Una mezcla de azar junto a la necesidad de tomar distancia intelectual de su entorno llevó lentamente a Loris Zanatta (Bolonia, 1961) a establecer, desde finales de los años ochenta, una presencia constante y prolongada en Argentina.
En las calles de Buenos Aires fue aprendiendo el idioma gradualmente, a medida que se sumergía en los archivos durante sus extensas estancias de investigación. Hoy, este profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia –tanto en Italia como en el Centro de Altos Estudios que la institución mantiene en el país sudamericano– es un profundo conocedor de una nación a la que nunca pensó dedicarse, y una de las voces más respetadas internacionalmente en el estudio del populismo.
Autor de obras fundamentales para comprender el movimiento justicialista –entre ellas Perón y el mito de la nación católica (1999)– y de estudios de referencia como El populismo (2014) e Historia de América Latina desde la Colonia hasta el siglo XXI (2012), ha centrado su análisis en la dimensión político-religiosa de este fenómeno.
Para este historiador con vocación ensayística, escéptico y “spinoziano”, la matriz político-religiosa que sustenta los populismos de todo cuño es la principal causa del “péndulo político” que impide la consolidación de una democracia pluralista y secular, tanto en la sociedad argentina como en varios países de la región.
En su más reciente libro, Bergoglio: una biografía política (publicado en julio de 2025), Zanatta profundiza en el papel central del catolicismo en la génesis del peronismo y, lejos de las hagiografías que proliferaron tras la elección papal, traza un retrato ponderado de una figura discutida que, aunque moderó su inicial cercanía al peronismo al llegar al pontificado, mantuvo una visión crítica de la modernidad liberal hasta el final de su vida.
En esta conversación, el historiador desmenuza la matriz político-religiosa del peronismo y el “ciclo histórico” argentino, analizando la coyuntura actual, marcada por la vacancia simbólica que dejó la muerte del pontífice y por el surgimiento de una nueva religiosidad política –plural y de tintes proféticos– cada vez más alejada de la tradicional matriz católica bajo la presidencia de Javier Milei.
¿El peronismo, desde la perspectiva católica, es un fruto directo de esa doctrina, o se trata más bien de un fenómeno secundario derivado de un catolicismo profundamente arraigado en la Argentina?
No es posible identificar una perspectiva católica unívoca sobre movimientos políticos como el peronismo. Sin duda, el peronismo tradujo al plano secular el renacimiento nacional-católico de los años treinta en Argentina, con todas las imperfecciones y contradicciones típicas de un movimiento secular. “Nuestra doctrina”, recordaba siempre Perón, “es la Doctrina Social de la Iglesia”. Erige la tríada Dios, Patria y Pueblo como fundamento del mito nacional argentino y la convierte en la misión universal de la “Argentina potencia”. A su vez, a través del peronismo, la Iglesia obtiene contra el liberalismo el triunfo que le fue negado en otros lugares, aunque ello implique la difícil convivencia con un movimiento secular que se erige, a su vez, en religión nacional.
¿Qué papel jugó Bergoglio durante su pontificado que hiciera notoria esa imbricación entre política, religión y tradición nacional hispana de la que procedía?
Bergoglio no rehusó hacer política con mayúscula, en sentido aristotélico, aunque su biografía demuestra que la alta política se mezcla necesariamente con la baja política. En esencia, su idea era que la soberanía política no residía en el pueblo de la Constitución, en los ciudadanos vinculados por un pacto legal y racional, sino en el pueblo de Dios, un “pueblo mítico”, decía, el pueblo de los “humildes” impregnados de la “cultura” religiosa absorbida por la evangelización. Puesto que el pueblo de Dios era así católico, católica era la patria y católica debía ser la política. La Iglesia se erigía así en juez de la legitimidad política de las instituciones republicanas, a las que disputaba la tutela del pueblo. Durante su pontificado, Francisco universalizó esta concepción cada vez que, al visitar los países del Sur del mundo, invocaba la cultura religiosa del pueblo en contraposición a las élites “ideológicamente colonizadas” por la influencia liberal de los países secularizados del Norte.
¿En qué medida su figura pública, asociada a un perfil tercermundista y latinoamericanista, así como su discurso pontificio, representaron una continuidad o una redefinición de sus posturas iniciales, como su vínculo con la Guardia de Hierro peronista? ¿Hubo un esfuerzo por distanciarse de forma deliberada de esos orígenes?
Bergoglio siempre fue extraordinariamente hábil para captar los cambios de los tiempos y adaptarse a las circunstancias. Su militancia en la Guardia de Hierro, un grupo político-religioso del peronismo ortodoxo impregnado de misticismo nacional católico y corporativismo anticapitalista, se remonta a los años 70 y refleja el espíritu de aquellos tiempos. Dicho esto, el tercermundismo bergogliano es el desarrollo coherente del tercerismo peronista, al igual que el latinoamericanismo, el mito de la Patria Grande, basada, como debía estarlo para Perón, en su identidad católica y en su oposición al Occidente ilustrado.
¿Cómo lee la decisión de no volver jamás a su país?
