“Los actores no tienen opiniones. […] Tienen estados de humor. Caprichos. Manías. Actitudes. Pasiones que duran veinticuatro horas”, dice un personaje en La chica del tambor. Durante dos siglos, los intelectuales fueron la conciencia moral que exhibía las injusticias de los gobernantes ante la opinión pública. Fiel reflejo de la transformación de la sociedad de la Ilustración en la sociedad del espectáculo, actualmente usufructúan ese papel los actores y los músicos populares. A diferencia de los letrados, quienes sustentaban sus posturas mediante argumentos y se enfrascaban en polémicas ideológicas, los activistas faranduleros prefieren los eslóganes. Más que el diálogo, exigen la aprobación y el aplauso, en consonancia con las costumbres de su profesión. “Los actores son unos apasionados partidarios de soluciones espectaculares”, concluye el ficticio representante de artistas en la citada novela de John le Carré.
En las últimas semanas, hemos tenido abundantes ejemplos: desde el postureo en los premios Óscar hasta Silvio Rodríguez pidiendo un fusil para defender a Cuba de una eventual agresión estadunidense, además de la actuación de la hoy infame flotilla Nuestra América. Predeciblemente, son pocas las expresiones de apoyo a quienes luchan contra las tiranías que, sabrá Dios por qué, son consideradas de izquierda, entre ellas, además de la cubana, la iraní. A despecho de la feroz represión que sufren, las víctimas de esos países no suscitan la misma solidaridad que sus gobiernos. Las declaraciones sobre Irán, en vez de apoyar a las víctimas, respaldaron al régimen al denunciar la guerra librada por Estados Unidos como “ilegal” o “inmoral” y pedir orondamente su conclusión porque –reza el prejuicio– solo busca favorecer a Israel. De igual modo, las figuras de la izquierda internacional que viajaron a Cuba para denunciar el bloqueo energético impuesto por Donald Trump prefirieron pertrecharse en hoteles de lujo con generadores propios mientras que en el resto de La Habana los lugareños cocinaban con leña por falta de electricidad. Y por supuesto, los comentarios de estos activistas profesionales avalaron a Miguel Díaz-Canel, el presidente cubano.
La invasión de Rusia a Ucrania ha causado más de 15 mil civiles muertos, y la teocracia iraní sumó, durante la represión a las manifestaciones de diciembre de 2025 y enero del 25, en cálculos conservadores, cerca de 17 mil asesinatos, con más de 30 mil detenidos cuyo castigo más probable es la pena de muerte –la mayor masacre de la historia moderna de Irán–. Sin embargo, Javier Bardem y compañía prefirieron exhibirse en la alfombra roja del Óscar con una pegatina y un botón en la solapa en apoyo a Palestina y culpando a Israel de todos los males del Medio Oriente. Sin público, no hay representación. “Para que el kitsch político pueda surtir efecto, necesita que seamos vistos”, denunció Milan Kundera en La insoportable levedad del ser.
Lo sorprendente, entonces, no es el activismo ni el protagonismo narcisista, sino que, tras décadas actuando este sketch (¿o kitsch?), todavía haya quienes aplaudan “la valentía del actor” o afirmen que esa postura “tenga costes”. Nada hay más predecible y banal que asumirse portavoz de una causa popular en detrimento de situaciones más graves, pero mediáticamente costosas porque no hay consenso al respecto. Nuestro sastrecillo valiente enfundado en kufiya palestina puede proclamar que no teme perder papeles por su rechazo a Israel, pero a lo que no se arriesgaría es a la cancelación. Cuanto más seguro sea el entorno desde donde se protesta, tanto más radical será la postura. Con perspicacia, Walter Benjamin vio el kitsch como “la última máscara de lo banal”. Desde este enfoque, el verdadero propósito del activismo farandulesco no es denunciar las atrocidades, sino fortalecer al denunciante. El “hombre amueblado” de Benjamin que convierte lo auténtico en simulacro: un desplante más para circular por la red antes de que se desvanezca en su propia insustancialidad.
Antes de nuestra era de amplificación masiva, dos escritores de géneros y estilos distintos retrataron la insoportable levedad del compromiso político de los actores. El gran desierto (The big nowhere, 1988) narra la investigación que un comité de policías, promovido por las grandes compañías cinematográficas, efectúa para desmantelar la conjura comunista en Hollywood; al mismo tiempo, dos de ellos investigan una serie de sádicos asesinatos. Al final, las pesquisas confluyen: el meollo reside en la misma perversidad. James Ellroy retrata el izquierdismo del espectáculo como una caótica mezcla de mala conciencia, hipocresía, vanidad y lucha por el poder de las élites. Al describir la podredumbre social con acentos que evocan el expresionismo de la literatura alemana de entreguerras, la segunda entrega del cuarteto de Los Ángeles trasciende el género negro. Algunos de sus temas son el sadismo, la pedofilia, el incesto, la corrupción policiaca y las repercusiones del horror nazi –la divulgación de las atrocidades de los campos de exterminio como influencia de los asesinos en serie; una tesis que también refleja Monstruo: la historia de Ed Gein–. Más importante para nuestro asunto es el descarnado retrato de los actores.
