México en la Feria de La Habana: maquillar la dictadura

Hay más de 900 presos políticos en Cuba. Activistas, periodistas y artistas son sometidos a un acoso permanente, y la ley penaliza cualquier expresión de disidencia. Los artistas e intelectuales mexicanos que participan en la Feria Internacional del Libro de La Habana maquillarán todo aquello con su presencia.
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El filósofo político Norberto Bobbio habló de la política de la cultura para referirse al modo en que los intelectuales públicos intervienen en los debates y problemas del mundo contemporáneo. En el caso de México, esa política de la cultura ha sido tradicionalmente desplegada por personalidades, élites e instituciones relacionadas tanto con grupos sociales y políticos específicos como con las orientaciones e intereses del gobierno de turno. Cuando este cambia –en especial durante la era democrática abierta en México tras el año 2000–, es lógico que cambien la composición de las élites y la orientación de su incidencia.

La élite político-intelectual de lo que se ha llamado la Cuarta Transformación –una suerte de mole ideológico– reúne a ideas y personas afectas al nacionalismo revolucionario, con variantes del marxismo y agendas radicales de la políticas de la identidad. La novedad aquí no radica en la composición generacional de esa élite, sino en su arribo a una posición de poder capaz de controlar recursos y definir agendas radicalmente diferentes a las de la transición democrática. Agendas identificadas con una refundación política, afín a ciertos proyectos y circuitos de las izquierdas gobernantes latinoamericanas.

Los más veteranos integrantes de este grupo ejercieron oposición al viejo régimen priista desde una vocación revolucionaria (con Cuba como paradigma) que solo la reforma electoral del régimen fue cambiando.  En el caso de los más jovenes, su vida y carrera han transcurrido dentro de las fronteras de la democracia. Críticos de los errores y deudas de la etapa (neo)liberal, desconocen la posibilidad de otras formas opresivas de política, en especial aquellas erigidas en nombre de la justicia social.

Cuando estos intelectuales hablan de dictaduras, su épica, memoria y denuncia pertenecen al “viejo PRI” y las dictaduras de derecha. Les cuesta mencionar los regímenes vecinos de Caracas, La Habana o Managua. No siempre los defienden abiertamente, pero casi nunca los critican en público. Que esta cercanía entre la nueva élite político-intelectual y los autoritarismos de izquierda regionales es no solo una sensibilidad de grupo sino también  una agenda de Estado lo demuestran varios hechos en torno a Cuba.

El expediente cubano

En octubre de 2021, en el marco del Festival Internacional Cervantino dedicado a Cuba, Alejandra Frausto, secretaria de Cultura, y Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica, anunciaron que México sería el invitado de honor de la edición 30 de la Feria Internacional del Libro de la Habana, a celebrarse originalmente en febrero de 2022. Eso sucedía tres meses después de las protestas del 11 de julio que cimbraron a Cuba, y en medio de una campaña de criminalización y represión del gobierno de la isla sobre los activismos y las disidencias, dentro de las cuales destacan intelectuales, escritores y artistas.

En enero de 2022, la Armada mexicana celebró la partida rumbo a Cuba de un buque con más de veinte mil libros, así como insumos para la participación mexicana en la feria. Los agradecimientos a las fuerzas armadas y autoridades cubanas destacaban la reciprocidad del pueblo mexicano con la ayuda solidaria brindada por Cuba durante la pandemia de covid-19. Esta narrativa de la solidaridad, en referencia a la opaca contratación de servicios médicos por seis millones de dólares realizada a través de un convenio con el Instituto de Salud para el Bienestar, se ha repetido también en las declaraciones de diplomáticos mexicanos en la Habana y de las autoridades culturales invitadas al evento.

En entrevistas en medios, el embajador mexicano en Cuba, el director del Fondo de Cultura Económica y la propia secretaria de Cultura expresan el agradecimiento y el honor que significa la invitación, así como los sueños y anhelos compartidos por ambos pueblos. Señalan el significado y compromiso de apoyar a Cuba y sus lectores, a pesar de las restricciones presupuestales y de la situación económica de la isla. Destacan también que el amplio programa mexicano en la feria constituye un avance de la esperada visita de Andrés Manuel López Obrador al país, en mayo próximo.

La FILH se celebra finalmente entre el 20 y 30 de abril de 2022. La delegación mexicana, encabezada por la propia Alejandra Frausto, incluye a artistas, intelectuales y escritores, entre los que destacan Taibo II, Fabrizio Mejía, Pedro Salmerón, Eugenia León y Sabina Berman, entre otros: personalidades todas que desarrollan sus carreras en una democracia imperfecta como la mexicana, pero que concurren ahora al convivio con el autoritarismo insular.