Al tratarse de un hecho de proporciones tan grandes, supongo que se debe a razones personales, además de políticas en sentido amplio. Las políticas me parecen evidentes: Bergoglio quería volver como pacificador de un país dividido, pero precisamente por su identificación con el campo nacional popular, era divisivo. Deseaba ser la solución, pero formaba parte del problema. La cuestión “personal” me parece igualmente evidente: fue una forma de castigo a los argentinos, culpables de haber “traicionado” a la nación católica. ¿Cómo visitar a Macri, encarnación a sus ojos de la “oligarquía antipatriótica”? ¿Cómo figurar junto a Alberto Fernández, heredero de la izquierda secular “infiltrada” en el peronismo, contra la que había luchado desde los tiempos de la Guardia de Hierro?
¿Fue Francisco un enemigo de la secularización liberal hasta el final de sus días?
La secularización y la Ilustración fueron su eterno enemigo: junto con Calvino, denunciaba a John Locke como imperdonable sepulturero de la cristiandad, el inventor de la burguesía y del individualismo. En esto siempre fue coherente. Una coherencia jesuita, sin embargo: el enemigo era uno y claro, pero infinitas las formas de combatirlo, adecuadas a los contextos. “Pensar con claridad, hablar con oscuridad”, decía. En la Europa secularizada, las “ovejas descarriadas” que quería devolver al redil estaban “contagiadas” por el secularismo: de ahí las insinuantes aperturas que lo convirtieron en un ícono “progresista”. En el Sur del mundo, donde creía que residía la religiosidad popular muerta en el Norte, invocaba la guerra de Dios, la unión de todas las religiones contra el Occidente secular, una invocación, casualmente, ya realizada por el último Fidel Castro.
¿A qué atribuye que la atención mediática sobre su figura haya disminuido tan rápidamente tras su muerte?
Creo que el enamoramiento mediático hacia Bergoglio ya se había desvanecido y que su pontificado fue perdiendo, desde hacía tiempo, el efecto explosivo de los primeros tiempos y se encaminaba hacia su ocaso: la sorpresa se había convertido en previsibilidad, y el impacto inicial en mera repetición. La propia Iglesia, por otra parte, ha optado por alternar a un papa carismático, Bergoglio, con un papa institucional, Prevost. Bergoglio había agudizado las ya profundas divisiones en la Iglesia, exponiéndola a un activismo político que no se correspondía con ningún resultado tangible. Lo único que había ganado era su popularidad, a veces similar a un culto a la personalidad.
¿Qué tipo de vacancia de autoridad moral o simbólica dejó su fallecimiento, y cómo está impulsando el surgimiento de nuevas narrativas espirituales en la esfera pública?
Para algunos, la muerte de Francisco sin duda habrá hecho menos visible y audible a la Iglesia. Para otros, su protagonismo mediático y su estilo caudillista habían reducido su mensaje moral a una estrategia comunicativa. Sin duda, su popularidad no se tradujo en una mayor espiritualidad ni en una mayor práctica sacramental.
Lo dicho anteriormente no quita que, precisamente por eso, Bergoglio vivirá una nueva primavera, y que su figura será, antes o después, erigida como contrapunto de este o de sucesivos pontificados, como modelo de un catolicismo belicoso y populista identificado con el “pueblo puro” contra las “élites corruptas”, una fórmula destinada al éxito eterno.
En oposición al de Bergoglio, ¿cómo proyecta el liderazgo que tendrá León XIV?
La apuesta del nuevo papa es fomentar una espiritualidad menos mundana, más cercana a la sensibilidad de los creyentes en el mundo secularizado, y menos enfocada en movilizar a los “pueblos” del Sur del mundo.
Quién parece estar movilizando un nuevo tipo de base espiritual como sustento del poder político es Javier Milei. ¿A qué atribuye la persistencia de su base electoral tras ser salpicado por casos de corrupción y replicar, a través de su “batalla cultural”, el uso discrecional del Estado que antes criticaba?
Creo que existe un mileísmo en positivo, apreciado por aquellos, cada vez más numerosos, que creen que se necesita un cambio radical de paradigma económico y social con respecto a la tradición nacional popular, y un mileísmo en negativo, quizás mayoritario, que vota por el “mal menor” con tal de cerrar por completo el ciclo kirchnerista y que proviene en su mayoría del electorado de Mauricio Macri. Dicho esto, el relato escatológico de Milei, la grandilocuencia nacionalista, la promesa de grandeza y redención también calan entre las clases más pobres, ayudados por los nuevos vínculos con las iglesias evangélicas y el reclutamiento de figuras procedentes de la antigua casta política y familiarizadas con las redes clientelares.
¿Cómo interpreta el uso de símbolos y discursos religiosos por parte del presidente, como la invocación a las “fuerzas del cielo”? ¿Implica esto una continuidad o una transformación en las formas en que la religiosidad política ha operado en Argentina?
