Foto: Oliver Weiken/dpa via ZUMA Press

Tokio 2020: México, el complejo olímpico

Para los gobiernos mexicanos, incluido el actual, el deporte nunca ha sido prioridad. Hoy, la delegación olímpica nacional figura en los últimos lugares del medallero, con su actuación más desastrosa en los últimos 25 años.
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Tokio 2020 significa la peor actuación de una delegación olímpica mexicana en lo que va del siglo. Es más: la más desastrosa en los últimos 25 años.

Después de las cinco medallas (dos platas) obtenidas en Rio de Janeiro y las ocho (un oro y tres platas) en Londres 2012, el país vuelve a la era de bronce: cuatro hasta el momento.

En Atlanta 96, Bernardo Segura fue el único atleta de toda la delegación premiado con ese metal, en la marcha. Fue la única medalla.  

Desde aquel año, los mexicanos habían obtenido, cuando menos, segundos lugares o campeonatos en disciplinas como taekwondo, futbol, tiro con arco, levantamientos de pesas y atletismo; las nuevas expresiones de la élite nacional. En la capital de Japón, con uno de los contingentes más abultados de su historia, México volvió a la mitad de siglo XX, cuando viajaba a las Magnas Justas a “participar” y a “formar parte del elenco”.

Es cierto que los oros no son recurrencia en la maltrecha ropa nacional. Solamente trece desde que apareció en el programa, en París 1924. Es decir: únicamente en siete de sus 22 viajes a las sedes olímpicas obtuvo el máximo premio de los certámenes. ¿Qué significa eso, realmente? La respuesta obliga a una comparación demoledora: en cuatro inscripciones (de 2004 a 2016), Michael Phelps, el extraordinario nadador estadounidense, conquistó 23 medallas doradas; diez más que todos los deportistas mexicanos en casi un siglo. El máximo ganador de preseas con la bandera tricolor fue Joaquín Capilla, con cuatro en tres juegos.

Aun así, esta no es la peor cosecha de metales. La triste enciclopedia revela momentos desoladores. En cinco citas (Helsinki 52, Roma 60, Múnich 72, Barcelona 92 y la citada Atlanta 96), solamente pudo obtener un premio. Así que lo regular es que este país se encuentre en los últimos lugares del medallero; la única vez que logró involucrarse entre los primeros quince fue, por razones obvias, en 1968, cuando fue sede.

¿Qué hay de nuevo en el complejo mexicano con los Juegos Olímpicos?

No solo la vuelta al pasado, al más precario pasado. También una cachetada de presente. Ecuador, Venezuela y Colombia –países del vecindario– han rebasado a México a pesar de tener economías más precarias, menores poblaciones y más inestabilidades políticas. El caso cubano siempre será tema aparte. Por muchas razones, no hay manera de comparar al país caribeño con alguno de los países continentales.

El análisis de la mediocridad del deporte mexicano en los Juegos Olímpicos es complejo y no puede terminarse en unos cuantos párrafos.

Si se compara el lugar que ocupa el país en el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas con el medallero de Tokio 2020, se puede llegar a la fácil conclusión de que coinciden: 76, en el primero; 75, en el segundo. Pero el éxito en las competencias atléticas –contra lo que muchos piensan– no supone un reflejo de las condiciones económicas, políticas y sociales de un país. Brasil, por ejemplo, se encuentra entre los primeros 25 países en el tablero y es 84 en el IDH. Así que ese puede ser un clavado fallido.

La población mexicana rebasa los 130 millones de personas. Y este territorio de percal es mayor a dos millones de kilómetros cuadrados. Sería lógico que entre tantos habitantes y con tanta demarcación este país encontrara el talento humano para posicionarse entre las primeras 30 potencias del mundo. Más, si se toma en cuenta que no falta a una cita olímpica desde hace 96 años. ¿Entonces?

Lo cierto es que, a pesar de ser hijo de la Revolución (es cierto que muchos deportes nacieron en el porfirismo), el deporte nunca ha sido prioridad en los planes de desarrollo de los gobiernos mexicanos. Aparece como dádiva y no como proyecto integral en el que convivan la educación física, el fomento de clubes y los programas universitarios, como sucede en Europa o Estados Unidos.

