entre viandantes camino de sus respectivos lugares de trabajo, muchos, si no es que todos, con el mate y el termo en mano, y vecinos en pants sacando a pasear a sus perros, lanudos, grandes, chicos, feos o bien cuidados, los hay para todos los gustos. Al interior del conocido cementerio homónimo del barrio, entre los estrechos pasillos que albergan tumbas, mausoleos y lápidas desde el primer cuarto del siglo XIX, el silencio es, apropiadamente, sepulcral. Las aves matutinas lo interrumpen entonando algún silbido, acompañadas por los escobazos del equipo de hombres y mujeres a cargo de despejar maleza y limpiar el camposanto.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, repiten en voz baja varias veces una madre y sus hijas frente al mausoleo de la familia Duarte mientras se persignan en más de una ocasión, haciendo una breve reverencia con la cabeza. “Somos peronistas”, me dicen con desconfianza, a manera de saludo. María ha venido desde la norteña provincia de Jujuy a visitar a sus dos hijas mayores, quienes trabajan en el barrio como empleadas domésticas, “en casas de gente rica”. Fue un viaje largo y cansado, casi mil 500 kilómetros y veintitantas horas de autobús, desde los confines septentrionales del país hasta su epicentro político, económico, social y cultural. Es su primera visita a Buenos Aires, reconoce la septuagenaria, y no sabe si será la última. “Aunque nadie se acuerde de nosotros, nosotros no podemos olvidarnos de ella”, se lamenta mientras coloca su mano morena y arrugada sobre el mármol del mausoleo que resguarda los restos mortales de Eva Duarte de Perón, Evita. Entre las múltiples chapas que cubren los muros del sepulcro familiar, flores secas, marchitas, algunos listones anudados y estampitas de santos. El silencio termina de disiparse con la llegada de los primeros grupos de turistas, japoneses, brasileños, canadienses, alemanes, italianos, australianos y gringos. “And here we have Evita’s tomb” explica uno de los guías con marcado acento británico antes de que los celulares invisibilicen la tumba, y de paso a María y a sus hijas, entre selfis que se comparten de manera instantánea en Instagram.
Desde las puertas del cementerio de la Recoleta, enmarcadas por la modesta Basílica de Nuestra Señora del Pilar –junto a San Ignacio de Loyola, del céntrico barrio de Montserrat, la iglesia más antigua de Buenos Aires–, puede llegarse fácilmente a pie a la Avenida Callao, paralela a la emblemática 9 de Julio y su obelisco, concomitantes ambas con Corrientes, “la calle que nunca duerme”. A estas horas del día el tráfico todavía es escaso y caminar por entre edificios de porte decimonónico resulta un deleite, ejercicio indispensable para quien quiera comprobar el pedigrí arquitectónico europeo de la capital argentina. Kioscos de periódicos con revistas del corazón, crucigramas, sudokus y los titulares del día. Página 12, La Nación, Clarín: “Tras el paro, las universidades siguen su plan de lucha”, “Borges sube a escena en el Colón”, “Malvinas: Gran Bretaña busca bajar la tensión pero rechaza el diálogo”. Señoras de fina estampa, portando gabardinas y paraguas, abultados peinados de salón y gafas oscuras. Burócratas con la credencial colgando al cuello caminando en animados grupos de conversación, sin un destino aparente. Estudiantes en uniforme escolar, carriolas con bebés y algún indigente entre medias. La ciudad empezando su día. Autobuses desgarbados que muestran su edad y el cansancio en ruedas, asientos y pasajeros, se intercalan con los tradicionales taxis negros con amarillo y la flotilla de flamantes coches híbridos Made in China que funcionan como transportes de aplicación. Calcomanías y pintas en paredes de predios abandonados y postes de luz: “Las islas Malvinas son argentinas”, “Milei estafador, la patria no se vende, La Campora”.

