Foto: Peter Kratochvil.

La derecha y sus políticas de la alcoba

El avance de la derecha iliberal trae consigo una cruzada espiritual y religiosa relacionada con el escepticismo y desdén hacia el humanismo universalista, hacia la modernidad ilustrada y la ciencia y hacia la democracia liberal.
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El pasado mes de noviembre se llevó a cabo en México la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC). Al frente del evento estuvo Eduardo Verástegui, actor de telenovelas convertido en activista político y religioso antiaborto, y asistieron personajes como Hermann Tersch, diputado al Parlamento Europeo por el partido español Vox; el argentino Javier Milei, economista, diputado y ex candidato presidencial; José Antonio Kast, ex candidato presidencial chileno; Eduardo Bolsonaro, diputado e hijo del ex presidente de Brasil; y Alejandro Giammattei, presidente de Guatemala. Destaca entre los invitados el premio Nobel de la Paz y ex presidente de Polonia, Lech Walesa. Otras figuras reconocidas enviaron mensajes por video, al estilo del presidente de Vox, Santiago Abascal; el ex presidente de Estados Unidos, Donald Trump; y el también estadounidense y senador republicano Ted Cruz.

El tema que los congregó no fue otro que seguir fortaleciendo un frente común de lucha ante el avance de la izquierda en América Latina y en otras partes del mundo. Para los asistentes, tal avance, del que forman parte fundamental las luchas feministas y el activismo LGBTQ, es el responsable de las amenazas a la familia nuclear heterosexual, columna del orden civilizatorio del occidente cristiano. Los temas de la Conferencia expresan las inquietudes en este sentido: la expansión del “marxismo posmoderno”, el “globalismo”, la “ideología de género”, y la impostergable defensa de “dios, la familia y la patria”.

Un aspecto encomiable es el que se hayan denunciado públicamente los crímenes de la izquierda autoritaria en una región que ostenta tres de las peores dictaduras del hemisferio: Cuba, Venezuela y Nicaragua. El problema es que la crítica a las dictaduras de este signo político es un pretexto detrás del que se esconde el cuestionamiento de fondo de la democracia liberal, sistema político que patrocina, de acuerdo a CPAC, el derrumbe del occidente cristiano. Tal derrumbe, que comienza con los cambios respecto a la familia, es una preocupación lo suficientemente importante como para dejar en segundo plano problemas tan graves como el narcotráfico y el crimen transnacional; la pobreza, la falta de inversión y el bajo crecimiento económico; además de la inflación, la corrupción y el rezago educativo y laboral.

A diferencia de la derecha liberal, apegada al discurso tecnocrático y de crecimiento económico y respetuosa de los principios de la sociedad abierta, esta reacción ultraconservadora demerita el éxito que alcanzó el orden liberal instituido en Europa por la democracia cristiana y la centroderecha, a las que Abascal tilda peyorativamente de “derechita cobarde”. En algunos casos de nuestra región, tal reacción se decanta por un sesgo claramente confesional muy afincado en la soberanía del Estado, como lo demuestran las alianzas entre partidos políticos e iglesias evangélicas neopentecostales en Brasil y Centroamérica. Al igual que sus hermanas europea y estadounidense, esta vertiente ideológica es abiertamente contraria a la inmigración, a los estilos de vida minoritarios, a los mercados libres y al multilateralismo, pues ven en estos el óbice destructor de los valores comunitarios de la familia y la tradición.

Llama la atención el cultivo de una mentalidad propia de la Guerra Fría, en la que todo discurso o política pública que tenga una connotación social, como lo pueden ser la educación y la salud pública, es inmediatamente tildado de “comunismo”. Se parte de que esta ideología ha mutado en una suerte de política cultural y educativa tras su fracaso económico y político en el siglo XX; por ende, es preciso librar la “batalla cultural” contra la penetración del marxismo en los colegios, las universidades, los medios de comunicación y el arte. Se trata de una cruzada espiritual y religiosa para restaurar un orden ideal perdido, relacionada con el escepticismo y desdén hacia el humanismo universalista, hacia la modernidad ilustrada y la ciencia y, como ya se dijo, hacia la democracia liberal.

De las discusiones de la CPAC se desprende que la esfera privada individual tiene que plegarse al ejercicio subordinante de la gran familia encarnada en el Estado nacional; de este modo, la alcoba, definida aquí como el lugar en que los cuerpos ejercen la sexualidad y la reproducción, es comprendida como un área clave de la política, desdibujando totalmente los límites entre las esferas privada y pública. El cuerpo constituye un instrumento que debe seguir los principios de la ley natural y que no debe corromperse, por lo cual el aborto y la eutanasia deben ser prohibidos. Respecto al candente debate sobre el género, este supone una ideología que tiene como fin sexualizar a los niños, creándoles una crisis psíquica y de identidad. El matrimonio igualitario y la fluidez de la identidad de género se perciben como atentados contra el mandato de la naturaleza, es decir, de Dios.

No es secreto para nadie que la democracia liberal se encuentra bajo amenaza en todo el mundo. De acuerdo con Freedom House, los derechos políticos y las libertades civiles se hallan en una clara regresión en los últimos quince años previos a 2021. Los logros respecto a la equidad de género y la inclusión plena de las minorías pueden ser revertidos a mediano y largo plazo si se dirimen en el terreno de los extremos políticos y no de los consensos racionales. Si la democracia liberal no quiere perecer frente al auge de los extremos, no solamente de derecha sino también de izquierda, es imprescindible, como apuntan en sus recientes libros Moisés Naím y Francis Fukuyama, contraponer al relato iliberal la verdad de los hechos. Allí donde los iliberales inventan conspiraciones fantásticas de agendas globalistas y corporativas, debemos señalar la retórica hueca y rescatar la promesa de la democracia liberal. También es ineludible apelar a la moderación con el fin de contrarrestar las pasiones del discurso populista, y de esta forma encontrarle un espacio a ese gran contingente del electorado que no está en los extremos de la polarización y el sectarismo. ~


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