En su extraordinaria novela Claudio el Dios, el escritor británico Robert Graves pone, en boca del entonces joven futuro emperador romano, una discusión entre los historiadores Tito Livio y Asinio Polión sobre cómo se debe transmitir la historia. Para Polión, lo fundamental son los hechos verificables, por más áridos que sean. Livio, por el contrario, prioriza la manera de contarlos, qué significado tuvieron y cómo se pueden presentar al lector.
Para Polión, lo sucedido en el Estadio Azteca debería leerse como que México ganó 2-0 a Sudáfrica en su debut en el Mundial 2026, ante 80 mil espectadores. El partido y el resultado serían una línea en el relato del evento, que a su vez sería un párrafo en la historia de los mundiales.
Pero a los seres humanos nos gustan las narrativas. Los héroes, los villanos y las interpretaciones. Cada uno interpreta la historia con base en su experiencia, sus preferencias e incluso en el momento personal en el que la conoció. Una historia no es solamente lo que sucedió sino quiénes éramos nosotros cuando sucedió. Por eso, leer la Odisea a los 20 años no es lo mismo que a los 40. Y, por eso, Livio resultaría un narrador mucho más interesante para lo que pasó ayer en la capital mexicana.
Cada una de las 80 mil personas que estuvimos ayer en Santa Úrsula podríamos interpretar de maneras distintas las horas transcurridas entre nuestra llegada al estadio y el momento en el que lo abandonamos.
Yo, por ejemplo, podría decir que el mundial México 86 me tocó de 9 años, que a mis padres no les gustaba el futbol y que, entonces, el que un niño fuera al estadio les parecía impensable. Nunca hubo en ese torneo ni siquiera la insinuación de ver alguno de los partidos en vivo. Yo tampoco lo eché en falta.
Por supuesto, el hombre que soy 40 años después lamentaba tanto no haber asistido, que el juego de ayer resultó una suerte de segunda oportunidad otorgada por la vida a ese niño. Y el periodista que estuvo en la tribuna, con ocho mundiales a cuestas, volvió a tener nueve años por unas horas. Se le puso la piel de gallina con la euforia popular y sufrió el partido como si se le fuera la vida, aunque el trámite del mismo no daba razones objetivas para ello.
Sin duda, hubo quien recordó a aquellos adultos que lo llevaron al primer partido de México en el 86, y que hoy no están entre nosotros. La explanada estaba llena de niños, que sí tendrán el recuerdo de su primer mundial, aunque sea solo por el relato de sus padres. Para el influencer que grababa videos bailando, quizá fue solo un evento más en su búsqueda de seguidores. Y también estuvieron todos los que no pudieron entrar, pero que se sumaron a la fiesta que empezó varias horas antes del juego, con bandas de música, disfraces, mariachi y porras.
Para el delantero mexicano Raúl Jiménez significó tantas cosas que es difícil ponerlas en un párrafo. La redención, después de tres mundiales en los que no había podido anotar con la selección. La confirmación del milagro de tenerlo en la cancha, tras el terrible accidente que pudo haberle costado la vida hace seis años, y del que resulta en cierto modo inexplicable que haya salido con la capacidad de volver a jugar futbol al más alto nivel.
Él, sin embargo, eligió otra historia tras marcar el tan anhelado tanto, con el que México puso cifras finales al triunfo de 2-0: la de recordar a su padre fallecido hace unos meses, pilar de su carrera e influencia insustituible. Cuando la pelota tocó la red, Jiménez corrió hacia la banda y levantó los brazos haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas.
Sus compañeros llegaron a abrazarlo. Quiñones, el nacido en Colombia en la más profunda pobreza, al punto de no tener zapatos para jugar en su niñez. Mora, el niño prodigio, a quien se le augura un futuro brillante. Alvarado, que redimiera con el pase para gol su pésimo mundial de hace cuatro años. Cada uno tiene una historia distinta, que repetirán por años y años.
Por eso, el futbol tiene muchos más Livios que Poliones. Porque los datos están bien, y los hechos hay que mencionarlos, pero son solo un fragmento de la historia entera. Y es esa historia la que realmente vale la pena contar. ~