En el cruce de la Avenida Santa Fe está la inconfundible marquesina de lo que fuera el teatro Grand Splendid, inaugurado en 1919, convertido en cine al quebrarse el siglo pasado y, desde inicios del que corre, una de las librerías más grandes e imponentes del hemisferio, parte de la cadena Yenny – El Ateneo. “Ahora ya no se venden muchos”, confiesa un tanto apenado Learco sobre los numerosos títulos que se acumulan en la sección Historia argentina de la librería, donde los apartados de Malvinas y Dictadura comparten estantería. “Los que más se llevan están acá”, señala el dependiente de mirada cautivadora, pero triste, labios partidos, pobladas cejas y fornido torso. En la mesa de los libros más vendidos la periodista y escritora argentina de terror gótico Mariana Enriquez coincide con Paulo Coelho, la Mafalda de Quino, un par de ejemplares firmados por influencers y algún libro de consejos sobre cómo hacerse rico sin esfuerzo invirtiendo en criptomonedas. El flujo de gente es constante, más que por la oferta literaria, por la peculiaridad de la librería y la cafetería que alberga en lo que fuera el escenario del extinto teatro. Learco se pierde entre solicitudes de turistas chinos pidiéndole que les tome fotos y yo en la lectura fugaz de versos de Leopoldo Lugones en la sección de poesía, escondida en el rincón más alejado de la puerta de entrada.
A unas cuantas cuadras de El Ateneo, bajando por Riobamba hasta su entronque con Tucumán, entrando al barrio de Balvanera, se encuentra la sede argentina de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO. Entre la embajada de Palestina y la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina), la institución central de la comunidad judía del país suramericano. Es día de colación y los graduados, sus familiares y profesores se aprestan a tomar sus respectivos asientos en el Auditorio Emilio Mignone. Trajes sastre, corbatas, blazers, faldas plisadas, orgullo y satisfacción en la mirada.
“Enfrentamos un escenario de mucha fragmentación social y política, de democracias polarizadas. Tenemos que repensar el mundo actual”, advierte la doctora Valentina Delich, directora de la FLACSO sede Argentina, en sus palabras de apertura durante la ceremonia de entrega de diplomas a los graduados en Antropología social y política, Educación sexual, Políticas públicas, Género, Relaciones laborales y Ciencias sociales, entre otras. Los aplausos se intercalan con vivas y muchas fotografías. Cada que uno de los diplomados pasa al frente, saluda a los miembros del pódium con un formal apretón de manos y recibe su título. “Por una patria libre, justa y soberana”, declama en su turno, alzando la voz y con el puño derecho levantado, David Guillermo Ariza, egresado del diploma superior en Evaluación de políticas públicas y toma de decisiones. Las ovaciones se moderan, los flashazos continúan. Todavía falta un buen número de graduados en hacer lo propio y la hora del almuerzo asoma en el horizonte de la concurrencia.
Estofado de carne en su salsa con ravioles de ricota y gruyere. Menú ejecutivo de invierno, incluye postre o café y agua. El vino es aparte. “También tenemos un menú proteico y un menú vegetariano”, ofrece la mesera del Roa Bar, en el corazón de Palermo, sin mucho convencimiento. El pequeño bistró de diez mesas y sobria aunque distinguida decoración está a tope; la clientela tradicional, vecinos del barrio y algún fuereño, sin ninguna preocupación. Son las 2 de la tarde y el sol calienta un poco, mientras que el tinto mendocino elegido para acompañar el platillo principal fortifica el espíritu.

“Un títere”, arremete Alicia antes de darle la última estocada al estofado, “ya ves qué tipo de presidente tenemos, a quien las Malvinas le vienen a conveniencia, no porque le interese en verdad su soberanía sino porque distraen del desastre que le desborda, que se le sale de las manos”, agrega antes de pedir un poco más de pan brioche para remojarlo en la salsa que queda en su plato. La antigua líder sindical, próxima a cumplir 80 años, siempre ha militado en la izquierda, aunque no esconde su gusto por el caviar; en un pasado no muy distante le propusieron enviarla como embajadora a Moscú, un ofrecimiento que la honró sobremanera pero que declinó cortésmente. “Está demasiado lejos”, dice mientras me muestra su envidiable y ecléctica biblioteca personal, presidida por retratos suyos con Hugo Chávez y el papa Francisco y con algunas ediciones de colección, de Ernesto Sabato a Eduardo Galeano.
