(Re)Visiones desde la cuarentena: Ciudad de México

"Hemos vivido un año marciano. Un año que se ha alargado hasta lo indecible, regido por el miedo a la enfermedad y al contagio, y por la nostalgia."
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El año pasado, invitamos a un grupo de personas a participar en Visiones desde la cuarentena, un relato colectivo de las primeras y extrañas semanas de confinamiento, según transcurrían en distintas ciudades del mundo. Revivimos por unos días aquella serie para saber cómo se mira, a 399 días de distancia, la cotidianeidad pandémica.

– La redacción

 

El año marciano

El año marciano, es decir, el tiempo en el que el planeta Marte recorre su órbita alrededor del sol, dura 687 días. Es un año larguísimo, que transcurre en un planeta que tiene la mitad de tamaño que el nuestro; un lugar frío, polvoriento, desolado.

 

Marte, lo sabemos todos, se llama así por el dios de la guerra de los romanos y tiene dos lunas, Fobos y Deimos, es decir, Miedo y Terror. Es un dios, sobra decirlo, temible: es el señor de la guerra, de la violencia, de los ejércitos y la audacia en el combate. Solo lo ha vencido, y en contadas ocasiones, Minerva, la diosa de la inteligencia, esa virgen severa y diestra en el manejo de las armas. Alguna vez Marte ha caído en la trampa del amor, pero rara vez en la de la piedad, aunque a veces se le atribuye la posibilidad de ser justo con los vencidos.

Hemos vivido un año marciano. Un año que se ha alargado hasta lo indecible, regido por el miedo a la enfermedad y al contagio, y por la nostalgia. Nostalgia por las rutinas que creíamos banales y resultaron fundamentales para nuestra alegría. Añoranza de mirar la sonrisa ajena, de tener la posibilidad de codearse con extraños al comer en un puesto callejero, de recibir o dar un abrazo de pésame, de beber un lento café en un restaurante lleno, en medio de las conversaciones y el estrépito de los cubiertos. De cómo evoco el mar, ni hablo. Mi miedo y mi sentido de la responsabilidad me mantienen clavada en mi casa; no habría forma de que pudiera inventar una excusa para ir a la playa y, quizás, contagiarme y contagiar a mis seres queridos. Es como si estuviera en Marte, sedienta y sola.

Imagino el mar, sobre todo el Caribe de mi vida, como una alucinación azul y radiante, mágica, salutífera y renovadora. En los primeros meses de 2020, a la sensación de ahogo e impotencia que me causaban las imágenes de los incendios australianos, se sumó la certeza de que la covid se acercaba a nuestro país, mientras desde el gobierno emanaban las declaraciones más pueriles imaginables, con estampitas de santos y otros dislates que ya son célebres.

El home office se convirtió en el jefe a domicilio. Algunos fines de semana, en las noches dominicales, llegaron correos de trabajo, atiborrados de preguntas, propuestas y, ay, cancelaciones. Muchos trabajan más ahora y sin el estímulo del contacto humano. Claro, hay quien ha podido convivir más con su familia, pero esta convivencia ha tenido sus espinas, sus incomodidades, su falta de privacía.

Todos dormimos mal o, al menos, de forma distinta. Es que no fue Selene, nuestra luna, la que presidió nuestros sueños; fueron Fobos y Deimos, las lunas marcianas, el Miedo y el Terror. El miedo al contagio, al desempleo, al futuro. El terror a vivir en un mundo en el que el poder se ha ido concentrando en manos torpes o violentas, incapaces de acercarse con delicadeza a lo que no comprenden.

En este año marciano atestiguamos, apabullados, que la violencia, hija natural de Marte, no se detuvo o disminuyó con la pandemia. Vimos con estupor cómo algunos gobiernos, entre ellos el mexicano, exhibían a las claras su ignorancia y su incapacidad para gestionar una crisis de salud que trajo detrás, para seguir con las imágenes celestes, una cauda de desempleo, incertidumbre y desinformación.

Un año marciano, en el que las declaraciones de los responsables de gobernar parecían proferidas por hombrecitos verdes con orejas de corneta y antenas en la frente, mientras el miedo encogía nuestros espacios vitales hasta la asfixia. Muchos sentimos que el mundo laboral y afectivo disminuía progresivamente de tamaño hasta quedar reducido al espacio entre el teclado de la máquina y los dedos. El resto pasaba en la pantalla.

En los meses más arduos de la cuarentena, fue en la pantalla donde estuvieron las caras de los amigos y los parientes, los paisajes amados, el futuro posible y el presente avasallador. El festejo de los avances de la ciencia –y el enojo por las nuevas condiciones de la investigación científica en México–, el estupor ante los nuevos brotes, las manifestaciones en contra del uso del cubrebocas o el temor a la vacuna. Un año en el que cada uno de nosotros se cocinó a fuego lento en el caldo tristísimo de nuestra pesadumbre, del dolor por los muertos cercanos y también por los más de dos millones de víctimas, de pérdidas por esta plaga provocada por la explotación irracional de los animales.

Me extraña que ese tema, la urgencia de replantear el trato que tenemos con la naturaleza, no ocupe los titulares de los periódicos de todo el mundo. Después de todo, la pandemia tuvo su origen no en un laboratorio, sino en un mercado grotesco donde los supersticiosos devoraban animales exóticos, con el fin –¡qué raro!– de tener más potencia sexual, fuerza física y longevidad.

En fin. Hubiera querido escribir una crónica de crecimiento, de la expansión de mi espíritu. Reportar que aprendí latín o, al menos, a tejer. Pero no pude. Lo que sí aprendí es que no me cabe la menor duda de que, sí, Minerva la diosa sabia es la divinidad a la que atenerse para escapar de Marte. Sospecho que tiene una hermana menor, menos lucidora y hasta más necesaria para vivir mejor cuando pase todo esto: la sensatez. Es más humilde, menos enfática, más sonriente y serena.

Tan escasa y tan esencial, tan ausente de la boca de los políticos. La sensatez. Sólo armados con sus herramientas, tan discretas y poco estridentes, lograremos abandonar nuestro exilio marciano y volver a nuestro planeta. Dejar atrás el año marciano.