Messi mete la pata

Una falta imprudente se convirtió en un crimen y la interpretación arbitral se volvió una conspiración global.
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Ay-ay-ay.

Fue una falta imprudente, Lionel Andrés. ¿Cómo vas a ir a buscar la pelota así, cómo vas a querer ganar? Tu rol no es marcar, Lionel Andrés: tu rol es que te revienten los gemelos y el tobillo a patadas. Lo tuyo no es dar, cordero de dios: es recibir. Si haces lo contrario, ay muchacho de mi alma, entonces dejas de ser quién eres: sos la víctima propiciatoria, campeón.

El crimen, Lionel Andrés, no fue dar esa patada pelotuda sino algo más sencillo y trascendente a la vez: el crimen es ser quien sos.

Martes 16 de junio de 2026, estadio Kansas City, Argentina-Argelia, primera fase, primer partido del Grupo J de la Copa del Mundo. Treinta y un minutos, primer tiempo: el desastre. La escena dura apenas dos o tres segundos: Messi llega por detrás hasta Aissa Mandi, el capitán argelino, que tiene la pelota, lo choca, lo desbalancea, estira la pierna y, por el desequilibrio previo, sus tapones terminan contra la pantorrilla ajena. Messi retira el pie de inmediato, pero el crimen ya sucedió. El mundo se congela.

A mí me resultó curiosa la reacción, más que el contacto. En el rostro de Messi hay una expresión instantánea de reconocimiento moral, y no es la del jugador que fue descubierto, sino la del tipo que sabe exactamente qué se siente recibir una patada así. Una especie de “mierda, esto no era”. Y Messi supo que había metido la pata: que si el árbitro quería, podía interpretar fuerza excesiva, y chau-mi-amor: a las duchas. Pero el árbitro dejó seguir. Falta, levántese Mandi, juegue. Ni amarilla. Ni sermón.

Y entonces llegó internet.

Por supuesto, necesitamos creer. Todos. Siempre. En algo. Las conspiraciones son funcionales a esa necesidad. Son máquinas narrativas que convierten la complejidad en argumento. Si Messi no fue expulsado, no puede ser porque un árbitro interpretó una jugada dificilísima en tiempo real. Tiene que existir una estructura oculta. FIFA. El negocio. El marketing. ¿Acaso Szymon Marciniak no es el mismo árbitro de la final Argentina-Francia de Qatar 2022? ¡Ah, ahí está! Todo arreglado, todo para Argentina. Messi no puede ganar limpio, no puede ganar solo, el maldito enano hormonado… Era así, siempre fue así: la mano invisible de algún director de guion universal empeñado en que el argentino siga ganando. Es como dicen, ya te digo yo: D10S es argentino. Juegan con ayuda.

Lo que me llama la atención de cuanto sostiene el escándalo es que la prueba principal no fue el video sino una fotografía. En el video, es evidente que Messi no va a hacer una falta sino tras la pelota: intuye que, si aprieta, roba y crea un ataque. Cualquiera que haya jugado fútbol sabe eso. En el camino, atropella. Ahora, el video no niega la falta: muestra una disputa por el balón a destiempo y con decisión, pero no son Sergio Ramos, Pepe o el animal Hrabina yendo a matar.

Sin embargo, aunque el video no es exculpatorio –hay falta, es amarilla– el escándalo se sostiene en la reproducción de otra cosa, y esa cosa es una foto. Una imagen estática. El pie de Messi sobre la pantorrilla, repetido hasta saturar Twitter, Instagram, los podcasts. ¿Acaso necesitan más evidencia, necios messiánicos, de que su adorado héroe fue brutal y debe irse? ¿Acaso no ven lo que vemos? Pie-pantorrilla-Argentina-trampa-Messi-expulsión.

Y no. Calma, radicales: la imagen es condenatoria precisamente porque está incompleta. La foto no contiene el choque previo sino el rasgo seleccionado: un recorte, un cuadro, una condena. La foto es incapaz de mostrar la secuencia porque su sincronía no captura jamás la diacronía de la historia. Es un espasmo. Es, siempre, evidencia del instante. Y, en este caso, es presentada –su señoría– como la prueba A del crimen del señor Lionel Andrés Messi Cuccittini. La foto contiene el arma: el pie avieso, Adidas F50 El Último Tango, talla 43. Contiene al criminal y la víctima: la derecha argentina del mejor de la historia, la derecha menor del capitán de una selección valiente pero secundaria. Contiene la ofensa histórica: Goliat y David; la siempre expansiva, grandilocuente, ególatra Argentina ante la invalidez de una nación africana, para más INRI, saqueada por los franceses ayer, aprovechada hoy. Contiene tres copas siempre discutidas.

Pero, por no tener, la foto no contiene la retirada inmediata del pie ni el rostro de Messi descubriendo, en tiempo real, que acaba de equivocarse. La foto no muestra la intención (que es el lance por recuperar el balón) ni la culpa (la cara de Messi, que sabe que ha golpeado a alguien y que el árbitro, si quiere, puede fletarlo del partido). Nuevamente, no contiene la historia de lo que acaba de suceder. Apenas un pie criminal, un pie argentino, el pie de Messi, tatuándole los tapones a Mandi. Queda el arma criminal, no la escena, que se pierde. Queda la reproducción. Una impostura.

Y he ahí su valor. La foto es poderosa porque engaña: elimina la historia. La foto es apenas el des-contexto.

