Solo quiero decir: las muestras de fin de curso

Ballet en gimnasios sin ventilación, muestras de teatro del cole en el centro cívico: el aire acondicionado se estropea y uno de los actores se va a hacer pis en mitad de la función.
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Las primeras muestras de fin de curso que recuerdo son las mías, claro: hice de soldado en la función de fin de curso de la extraescolar de teatro (el profesor se llamaba Alejo), sujeté la lanza con convicción y entrega. No sabía leer y por eso no me dieron frase. Recuerdo una tarde en que hice muestra de mis tres extraescolares en el patio del colegio Cervantes: teatro, gimnasia rítmica y jota. No me acuerdo de qué obra hice (¿recité un poema de Lorca?) aunque sí cómo iba vestida. Poco después nos trasladamos a Urrea de Gaén, Teruel, 500 habitantes, en una de las funciones de fin de curso fui Juana de Juana Milmentiras. El clímax se producía poco después de que se me rompiera accidentalmente un botijo que llevaba: lo habíamos roto antes y no recuerdo el trucaje que habíamos ideado pero sí que estaba especialmente orgullosa de que nadie del público se diera cuenta de que había uno. Sometí a mi familia, que siempre acudió con entrega y solicitud, a pesar de algún que otro refunfuñe, a la tortura de acudir a más y más muestras de teatro (hice hasta los 23). Me acuerdo del playback de “Desesperada”, de Marta Sánchez, que hicieron las mayores. 

Recuerdo las muestras de fin de curso de mis hermanos. ¿Recuerdo alguna muestra de fin de curso de mis hermanos medianos? Aquella en la que tuve que hacer varias guitarras eléctricas de cartón copiadas de un vídeo de un concierto de Bruce Springsteen & The E Street Band para el playback tributo que le hicieron mis hermanos y sus amigos en el polideportivo de La Iglesuela del Cid, Teruel (300 habitantes), circa 1997 (se llamaba polideportivo pero solo se usaba para las verbenas, los espectáculos y las cenas populares). Me acuerdo más de las muestras de fin de curso de mi hermana pequeña, sobre todo de una en la que la confundí con la que entonces era su mejor amiga (luego se pelearon y ahora creo que ni se hablan). Tenía la cara un poco más redonda y los ojos azules en lugar de verdes, pero con ese disfraz de plástico amarillo, con el pelo tapado por algún elemento fundamental del disfraz de flor o pollo o lo que fuera, me despisté. Tuvo que hacerme sospechar la cara de sorpresa que ponía su amiga mientras yo le miraba enternecida y sonriente. Luego se pusieron de moda –una crueldad absolutamente innecesaria en mi opinión– las muestras en las que eran los padres los que actuaban. Mi madre tuvo un papel protagonista en una función de la que solo vi fotos –llevaba ropa roja, coletas y unos coloretes exagerados en las mejillas–. En el colegio de mis hijos en Madrid se hacían muchas cosas así, supongo que es una prueba del alto nivel de renta que los padres pudieran implicarse en esas actividades. Recuerdo una fiesta de la castaña, un taller sobre Machado, y cuando llegó la pandemia estábamos construyendo un iglú con cartones. 

Alguna vez que estoy deprimida recuerdo la muestra de fin de curso de varias actividades en Utebo, Zaragoza, para animarme. Nosotros íbamos a ver a mi hermana –funky, su grupo: Slow breath–, pero antes tuvimos que asistir a la interpretación de “My heart will go on” a la flauta dulce –el sintagma flauta dulce despierta las peores expectativas: fueron superadas– y a la muestra de batería con “Highway to hell”. Solo tocaba la parte de la batería. 

Ballet en gimnasios sin ventilación, muestras de teatro del cole en el centro cívico: el aire acondicionado se estropea y uno de los actores se va a hacer pis en mitad de la función. Este año tenemos muestra de ballet en el Auditorio de Zaragoza: las entradas están a 18 euros (más gastos de gestión), la aplicación falla y mi madre se equivoca y compra 14 entradas en lugar de 7. Ahora tiene que vender el coche para pagarlas. 

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