Gritaban tópicos, amaban los lemas, eran pseudoidealistas a la moda. Langostas atacando causas sociales con información errónea y soluciones falsas.
En el corpus narrativo de su autor, esta novela es una de las más brillantes y el desdichado Danny Upshaw, uno de sus personajes más entrañables: una suerte de puro que combate contra los pervertidos mientras sus conflictos lo condenan. Con la ferocidad propia de un “perro demonio” —como se asume a sí mismo el narrador angelino–, configura a la farándula de izquierda como profundamente inmoral, capaz de los crímenes más atroces. En el cosmos nihilista de Ellroy no hay idealismo ni nobleza, sino un caos regido por la voluntad de poder y el deseo.
La obra que mejor plasma esa compleja relación entre la actuación y el activismo es La chica del tambor (The little drummer girl, 1983) de John le Carré. De elaborada trama, con el conflicto entre israelíes y palestinos como eje, no podía ser más actual. Son curiosos los túneles de gusano que comunican los universos de estas novelas. Por principio, heredan la visión del horror conradiano. El gran desierto incluye un epígrafe de El corazón de las tinieblas y en La chica del tambor el perpetrador de la intriga se apellida Kurtz, aunque la omnisciente voz narrativa descarta esa ascendencia (“Otros hacían complicadas comparaciones con el personaje de Joseph Conrad”) señalando que su apellido era llanamente “Kurz”, al cual un policía británico había añadido la “t”. Más allá de los tejidos intertextuales, comparten el planteamiento de que el horror se halla incrustado en la sociedad contemporánea, sea en la corrupción de las instituciones gubernamentales como en la normalización de las conductas aberrantes, en particular la pedofilia, o en la superficialidad con que las democracias combaten el terrorismo y minimizan las ideologías antioccidentales. Encontramos aquí una percepción que nos obliga a reflexionar sobre cómo la barbarie dejó de ser excéntrica, recluida en las colonias, donde la civilización mostraba su verdadero rostro patentizando el salvajismo de la colonización, para aposentarse en el corazón de Occidente: Los Ángeles, Europa. Añado otro elemento común: los papeles que desempeñan tanto Claire De Haven, la abeja reina de la conjura comunista en El gran desierto, como Charlie son comparados con la función de Juana de Arco.
Si La chica del tambor es palpitantemente actual, se debe no solo a su tema, sino por retratar la frivolidad de los actores “comprometidos”. Charlie es vana, impulsiva y errática; su educación revolucionaria –que recibió en acostones y orgías– es trivial, nutrida de arengas, lemas y dogmas, pero incapaz de resistir los embates dialécticos que el socrático Kurtz realiza con precisión relojera. Ni siquiera sería necesaria esta deconstrucción de los sofismas juveniles: el viejo Quilley, pese a su infatuación por la impetuosa chica, comprende bien su veleidad. Mientras la novela de Ellroy trasciende el subgénero noir, la de Le Carré lo hace con el del espionaje por su complejidad política y su análisis de las motivaciones ideológicas, en la vena del Dostoievski de Los endemoniados. Mención especial merece la especularidad que plantea el compromiso como una representación. Charlie, la diletante de la acción política, cuyas convicciones define Kurtz como confusas, irracionales y frustradas, se convierte en una actriz en el teatro de lo real. Su identidad termina fragmentada y en pugna con sus filiaciones, toda vez que, gracias a la estrategia de adoctrinamiento, ha dejado de ser una aficionada para convertirse en protagonista en el escenario verdadero. Por su parte, Becker, convertido en una presencia que encarna dos papeles, acentúa ese tema de la dualidad. Hay un desdoblamiento existencial, característico de este universo, que refleja la escisión de los personajes y por extensión la alienación social.
Si el suspicaz lector ha llegado hasta aquí a pesar de sus prejuicios, le revelo que en esta intrincada trama, como en la de Ellroy, no hay heroísmo ni pureza. Si el tema central en la novelística de Le Carré es la contradicción y los dramas ideológicos, en La chica del tambor, fiel a su brújula ética, el escritor que surgió del espionaje no toma postura sobre el conflicto israelí-palestino y atrapa al lector en la misma telaraña moral en que se debate la actriz. Con ello, nos convertimos igualmente en prisioneros de estos enredos, donde, lejos de las arenas blancas del activismo de tumbona en Varadero, debemos ponderar nuestros argumentos para respaldar causas y elegir la menos nociva. Por supuesto que estas deliberaciones nunca atraerán reflectores y en vez de enfrascarnos en dilemas éticos preferimos el postureo fácil, siguiendo el son de la flauta y el tamborcillo de quienes nos pastorean. Al fin y al cabo, como un colaborador refiere a Kurtz, Charlie jamás había enfrentado “un peligro en toda su vida”. Lo cual bien podríamos aplicar a todos los fanfarrones que proclaman que darían su vida por una causa, incluyendo al cantante de protesta a favor de la dictadura. “La Gran Marcha es ese hermoso camino hacia adelante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá… Lo que hace que la izquierda sea izquierda es el kitsch de la Gran Marcha”, dijo, con insoportable contundencia, Milan Kundera. ~