“Jóvenes del coro fácil”

A los universitarios nos enseñaron a pensar, a discernir, a valorar la libertad y la autonomía. Es hora, nuevamente, de defenderlas.
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En su libro de memorias Cómo se gana la vida, el periodista Ricardo Garibay, autor dilecto de Gustavo Díaz Ordaz, escribió que la última vez que vio al presidente estaba profundamente solo, en Los Pinos. “No he encontrado en lo vivido a otro hombre con tan tenaz e hincada incapacidad para amar a los demás”, escribió Garibay, quien en otro libro –Cómo se pasa la vida– recogió algunas de las respuestas del presidente a 106 preguntas que le hicieron frente a las cámaras de televisión. “Entre los escritores modernos, leo a Revueltas”, dijo el hombre bajo cuyo mandato poco después, en noviembre de 1968, se culpó al autor de El apando de ser el ideólogo del 68 y fue llevado a Lecumberri, junto con estudiantes y profesores que se salvaron de morir el 2 de octubre, pero no de ser torturados. Garibay recogió otra frase del poblano al final de su presidencia: “Al carajo con el pueblo y con la historia”.

Aquel 2 de octubre, un hombre y sus amigos se lanzaron de Xalapa a la Ciudad de México para asistir a la marcha en Tlatelolco. Afortunadamente, pienso, no llegaron a tiempo, pero habían vivido ya la represión en la Universidad Veracruzana desde junio de ese año, cuando varios profesores demandaron algunas reformas académicas, los estudiantes se sumaron a la petición y estalló la huelga. El 26 de septiembre, la policía atacó con gases lacrimógenos y golpes a estudiantes y profesores que se manifestaban en la Plaza Lerdo. Ese hombre –ave de las tempestades, pienso– había estado junto con su padrino de boda, el doctor Elí de Gortari, el día en que los estudiantes rescataron al rector en una acción temeraria en febrero de 1963. En aquel año, los grupos fascistas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se habían opuesto a la rectoría de Elí, quien había llevado a su ahijado a trabajar a la universidad como profesor de física.

Después del conflicto, tanto el físico como su esposa –física también– se trasladaron a la Universidad de Puebla. Nuevos conflictos los esperaban y, después de pasar varios meses sin salario y de escapar de la policía en el colegio Carolingio, con sus dos pequeñas hijas se fueron a trabajar a la Universidad Veracruzana. El último acto ciudadano de este hombre cuya vida transcurrió siempre en las universidades ocurrió el 1 de julio de 2018. Apenas podía caminar y recordaba ya muy pocas cosas, pero no olvidó pedirme que lo llevara a votar. Cuando se anunció el triunfo de López Obrador, mi padre lloró y me dijo: “No quería morirme sin ver que, por primera vez, México va a tener una verdadera oportunidad”. No dije nada porque no iba a arrebatar la esperanza a un anciano enfermo que había dado su vida por la ciencia, la tecnología y la cultura de este país.

En la UNAM estudió mi abuelo materno. Estudiaron también mis padres, mi hermana y yo. Del bachillerato al doctorado, soy puma hasta la médula. Mis abuelos paternos, maestros normalistas, trabajaron tres turnos para que mi padre pudiera asistir a la universidad y el único privilegio del que gozó esta familia unamita fue ingresar a sus aulas. No solo estudié en la UNAM. Trabajé 15 años en la Dirección General de Asuntos del Personal Académico y ahora me desempeño como investigadora en una nueva casa: la Universidad Veracruzana. Debo a la universidad, debo a mis maestros y a mis estudiantes, todo lo que soy y todo lo que he hecho. Poca cosa si se compara con el conocimiento, infraestructura, descubrimientos, empleos y servicios que los universitarios han dado a este país. Sin ellos, viviríamos en el peor de los mundos: el de la ignorancia arrogante.

La UNAM ha otorgado casi un millón de títulos y diplomas de grado (926,519, exactamente) y durante 2020 –es decir, durante la pandemia– más de un millón y medio de personas se benefició de los programas de educación continua. La UNAM ofrece servicios a la nación de muchas maneras: las más visibles son el Sismológico Nacional, el Observatorio Astronómico Nacional, el Jardín Botánico Nacional, la Biblioteca Nacional, la Hemeroteca Nacional, la Red Mareográfica Nacional, el Herbario Nacional, tres reservas ecológicas, el monitoreo del volcán Popocatépetl y muchos laboratorios de excelencia. No voy aquí a exponer los numerosos datos comprobables que muestran la importancia de nuestra Máxima Casa de Estudios para el país. Las universidades públicas, y también las privadas, son el semillero del progreso de la nación. Según datos del INEGI, el 21.6% de la población mayor de 15 años cuenta con estudios superiores ¿Qué representa esto en términos de producción de riqueza para el país?