La agenda incluye exposiciones, presentaciones literarias, firmas de convenios de colaboración y la apertura de la librería Tuxpan del FCE en la Habana. El objetivo declarado es mostrar la pluralidad y diversidad de México. Lo harán en una feria del libro organizada por un Estado editor

{{ Rafael Rojas, El estante vacío. Literatura y política en Cuba, Anagrama, Barcelona, 2009. }}

que controla lo que se publica y lee en Cuba. Un espacio editorial cerrado a proyectos independientes que cuestionen o critiquen al poder, cerrado a autores cubanos del exilio, cerrado a la cada vez más sólida edición independiente cubana que existe fuera de la isla. El propio Paco Ignacio Taibo II ha lamentado haber esperado 20 largos años para poder presentar en Cuba su biografía del Che, a pesar de haber estado dispuesto desde el inicio a donar los derechos.

Como sucedió con la visita de Díaz-Canel a México en el marco de las celebraciones de la independencia, con la gira a propósito del Festival Cervantino de las autoridades culturales cubanas por varios estados, o con la reciente visita de la secretaria general de Morena a la Habana, para las autoridades cubanas México se convierte en un prestigioso aval y respaldo a la “fiesta del libro habanera”, y al régimen que la organiza. La Secretaría de Cultura ha caracterizado el cónclave como “un símbolo de integración y unidad para la región latinoamericana, teniendo en cuenta la histórica postura de Cuba como puente cultural y revolucionario.”Desde la prensa oficial cubana (unica permitida) corresponden, resaltando los históricos lazos de unidad de ambos pueblos y los vínculos con instituciones culturales como Casa de las Américas. Destacan, con textos e imágenes, el respaldo de los invitados a las autoridades cubanas.  

En medio de una profunda crisis económica, con más de 900 presos políticos, con activistas, periodistas y artistas sometidos a acoso permanente, con un decreto ley 349 y la amenaza de un código penal que criminaliza cualquier posibilidad de expresión de las disidencias, los intelectuales y artistas mexicanos maquillarán con su presencia y prestigio. No deja de ser irónico que en un panel sobre la nueva transformación de México compartan al público cubano sus experiencias como opositores políticos, disidentes del orden neoliberal y constructores de una alternativa política que llegó al poder de manera democrática.

En sus declaraciones a la prensa oficial cubana en la inauguración del evento, la secretaria de Cultura celebró la labor cultural del Estado cubano, y el compromiso de México de generar acciones que tengan un eco en la sociedad y en los jóvenes, y que “sepan que tienen un país ejemplar por su dignidad, por su resistencia y por su amor a la cultura”. Fiel a la romantización de la revolución cubana, fiel a equiparar al régimen cubano con la nación, fiel a esa tendencia de mostrar a las y los cubanos lo afortunados que son de vivir en un régimen en el cuál ninguno de ellos viviría.

Un problema persistente

La crítica a la situación en Cuba ha generado ecos en la izquierda social e intelectual, dentro y fuera de la isla. En los últimos dos años, el activismo cultural cubano ha interpelado a sus pares en toda la región. Ante esta situación, ¿es posible que los escritores, periodistas, académicos y artistas mexicanos que viajan a la Habana, estén ajenos al drama humano de los presos políticos y sus familias? ¿No es acaso deseable que intenten conversar y conocer  el testimonio de tantos militantes críticos, activistas y artistas disidentes? ¿No podrían hacerse eco del llamado a la amnistía? Cuando hasta Silvio Rodríguez, ícono de la nueva élite político-intelectual mexicana, pide la revisión de algunos procesos, ¿es posible seguir cantando la épica de “Cuba como puente cultural y revolucionario”?

Además, no solo es lamentable la  falta de solidaridad que supone la participación de intelectuales procedentes de un país democrático en un foro organizado bajo una dictadura. Al ser los pensadores y artistas personas que proyectan, en sus obras y palabras, una apuesta por cierto deber ser, ¿no llama la atención semejante vinculación de estos con la política cultural de La Habana? Cuando en pleno Apartheid o régimen de Pinochet,  intelectuales conservadores –como Friedrich Hayek– o artistas pop -como Julio Iglesias– acudían a los eventos organizados por los regímenes autoritarios, concitaban la repulsa internacional, incluida, de forma diáfana, la de la intelectualidad de izquierdas latinoamericana.

¿Es admisible sostener una actitud amable con una dictadura como la cubana, alegando que se trata un gobierno supuestamente socialista? ¿Los valores democráticos y el respeto más elemental a los derechos humanos –los mismos por los que la izquierda mexicana luchó contra otro régimen también autoproclamado revolucionario– pueden administrarse bajo dispensas ideológicas? Y, para el lector local ¿no debería preocupar que intelectuales que proponen un cambio radical en nuestro país sostengan semejantes amistades militantes, allende las fronteras nacionales? Lo personal, lo ideológico y lo político confluyen aquí, en una relación problemática, poniendo a la democracia mexicana ante el espejo de su vecino autoritario.

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