Regando el jardín con la casa en llamas (primera parte)

AÑADIR A FAVORITOS

La administración de Obama lleva cincuenta días en el poder y enfrenta ya un número sin precedentes de decisiones con potencial impacto a largo plazo.

Hay dos preguntas clave, en mi opinión. ¿Está abriendo demasiados frentes de batalla a la vez? ¿Está yendo a éstos con el ejército adecuado?

La historia nos muestra que cuando hay una crisis de la magnitud de la actual, el ejecutivo en turno se dedica en forma casi exclusiva a apagar el incendio. Aun en la época de la Gran Depresión, Franklin Delano Roosevelt se dedicó al principio de su administración a sortear la enorme crisis financiera. Con excepción de abolir la prohibición y el patrón oro en 1933, su primer año de gobierno, las grandes medidas del llamado “New Deal”, como la creación de la Ley del Seguro Social (1935) y la Ley de Estándares Justos de Trabajo (1938) fueron muy posteriores.

Se puede decir que Roosevelt se avocó en un principio a pasar las medidas de emergencia: el alivio a trabajadores, a agricultores y una reforma al marco legal bancario (ante la quiebra de miles de bancos y la ausencia de mecanismos para proteger los depósitos del público). Aun tratándose de medidas que originalmente fueron concebidas como temporales, el alivio a agricultores, por ejemplo, acabó deformándose en un grotesco subsidio a los grandes productores que sobrevive hoy en día (aunque Obama ha manifestado su intención de abolirlo). Es decir que aunque sean teóricamente medidas de emergencia, algunos de estos estímulos “temporales” acaban adquiriendo carácter de permanentes ante el alto costo político de revocarlos.

Intentar hacer cambios de fondo y, más aún, intentar aquellos que implican migrar hacia un paradigma diferente, puede resultar excesivamente audaz pues invita a que se radicalicen las posiciones dentro de la arena política. Equivale más o menos a que cuando se nos está quemando la casa, decidamos aprovechar que sacamos la manguera para ponernos a regar el jardin.

Esto viene a colación por la frase de Rahm Emmanuel, uno de los tres asesores más cercanos de Obama (Valerie Jarrett y David Axelrod los otros dos, todos de Chicago): “Nunca hay que dejar que se desperdicie una crisis severa”. Lo que Emmanuel quiere decir es que es justo en medio de éstas cuando hay que aprovechar el pánico y la conmoción para tratar de hacer cambios fundamentales, bajo el pretexto de que, si nos oponemos a estos cambios, estaríamos estorbando a los bomberos que buscan “apagar el incendio”.

Por ello, me sigue pareciendo relevante la analogía del presupuesto como un Caballo de Troya disfrazado de estímulo fiscal. O para decirlo con otra imagen, el presupuesto es el camión cisterna con toda el agua que se requiere para apagar el colosal fuego que amenaza con quemar el vecindario. En este caso el agua se acabará destinando a regar el jardín y con ello se arriesga el capital (físico e incluso político) para enfrentar el voraz siniestro.