Hay afinidad por un lado y diferencia por otro. La afinidad reside, precisamente, en la narración escatológica, en la concepción religiosa de la historia, en la filosofía finalista: “Hubo una vez un pueblo puro que vivía en armonía, el enemigo lo dividió y corrompió, nos corresponde a nosotros reunificarlo, purificarlo y conducirlo a la tierra prometida”. La diferencia radica en los actores de la narración: el mileísmo propone un peronismo al revés, un espejo invertido: su “pueblo mítico” no es la plebe peronista, sino la “gente decente”; la edad de oro no comienza el 17 de octubre de 1945, sino que se remonta a la era predemocrática del siglo XIX; la tierra prometida no es la “justicia social”, sino la “libertad económica”.
Si su “pueblo mítico” ya no es la plebe peronista, ¿qué papel cumplen las alianzas religiosas plurales de Milei, marcada por la bancada evangélica, rituales en Casa Rosada y encuentros recurrentes con rabinos sefardíes?
Es un tema complejo. Milei intuye, o le han explicado, que el catolicismo ha sido el padre putativo del campo nacional popular y su sistema dirigista, paternalista y colectivista. También sabe que, mientras la iglesia católica tiene dificultades para movilizar a sus fieles, crece poderosa la galaxia evangélica, sensible a la teología de la prosperidad, lo opuesto del pauperismo del catolicismo criollo. ¿Por qué no convertirlo en un arma política organizada como en Brasil y otros lugares? El cortejo a los evangélicos es por eso mucho más significativo que sus declaraciones de amor al judaísmo radical, que no en vano han pasado a un segundo plano.
¿Qué revela la cultura política argentina sobre sí misma si valida la fusión de esa religiosidad profética con una agenda de mercado radical, como la que Milei parece estar explorando?
Estamos acostumbrados, basándonos en la herencia hispana o francesa, a que la difusión de la economía mercantil y la autonomización del individuo vayan de la mano con la secularización. Pero en América Latina estamos asistiendo cada vez más a una transición del liberalismo escéptico y secular de matriz europea al mesianista de origen norteamericano. Lo que estamos viendo es quizás precisamente esto: la progresiva des-europeización y norteamericanización de América Latina. El mejor indicio es la revolución religiosa que se está produciendo en la región.
En el contexto de esa creciente des-europeización de la esfera religiosa, ¿qué implicaciones políticas y culturales tendrá el desplazamiento de la matriz católica hegemónica en la justificación del ejercicio del poder político?
La pregunta plantea un tema fundamental, pero es imposible responderla, a menos que nos lancemos a hacer profecías gratuitas. Las matrices culturales son cada vez más híbridas en los espacios nacionales y cambian de manera y en momentos diferentes en las distintas áreas geográficas y en los diversos estratos sociales del mismo país. Lo único que me atrevo a predecir es, por lo tanto, un contexto muy fluido en el que una parte de la sociedad invoca, como ya está invocando, una mezcla de conservadurismo moral y ética protestante, y otra parte invoca el paternalismo estatista y la lógica comunitaria de la herencia católica europea. Con lo cual, la “tercera Argentina”, la Argentina laica y reformista, tendrá dificultades para hacerse oír, eclipsada una vez más por los extremos palingenésicos de una política impregnada de finalismo religioso.
¿Cómo podría incidir el desplazamiento católico en la estrategia de la oposición, particularmente en el peronismo?
Aquí también estamos, por supuesto, en el ámbito de las hipótesis. Creo que hay que distinguir entre dos planos. El primero es el del peronismo político, del partido justicialista, controlado por el kirchnerismo: entiendo que aquellos que encarnan el alma nacional popular intentarán sacar a la élite de matriz marxista y secular que con el tiempo ha conquistado posiciones e impuesto sus reivindicaciones. El sueño es el eterno “regreso a los orígenes”. Pero el segundo plano es el del peronismo “cultural”, un fenómeno que impregna todo el espectro político. Desde hace mucho tiempo, muchos peronistas optan por partidos no peronistas para permanecer fieles, según ellos, al verdadero peronismo. Pues bien, muchos de ellos, católicos conservadores, han desembarcado en el campo mileísta, cuyos intelectuales más conocidos provienen del catolicismo tradicionalista. En resumen: tengo la impresión de que, al haber pescado en el campo del peronismo, el fenómeno Milei le ha quitado la vía de retirada: la época de los “movimientos nacionales” ha terminado, el peronismo debe crecer y decidir qué quiere ser: ¿un partido de izquierda? ¿qué izquierda? En cualquier caso, sería minoritario, cosa que le resulta inimaginable.
Al final, y fuera de las coaliciones tradicionales, ¿es posible construir una alternativa estrictamente laica en Argentina, o esa indistinción entre política y la religión es ya un código inherente que permea, tarde o temprano, a quienes ejercen el poder en el país?
Quizás quien más se acercó a representar una alternativa laica y republicana fue el gobierno de Mauricio Macri, odiado, no por casualidad, por Cristina Kirchner y Bergoglio, y en aquel momento también por Milei. Eso sigue siendo en la historia reciente de Argentina el giro posible, la oportunidad desaprovechada, el tren perdido. Por varias razones: liderazgo inadecuado, escaso valor reformista, coalición fragmentada, contexto local y global desfavorable, etc. Pero quizás la causa principal fue precisamente la que usted menciona: la indiferenciación entre política y religión es ya un código inherente a la política argentina. ~