La UNAM y todas las universidades tienen muchos y graves problemas. Uno de ellos, quizás el más profundo pero más urgente, sea luchar contra la producción, en nuestras aulas, de ese personaje definido por Gabriel Zaid como el “mediocre habilis”: aquel que puede descartar a una persona más competente que él, pero que no domina las artes trepadoras:

Así se llega a las circunstancias en las cuales un perfecto incompetente acaba siendo el número uno.
Desgraciadamente, aquellos que no tienen interés en lo que están haciendo, sino en ser aprobados, presionan hasta que se salen con la suya. Muchos años después, cuando llegan al poder y la gloria, son los modelos ejemplares de una sociedad reducida a trepar, y la degradación se extiende desde arriba. Muchos lo lamentan, sin ver que todo empieza abajo: cuando maestros, jurados, editores, para no sentirse verdugos, se vuelven cómplices del trabajo mal hecho.

He sido una crítica constante de la academia y he publicado mis diferencias con ella en forma de artículos y libros. He podido hacerlo porque la universidad me dotó de las herramientas críticas necesarias y también de una convicción: las aulas no son solo el lugar para la conversación o el disenso: son el espacio de la libertad en su sentido más amplio, aunque esta empieza con la libertad de cátedra, es decir, con la libertad de creencias y de expresión. Defenderla es también defender el derecho a creer en la universalidad del conocimiento, en la irrefutable necesidad de la ciencia, en la diversidad, en la pluralidad de opiniones, en la autonomía que nace de la crítica y la autocrítica como únicas formas de convivencia civilizada.

Los ataques a la UNAM y a las instituciones de educación superior no son recientes. Su historia es la del autoritarismo, pero también la de mujeres y hombres que lucharon y luchan por impulsar lo mejor de nosotros mismos, en todas las áreas del conocimiento. De Antonio Caso a Julieta Fierro, de Javier Barros Sierra a Rosario Castellanos, de Octavio Paz a Mario Molina, los nombres de quienes han pisado sus aulas son, asimismo, los de quienes han dado identidad y orgullo a nuestra nación.

No voy a exponer aquí los logros de la UNAM durante la “larga noche neoliberal”, porque son tantos que seguramente omitiría alguno. Diré tan solo que es el más importante centro de investigación y docencia de América Latina y una de las cien mejores universidades del mundo.

Sí diré, en cambio, que durante esa “larga noche”, en la UNAM se formaron los principales cuadros del lopezobradorismo y un proyecto que dio ilusión no solo a mi padre –que afortunadamente se murió antes de ver el ataque a los científicos y ahora a las universidades–, sino a miles de universitarios también: mujeres y hombres cuyas esperanzas han sido traicionadas en todos los ámbitos y pueden ver –basta con que abran los ojos– cómo campean la corrupción, la violencia, la ineficiencia, el desabasto, la persecusión y un desprecio por las mujeres y los enfermos que raya en la más trágica de las burlas. Estoy convencida de que, aunque los universitarios nos equivocamos, aún somos capaces de ofrecer, con imaginación y crítica, soluciones para el país, pues en las aulas nos enseñaron a dudar de nuestras certezas.

Hace unos cuantos meses, en abril de este año, el expresidente Luis Echeverría visitó en silla de ruedas Ciudad Universitaria para recibir la vacuna contra la covid-19 (creada por científicos, por supuesto) en el estadio universitario. Hacía más de cuarenta años que no pisaba la Universidad, de donde salió apedreado un 14 de marzo de 1975.

En aquella ocasión y ante los abucheos, un furioso Echeverría empezó a llamarlos con toda clase de epítetos: primero “jóvenes profascistas”, luego “jóvenes manipulados por la CIA”. Como no cesaban los gritos, levantó una arenga que los universitarios no se tragaron: “¡jóvenes fascistas!; son las minorías privilegiadas, y sus homólogos extranjeros (a quienes afecta la denuncia de la explotación, la miseria y la injusticia social) los beneficiarios de la dependencia.”

Antes de salir por piernas y recibir una pedrada, tuvo aún la ocurrencia de gritar “jóvenes del coro fácil” a los universitarios que, a pesar de que ignoraban que Luis Echeverría era un informante de la CIA –conocido en la Agencia como LITEMPO-8, según nos mostró Guillermo Sheridan– sí tenían memoria y sabían quién era en verdad aquel hombre que, en guayabera, se creyó alguna vez apostol del tercer mundo.

Los universitarios no somos, nunca hemos sido ni seremos, los “jóvenes del coro fácil”, porque nos enseñaron a pensar, a discernir, a valorar la libertad y la autonomía. Es hora, nuevamente, de defenderlas.