Son pasadas las 4:30 y el atardecer se acelera, el camino se alarga, la luz se apaga. Buenos Aires inicia los preparativos para otra luenga noche invernal, sin luna. Los coches se acumulan en carriles y avenidas, dirigiéndose al extrarradio, terminando la jornada. Les acompaño en esa peregrinación diaria mientras leo las últimas páginas de la entrañable novela de Bohumil Hrabal, Yo serví al rey de Inglaterra. Una historia de claroscuros acuciados por colores, tan parecida a la de la Ciudadde la Furia. “Y lo inimaginable se hizo posible”, escribió el checo, en boca de su personaje Jan.
“Aquí funcionó el Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, durante la última dictadura cívico-militar, entre los años 1976 y 1983. Aquí, en la ESMA, estuvieron detenidos-desaparecidos cerca de 5,000 hombres y mujeres. Militantes políticos y sociales, trabajadores y gremialistas, estudiantes, profesionales, artistas y religiosos. La mayoría de ellos fueron arrojados vivos al mar. Aquí, en la ESMA, la Armada planificó secuestros y llevó a cabo asesinatos de manera sistemática. Aquí mantuvo a los prisioneros encapuchados y engrillados. Aquí los torturó. Aquí los desapareció. Aquí nacieron en cautiverio niños que fueron separados de sus madres, apropiados ilegalmente o robados. Muchos de ellos son los desparecidos que aún seguimos buscando. Aquí, en la ESMA, se produjo un crimen contra la humanidad”. La placa que identifica el edificio del Casino de Oficiales de la ESMA, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 2023 por su “valor universal excepcional” como testimonio material del terrorismo de Estado, es difícil de leer. Está hecha en vidrio serigrafiado sobre las fotografías de algunos de los 30 mil desaparecidos en la dictadura, de acuerdo con estimados de organizaciones de derechos humanos, como las Abuelas de Plaza de Mayo. En el lúgubre ex complejo militar, situado en el barrio de Núñez, al extremo norte de Buenos Aires, donde la capital se mezcla con la provincia, apenas queda gente a esta hora del día, la última visita guiada al Sitio de Memoria acaba de terminar, sin palabras de por medio. Las torcidas ramas de los árboles que bordean el lugar, casi todos pelados por el invierno, parecen dedos apuntando en la penumbra crepuscular.

En dirección al aeropuerto de Ezeiza, ya avanzada la noche, sobre la autopista Teniente General Pablo Riccheri, que parece encaminarse hacia la nada, Julián vuelve a poner el pie en el acelerador. En la radio, los comentaristas del momento discurren sobre las declaraciones de Donald Trump e Itamar Ben Gvir al respecto de la soberanía argentina de las Malvinas, contrario a la tradicional posición probritánica de sus respectivos países, que si las reservas energéticas, que si los caídos en la guerra, que si la prioridad nacional y la pesca indiscriminada en sus aguas por parte de embarcaciones ilegales chinas. Más que debatir parecen arrebatarse la palabra a la fuerza. La cacofonía de voces da paso a un reportaje sobre la inusitada y preocupante alza en el número de jóvenes que deciden terminar con su vida, “el suicidio es la principal causa de muerte en jóvenes de 15 a 34 años en Argentina”. El mutismo se instala en el auto, incomodando al parlanchín Julián. “Yo qué sé, como digo una cosa digo otra, si allá solo viven pingüinos”, rompe Julián la tregua silente con una risa nerviosa que se agranda con la oscuridad de la noche invernal. ~