(Re)Visiones desde la cuarentena: Bogotá

"Quizá lo más llamativo (al principio) fue la ola utopista que barrió el mundo entero. [...] Si algo sabemos después de un año tan complicado, es que estos vaticinios eran sobre todo verbalizaciones públicas de esperanzas privadas."
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El año pasado, invitamos a un grupo de personas a participar en Visiones desde la cuarentena, un relato colectivo de las primeras y extrañas semanas de confinamiento, según transcurrían en distintas ciudades del mundo. Revivimos por unos días aquella serie para saber cómo se mira, a 399 días de distancia, la cotidianeidad pandémica.

– La redacción

 

Al volver la vista atrás (Carta de Bogotá)

Quizá lo más llamativo (al principio) fue la ola utopista que barrió el mundo entero. No habíamos cumplido ni un mes en cuarentena cuando una multitud de maîtres à penser anunció el colapso del capitalismo y la transformación de la conducta humana. Casi frotándose las manos, Franco Bifo Berardi escribió que nuestro sistema económico “había muerto”, pero que estábamos “viviendo adentro de su cadáver”; con la misma rapidez, Alberto Acosta decretó que teníamos “una oportunidad de oro” para poner en práctica el sumak kawsay (“vivir bien” en lengua quechua) que es, para quienes no lo sepan, el más reciente embeleco altermundista para conseguir una relación armónica y fructífera con nuestro prójimo y con la naturaleza que nos rodea.

Si algo sabemos después de un año tan complicado, es que estos vaticinios eran sobre todo verbalizaciones públicas de esperanzas privadas. Por más que le pese al filósofo italiano y al exministro de Minas del Ecuador, no parece que la covid-19 vaya a poner por ahora de rodillas al capitalismo y menos todavía a convertirnos en mejores personas. ¿Por qué habríamos de esperar que un virus, es decir, el detonador por excelencia del miedo, la paranoia y la discriminación, volvería a la gente más buena? ¿Por qué confiaríamos en que las cuarentenas, las quiebras, la exacerbación de la violencia intrafamiliar y el daño psicológico fruto del encierro darían como resultado forzoso la búsqueda de un sistema diferente al capitalista? Visto lo visto, tal vez sería más sensato esperar algo distinto, vaya a saberse qué. En Colombia, al menos en este momento, la mayoría de la gente está entregada a un turbulento laissez-faire, cuya compensación psicológica es por supuesto Twitter y en el cual no se ven ni rastros de lo que barruntaban Berardi y Acosta en marzo del año pasado.

Ser falaz no depende necesariamente de lo que se dice. También importan los silencios, las omisiones, lo que se deja flotando en el aire. A mí me carga en ambos ensayistas su proclividad a imaginar la pandemia como un retiro espiritual, porque está claro que en los últimos doce meses no estuvimos dedicados precisamente a la transformación de nuestros egos. Hicimos, en el mejor de los casos, lo que se pudo, lo que estuvo a nuestro alcance.

Pero, por más odiosa que sea, esa visión del coronavirus como un agente purificador me resulta menos deprimente que el bochornoso espectáculo de tantos pensadores como Berardi y Acosta guardando silencio a la hora de reconocer el papel del capitalismo en la superación de la crisis sanitaria. Ellos, y tantos otros como ellos, siempre tan locuaces a la hora de poner en entredicho al sistema, ahora no han encontrado palabras para admitir que fue la vilipendiada hija del capitalismo, la “ciencia neoliberal”, la “ciencia conservadora ajena a las necesidades legítimas del pueblo”, la que produjo un abanico de vacunas en un tiempo récord y por tanto nos dio el chance de conjurar la pandemia. Por incómodo que sea, es indispensable repetirlo: tal tarea no la llevó a cabo la “sabiduría ancestral”, ni el “conocimiento alternativo de los pueblos primigenios”: la hizo la ciencia tan denodadamente combatida por todos ellos.

Esa verdad de a puño muestra la persistencia de un espíritu, si no anticientífico, sí receloso ante la tecnología entre los actuales pensadores utopistas; y con no menor nitidez, enseña también el arraigo de un prejuicio paralelo que a estas alturas se creería erradicado. Me refiero a que, si bien el capitalismo le asigna a la ciencia y a la tecnología un rol decisivo en la solución de muchos problemas, de ahí no se sigue que entonces se dé por sentado que la ciencia y la tecnología resuelven por sí solas los problemas. De hecho, a diferencia de lo que sugieren aquí y allá pensadores como los que ya mencioné, hay unanimidad en que esa tarea le corresponde a la política, pues toda investigación científica arrastra consigo una cauda de conflictos de valores e intereses, luchas de poder, disputas por recursos que nunca son suficientes y, claro está, intensas deliberaciones públicas. La actual querella en torno a las patentes de las vacunas lo evidencia de manera descarnada: es la democracia, no la ciencia, la que resuelve los problemas.

Sé que mi conclusión no es tan llamativa como la caída del capitalismo anunciada por Berardi o la mejora del ser humano implícita en el sumak kawsay de Alberto Acosta. Sin embargo, aunque sea una constatación humilde, incluso una constatación harto sabida, la prefiero a pesar de su falta de glamur. Que la pandemia nos haya recordado la importancia de la imperfecta, de la siempre amenazada democracia, me parece que no es deleznable. En un contexto de brutal crisis económica, de erosión creciente de las instituciones y de un alarmante aumento del autoritarismo, una certeza así, mínima y modesta, alumbra como las luces largas de un auto en una noche de invierno.