Estamos en pleno Mundial 2026, y hay algo que vale la pena decir en voz alta, porque nadie en las conferencias de prensa lo va a decir con claridad: la Copa del Mundo más vista de la historia se está jugando, en buena medida, gracias a los migrantes, a los refugiados y a sus hijos. A esas personas que, según algunos de los líderes más poderosos del planeta, deberían estar del otro lado de un muro, en un centro de detención, o en un vuelo de deportación.
A lo largo de la historia, las naciones que han tenido éxito son aquellas que han privilegiado las conexiones humanas. Y muchas de las selecciones del mundial lo reflejan nítidamente.
Empecemos por uno de los anfitriones. Por el equipo que juega en su casa, una casa hoy dominada por un presidente xenófobo y antiinmigrante. Por la selección de los Estados Unidos. La selección estadounidense es uno de los equipos más multiculturales y multiétnicos de este torneo. Y no es casualidad. Es el resultado directo de lo que ese país ha sido durante dos siglos: un país construido por gente que llegó de algún otro lugar. Tomemos algunos nombres. Christian Pulisic –el mejor jugador estadounidense de su generación– es hijo de un padre de origen croata. Weston McKennie creció entre bases militares en Alemania y Texas. Yunus Musah –uno de los mediocampistas más talentosos del equipo– nació en Nueva York de padres ghaneses, creció en Italia e Inglaterra, y eligió jugar para Estados Unidos. Folarin Balogun, delantero, es hijo de padres nigerianos y nació en Londres antes de convertirse en ciudadano americano. Ricardo Pepi, goleador texano, viene de una familia de origen mexicano. Este equipo es, literalmente, el mundo dentro de un vestuario. Es la historia migratoria de Estados Unidos condensada en once jugadores sobre el césped.
Y mientras esta selección compite ante millones de fanáticos estadounidenses que los espolean con banderas y cánticos patrióticos, el gobierno de Trump lleva meses ejecutando la campaña de deportaciones más agresiva en décadas, demonizando e intimidando a los inmigrantes y regurgitando las patrañas de la teoría del “Gran reemplazo”. Separando familias. Deteniendo a personas en iglesias y escuelas. Construyendo una narrativa donde el migrante es, ante todo, una amenaza.
El fenómeno no es exclusivamente estadounidense. Crucemos el Atlántico.
La selección de Francia, que ganó el Mundial de 1998 con el célebre lema “black, blanc, beur” (negro, blanco, árabe), lleva décadas siendo el espejo más nítido de lo que la migración le ha dado a Europa. Kylian Mbappé, uno de los mejores jugadores del mundo, es hijo de padre camerunés y madre argelina. La columna vertebral de Les Bleus – Aurélien Tchouaméni, Marcus Thuram, Ousmane Dembélé– tiene apellidos que no figuran en ningún árbol genealógico de la Francia rural y profunda del siglo XIX. Y sin embargo, cuando anotan, toda Francia grita con una sola voz. Mientras tanto, Marine Le Pen y sus aliados llevan años construyendo una política basada en la criminalización del migrante. Sin preguntarse, aparentemente, quién lleva la camiseta azul.
La selección inglesa fue, quizás, el caso más emblemático y también el más paradójico. En un país donde el hooliganismo de los ochenta había tenido frecuentemente un tufo racista, la selección de los noventa se convirtió en una suerte de vitrina involuntaria del multiculturalismo británico. Paul Ince fue el primer jugador negro en portar el gafete de capitán de los Tres leones, en 1993. Ian Wright, Andy Cole, les siguieron como figuras centrales, no como cuotas decorativas. Esa tensión –una selección multiétnica que representaba una Inglaterra que la Inglaterra real todavía no terminaba de aceptar– dice mucho sobre el fútbol como espejo social: a veces adelanta una foto en que la sociedad tardará años en reconocerse. Solo hay que ver el carácter multiétnico de la selección inglesa en este mundial para entenderlo.
En los años dos mil, la selección alemana renovó su identidad futbolística. Lo hizo, en parte, incorporando a jugadores de origen turco, polaco, tunecino y ghanés. İlkay Gündoğan, hijo de inmigrantes turcos, fue durante años el capitán de la Mannschaft. Jamal Musiala, posiblemente uno de los jugadores más desequilibrantes de Europa hoy, nació en Stuttgart de madre alemana y padre nigeriano-americano, creció en Gran Bretaña y eligió jugar para Alemania. El partido de identidad nacional que se libra en las urnas alemanas –con la extrema derecha de AfD rompiendo techos electorales– no tiene un buen argumento cuando su selección nacional sale al campo.
El caso de España es igualmente revelador. Lamine Yamal –17 años, el jugador más joven en marcar en una Eurocopa, uno de los mejores del mundo– es hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana. Nació en el barrio de Rocafonda, en Esplugues de Llobregat, en la periferia de Barcelona, un barrio que la ultraderecha de Vox llama “estercolero multicultural”. Es, en todos los sentidos, un hijo de la migración africana en España. Y lleva la camiseta de La Roja con un desparpajo que desafía cualquier discurso de pureza nacional.
El patrón se repite en cada selección europea de primer nivel: Portugal, Bélgica, Países Bajos, Suiza. La diversidad étnica no es un accidente ni una concesión ideológica: es, sencillamente, la razón por la que estos equipos son competitivos.
Miremos más allá.
Canadá, coanfitrión del Mundial, tiene una de las selecciones más diversas en su historia, reflejo directo de su generosa e ilustrada política migratoria de las últimas décadas. Alphonso Davies, el mejor jugador canadiense, nació en un campo de refugiados en Ghana. Sus padres huyeron de Liberia durante la guerra civil. Hoy juega en el Bayern de Múnich y es símbolo nacional canadiense. Australia lleva en su selección a jugadores de origen griego, libanés, serbio y sudeuropeo, producto de oleadas migratorias del siglo XX. Marruecos, revelación del Mundial de Qatar 2022, tiene la particularidad opuesta pero igualmente ilustrativa: la mayoría de sus titulares nacieron o crecieron en Europa –en Francia, Bélgica, España– hijos de la diáspora magrebí, y eligieron representar a su país de origen. Es la migración vista desde el otro lado del espejo.
Lo que estamos viendo en este Mundial no es un fenómeno deportivo. Es un argumento político de primer orden.
Los equipos más fuertes del mundo son, en su mayoría, los más diversos. No a pesar de la migración, sino gracias a ella. La apertura, la mezcla, la segunda generación que lleva el apellido del padre o abuelo inmigrante y la camiseta nacional con igual orgullo: eso es lo que produce calidad futbolística. Y calidad humana.
La narrativa antiinmigrante –en Washington, en París, en Berlín, en Madrid– descansa sobre la premisa de que el extranjero debilita la nación. El fútbol lleva décadas desmintiendo esa premisa, gol a gol, torneo a torneo. El deporte no resuelve las contradicciones políticas. Pero sí las expone con una claridad que ningún editorial logra igualar. Este Mundial se juega en estadios de México, Estados Unidos y Canadá. Tres países con historias migratorias profundas, complejas, y en este momento políticamente convulsas. Y en esos estadios, millones de personas que en el debate político serían llamadas “el problema” están siendo llamadas, en cambio, “nuestra selección.” Esa es la Copa del Mundo de los migrantes. La están jugando. La están ganando. Y la están viendo, con banderas en la mano, precisamente aquellos que a veces votan por quienes querrían deportarlos. La contradicción no tiene fácil solución. Pero sí tiene un nombre: se llama humanidad. Y en una cancha de fútbol, curiosamente, todavía se hace visible. ~