Los países que organizaron las Magnas Justas antes de 1968 habían demostrado que ser sede les ayudó a promover la práctica deportiva en sectores más amplios de su población: niños, trabajadores y jóvenes de bachillerato. Crearon, después, la infraestructura necesaria para que sus futuros atletas de alto rendimiento pudieran entrenarse con amplias posibilidades de obtener premios internacionales.

En el caso mexicano las cosas sucedieron al revés. Buscados como plataforma política internacional del régimen, los juegos del 68 sirvieron para edificar obras monumentales que quedaron vacías después de los certámenes. Sin entrenadores preparados, sin un programa de enseñanza, sin equipamiento necesario, las instalaciones tardaron muchos años en ser utilizadas para la práctica masiva de los deportes para las cuales fueron construidas. Después de ese año, en 1972, la delegación echeverrista, la más numerosa hasta entonces, solo pudo obtener un bronce en el peso gallo del boxeo, con Alfonso Zamora.

Luego llegaron intentos de crear una institución que se responsabilizara de promocionar el deporte a gran escala. La subsecretaría del Deporte, el Instituto de la Juventud y la Comisión Nacional del Deporte (hoy también de cultura física) fracasaron en esa misión. Quizás el único que pudo satisfacer ese compromiso fue el Instituto Mexicano del Seguro Social (en la natación, los clavados, el judo y la gimnasia), al que se le deben las medallas de Girón, Mena y Platas en los clavados. Cuando se creó la Conade, en 1988, más de la mitad de los municipios del país no tenía una instalación deportiva. Y las que tenían no contaban con entrenadores para hacer que los niños jugaran al basquetbol o al voleibol, deportes que formaban parte del sistema básico.

Los gobiernos mexicanos, incluyendo el de Andrés Manuel López Obrador, no invierten en un plan nacional del deporte por una razón sencilla, sin dejar de ser compleja: sus logros, si es que los hay, serán aprovechados en sexenios posteriores. Una verdadera planeación deportiva de alto rendimiento –como la de Japón en los sesenta y la de Gran Bretaña en este siglo– requiere de tiempo y de paciencia. Necesita de, cuando menos, dos generaciones de niños y jóvenes. Claro, si esas generaciones cuentan con los recursos económicos y materiales para alcanzar sus metas. El deporte de masas necesita otra reflexión.

Ante la ausencia de un proyecto serio del Estado mexicano, los atletas mexicanos han encontrado en sus padres y amigos a sus verdaderos patrocinadores. Porque tampoco los gobiernos han logrado convencer a la iniciativa privada para que participe con más vigor en un modelo deportivo de coparticipación. Es cierto que el gobierno de Ernesto Zedillo diseñó un proyecto parecido y los resultados se notaron en los olímpicos de Atenas, Beijing y Londres, pero el proceso se interrumpió en la administración de Felipe Calderón, quien eligió a un político sin experiencia (Bernardo de la Garza) para rediseñar la meta. Enrique Peña Nieto tuvo el atrevimiento de nombrar a un excomisionado de seguridad, Alfredo Castillo, como director de la Conade: la policía en un cargo que debe atender justamente que los jóvenes no tengan que ver con ella. Esas equivocaciones se notan en este derrumbe.

Lo terrible es que el presidente López Obrador no ha mostrado interés en que las cosas cambien. Dueño de su presente, no tiene intención de invertir en un programa que no le sirva de propaganda. Ana Gabriela Guevara, ganadora de la plata en los 400 metros planos de Atenas 2004, cumple un trabajo más político que deportivo, entre Morena y el PT (partidos por los que buscó la candidatura para gobernadora de Sonora, su estado natal). Y no ha sido ajena a las sospechas de corrupción, amiguismo y desvió de recursos públicos en favor de campañas electorales.

Lo dramático de la realidad mexicana es que en los juegos de 2024 –París está a tres años de distancia– el impacto negativo será todavía más contundente. Mientras el desarrollo tecnológico es aprovechado por las grandes naciones, México apuesta, otra vez, a la salida en falso. López Obrador, como los gobiernos priistas de los sesenta y setenta, supone que construyendo estadios de béisbol saldrán pitchers, catchers y bateadores de manera espontánea entre la hierba y las bases.

Habrá que recordarle al presidente que ese deporte jugó tres partidos en Tokio: todos los perdió.

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