Y las redes sociales aman los objetos sin historia.

Indignarse es mucho más sencillo que comprender. Siempre. La indignación ofrece recompensas inmediatas: me da pertenencia, me provee identidad –¿qué seríamos sin otros como uno, arropándonos, cuidándonos, empujándonos? Da una inmediata sensación de superioridad moral. En el enojo, nos sale el dedo índice divino, la furia rectificadora, la venganza del arcángel. El enojo produce una sensación pasajera de control en tiempos tan veloces e inconsistentes, viditas. Por un instante –como una foto–, la bronca nos absuelve de quienes somos y pone el ojo en alguien más. Oh-la-lá, sabemos quién es el villano y quién es la víctima. Y, sobre todo, sabemos –y el dedo flamígero se inclina– qué sentencia corresponde.

Roja.

Expulsión.

Suspensión.

Chau, Messi.

Chau, Argentina.

La profecía cumplida: siempre hicieron trampa, son así. Maradona y la efedrina: Argentina fuera de Estados Unidos 1994. Messi y los tapones: Argentina fuera de la Copa 2026. ¿No sería eso un poco de justicia divina para los atribulados hinchas del anti-messianismo, de todos los antis?

Ternuritas.

No tengo claro que los enojos virales sean una forma de populismo emocional, pero sí de trauma. Las emociones básicas reconocibles están allí. Frustración, enojo, sentido de justicia –la que sea–, impiedad. ¿Envidia, deseo? ¿Reconocimiento, al cabo? El hincha contemporáneo vive rodeado de derrotas simbólicas, algoritmos que le perjudican sorteos de copa, árbitros arreglados tras bambalinas por mega conspiraciones oscuras, frustraciones que crean campeonatos de la querella, odiosas comparaciones permanentes. Necesita descargar algo. La controversia arbitral funciona como una válvula de escape muy eficiente. Sobre todo cuando la culpa es de aquel que no nos gusta.

Oh, qué maremágnum: en apenas minutos, aparecieron fotos de Messi contra Holanda, Messi en el Barça, Messi no saludando a un niño (y, pegados, el algoritmo colgaba uno de Cristiano saludando a un niño). Y luego el mejunje de conspiraciones: el Barcelona y Laporta, las copas en España, Negreira… Y tras Messi, fotos y videos de argentinos: Paredes y el pelotazo contra Holanda, la Mano de D1OS –nunca el gol del siglo, porque no importa la gloria sino la miasma–, Videla en 1978, Infantino en 2026, De Paul-Messi-Infantino-Trump-Inter Miami… Si hubiera, aparecería alguna foto de Messi con Pol Pot, ejecutando a un rebelde sudanés o besando a Elon Musk como Brezhnev con Honecker.

Decenas de conspiraciones en una sola persona. El chico bueno que creemos que, en el fondo, no tiene lo que se merece. Messi es perfecto para el papel de esa víctima propiciatoria. No porque no hubiera cometido una barbaridad –¡lo hizo!–, sino porque ya existía una narrativa lista para recibir la evidencia. Cualquier evidencia. El frame encontró su prejuicio. El culpable estaba escrito de antemano: nada más necesitábamos la excusa para plantar la evidencia sancionatoria. No el proceso dinámico, diacrónico, de la falta; la sincronía: la foto incriminatoria.

Claro, ocurrió lo inevitable. Esa falta imprudente se convirtió en un crimen y la interpretación arbitral se volvió –madredediós– una conspiración global. Interesante: una fotografía derrotó a una secuencia de video. El recorte suplantó a la totalidad. Millones de personas encontraron, durante unas horas, exactamente aquello que más deseaban encontrar: una razón simple para explicar un mundo complejo, y olvidarse de otras cosas.

Unos días después, otra vez en Kansas, Lionel Andrés se dedicó a tapar más bocas. Erró un penal y, como no puede consigo mismo, metió otros dos goles, rompió el récord histórico de goleo de la Copa del Mundo y clasificó a Argentina. El último lo hizo iniciando la carrera a mitad de campo, dirigiendo el artaque y esquivando a un tercio del equipo en el área chica. En-el-minuto-93. Su competitividad ha quedado tan fuera de registro que olvidamos que el muchacho tiene 39 años, una edad donde casi nadie juega a fútbol y sólo él lo juega bien.

Tampoco importó demasiado. El anti-messismo se desató. Que Argentina tiene ayuda, que Infantino es la novia de Messi, que Messi juega con 12 y reglas propias. Nadie ve la vocación competitiva: toda conspiración encuentra en un punto minúsculo un agujero negro y en un hilo de coser una cuerda para colgarse.

En el fondo, el anti-messista no odia a Messi: se odia a sí mismo. Se dio cuenta de que eligió mal, pero debe mantener la guerra abierta porque ha invertido demasiado de sí y no puede asumir el costo emocional del error. El resultado: pierde la noción de lo real, se separa de los hechos, se inventa un mundo a medida donde poder vivir sin contradicciones.

Pasa todo el tiempo. Ese mismo martes del partido, el FBI anunció que había detenido a cinco personas acusadas de planear un atentado a la Casa Blanca con drones. El foul de Messi congeló el tiempo y el espacio: para demasiada gente, nada de eso pasó. Debe haber sido parte del acuerdo Messi-Infantino-Trump para quién sabe qué.

La conspiración, al cabo, no es una teoría sobre Messi –es sobre nosotros, almas bellas. La foto nos incrimina. ~


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