Krisis (2)

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Si de por sí ya me había horrorizado ver al flamante y prometedor presidente Obama utilizar su capital político para impulsar una reforma al sistema de salud que impone un millón de millones de dólares de obligaciones nuevas en un gobierno que está quebrado, ahora pierdo toda esperanza al ver que Merkel, Sarkozy, Zapatero y los demás payasos en el circo se limitan a resolver un problema de liquidez, agravando el problema real: el de solvencia.

El economista Robert Samuelson dice (Depression 2010?, RealClearPolitics, Mayo 12, 2010) que las dos raíces de la Gran Depresión de los años treinta fueron la ausencia de liderazgo global que se originó por el cambio de estafeta de la Gran Bretaña a Estados Unidos (que se materializó hasta la Segunda Guerra Mundial), y por la incapacidad de los gobiernos de los países industrializados para adaptarse a los profundos cambios económicos estructurales de los años veinte (la camisa de fuerza impuesta por el patrón oro, combinada con el alto costo del endeudamiento acumulado para pagar por la Primera Guerra Mundial). Así, él dice que los gobiernos actuales no han visto que el modelo de las últimas décadas se agotó. Los países industrializados simplemente no tienen con qué pagar los beneficios que los estados prometieron a su población como producto de la política de los grandes “estados de bienestar” (ahora quebrados, conforme se ha combinado el envejecimiento de la población, como dije antes, con el incremento en la esperanza de vida y con la obscena ineficiencia en el ejercicio del gasto público). Las familias en estos países están, además, excesivamente endeudadas. Y, por último, los enormes desbalances comerciales (China con enorme superávit y Estados Unidos con tremendo déficit comercial, por ejemplo) siguen sin resolverse.

No podría estar más de acuerdo con él.

Los problemas de Grecia no surgieron de la noche a la mañana. No sólo es un país que ha “defaulteado” 105 veces en 200 años, sino que fueron admitidos a la Unión Europea con un déficit de 16.3% en 1992, el año de Maastricht. No son, digamos, ni los más frugales ni los más cumplidores.

Grecia viene de una tradición socialista y populista que se confirmó en el mes de octubre cuando volvieron a elegir un gobierno socialista. En forma simbólicamente importante, el electo fue George Papandreu, hijo de Andreas Papandreu (creador, este último, del modelo de estado de bienestar griego en sus gobiernos de 1981 a 1989 y de 1993 a 1996). Para Grecia, la entrada en la Unión Europea y la eurozona se interpretó como una licencia para gastar y endeudarse, aprovechando que podían pedir prestado a tasas infinitamente más bajas en euros de las que hubieran podido conseguir, por ejemplo, en dracmas. El enfoque fue aumentar sueldos sin preocuparse porque la productividad también lo hiciera. Esto llevó a que mientras que en Alemania el costo unitario del trabajo bajó 1.4% entre 2000 y 2008, en Grecia subió 10.2% sólo en 2002. Evidentemente, quedaron fuera de cualquier posibilidad de competir en los mercados internacionales.

La alternativa sensata era buscar que Grecia hiciera un “default” ordenado, ofreciendo canjear los bonos actualmente en el mercado por otros que implicaran una quita parcial a tasas competitivas, o por unos que pagaran a la par, pero a plazos más largos y tasas menores. A diferencia de Argentina, cuya deuda se contrató principalmente bajo leyes estadounidense e inglesa, la deuda griega está principalmente baja el amparo de su propia ley. Esto hace que los acreedores tengan menos recurso en cortes internacionales para embargar sus activos.

Es urgente que los líderes del mundo se sienten a replantear nuestra realidad. Los números simplemente no dan. La situación demográfica es apremiante y el endeudamiento es grave. Las edades de retiro tienen que aumentar considerablemente, las expectativas de seguros de desempleo y beneficios del estado tienen que moderarse, y se tiene que combatir la corrupción y el despilfarro fiscal. Los gobernantes tienen que entender, de una vez por todas, que ese dinero que gastan a manos llenas no es de ellos; y los poderes fácticos tienen que comprender que su eficiente cabildeo nos está llevando a un callejón sin salida. Unos y otros tienen que ver, justo antes de dormir, las tomas de las violentas manifestaciones en Atenas e imaginarse que sentirían si sus hijos estuviesen en medio de éstas.

Es particularmente peligrosa la absurda retórica que han adoptado los líderes europeos que ven al mercado y a los “especuladores anglosajones” como el enemigo, sin darse cuenta de que pronto tendrán que acudir a ese “perverso” mercado para pedirle prestado. España necesita 448 mil millones de euros de aquí a 2012, Grecia 158 mil millones, Portugal 70 mil millones e Irlanda 69 mil millones. Lejos de ser voraces pirañas, quienes siempre han comprado los bonos emitidos por sus países son los grandes inversionistas institucionales del mundo -como los fondos de pensiones y las compañías de seguros, por ejemplo- quienes tienen la obligación de cuestionar y de salirse de mercados donde crezca la posibilidad de que no recibirán su inversión de regreso. A eso se le llama responsabilidad fiduciaria, no especulación. Es, por demás, una mala idea enemistarse con el mercado al que tienen que recurrir, con el miope objetivo de ganar puntos políticos en casa.

De no actuar pronto, los electores de sus países votarán para sacarlos del gobierno y la gran amenaza es que sus pueblos oigan el canto de las sirenas y pongan en su lugar a gobiernos más populistas que vendrán con fórmulas mágicas para resolver el problema sin dolor. Son esas promesas vacías las que están haciendo que los partidos con posturas anti-inmigrante estén ganando terreno en toda Europa, sin darse cuenta de que la inmigración es el único antídoto para todos estos países viejos que pronto se verán creciendo menos (o que tienen poblaciones francamente decrecientes), con cargas fiscales imposibles, conforme pocos paguen el cómodo retiro de muchos, y empiecen a ver cómo sus jóvenes simplemente optan por migrar a lugares más amigables.

Como dijo Thomas Friedman (“Root Canal Politics”, New York Times, Mayo 9, 2010), la “tooth-fairy” (como se le llama en los países anglosajones a la “hada” que les trae dinero a los niños cuando se les cae un diente) ha muerto, y la hora de las endodoncias ha comenzado. Los estadounidenses tienen que darse cuenta de que lo que está pasando en Europa los pondrá en un tremendo brete cuando el euro esté a la par del dólar y los dos millones de empleos que Obama propuso generar en base a exportar más, se conviertan en la amenaza de perder otros tantos conforme la demanda global por productos estadounidenses se complique -con un dólar más fuerte- y la revaluación de éste incremente la peligrosa presión deflacionaria en la economía. Ahora resulta que todos los países competirán tratando de debilitar sus monedas para darle a sus exportaciones mayor competitividad en los mercados internacionales. Por ello, en un mundo en el que las monedas pierden credibilidad, el oro seguirá siendo uno de los pocos refugios de valor creíbles por el simple hecho de que es la única “moneda” que no es el pasivo de ningún país.

Igualmente, China y los otros países emergentes que han dependido de modelos de crecimiento basados en exportarle al mundo industrializado, tendrán que darse cuenta de que ese modelo ya no hará sentido y su crecimiento dependerá mucho más -quiéranlo o no- de desarrollar sus mercados locales (y, consecuentemente, crecerán menos mientras cambian de rumbo).

Estamos en un momento en el cual todavía hay soluciones posibles, extremadamente complejas y dolorosas, pero factibles. Pero nos acercamos rápidamente al momento en la que la única alternativa disponible será elegir entre amputaciones alternativas. La segunda fase de la krisis empezó en Grecia, pero con certeza no es ahí donde termina.