Junto con Colm Tóibin y Anne Enright, Sebastian Barry (Dublín, 1955) es uno de los autores irlandeses contemporáneos más importantes. Su obra, que abarca 49 años, tres colecciones de poesía, 12 novelas y 15 obras de teatro. No es un historiador, pero su narrativa da cuenta de la historia de Irlanda desde el periodo posterior a la Gran hambruna de mediados del siglo XIX hasta los escándalos contemporáneos de abuso sexual y maltrato en la iglesia católica. Barry se ha enfocado en los seres que no han sido invitados al festín de la Historia, los protagonistas de la vida diaria anónima.
Su obra se distingue por un estilo lírico que se explica por sus orígenes como poeta y dramaturgo. Un lenguaje que se extiende en cadencias de gran aliento, que se desenvuelve con meditada precisión, le permite transformar el trauma histórico en una experiencia íntima.
Barry ha sido distinguido con premios como el Irish-America Fund Literary Award en 1998 por The whereabouts of Eneas McNulty (Traducido al español como Los paraderos de Eneas McNulty, Lumen, 2001), el Costa Book Awards en 2008 por The secret scripture (La escritura secreta, La Otra Orilla, 2009) y en 2016 por Days without end (Días sin final, AdN, 2018). En 2012, On Canaan’s Side (En el lado de Canaan, Alba, 2018) ganó el Walter Scott Prize for Historical Fiction. También es Caballero de las Artes y de las Letras de Francia.
Este año, Barry asistirá a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, y ese fue el pretexto para esta entrevista. Conversé con él en su casa parroquial de mediados del siglo XVIII. Desde la cima de la colina distinguía el puente que atravesé y el paisaje del condado de Wicklow que se extiende en ondulaciones verdes. Comenzamos luego de que Sebastian preparara dos cafés ante la mirada vigilante de sus enormes french poodle.
Así que estás en plena promoción de tu nuevo libro.
Así es, The newer world, que también será publicado en castellano en Alianza Editorial. El personaje se llama Tennyson. No es el poeta: mi Tennyson es un esclavo liberto que cuenta su historia. Sucede a mediados del siglo XIX, en 1840. Tennyson era el poeta favorito de Bouguereau, el dueño de la plantación y sus esclavos. Luisiana está llena de franceses que tenían plantaciones. Pero Tennyson también es el nombre de un pintor clásico en el tiempo de los impresionistas, despreciado entonces por considerársele fechado, pero hoy muy valioso. Son dos nombres que no le pertenecen. Como escritor blanco, irlandés, me pregunté si podía escribir su historia y me pareció que era legítimo. Sentí que debía escribir el libro porque era él quien quería que yo contara su historia.
Escribir libros es menos saludable de lo que la gente cree. Puedes tener muchas ideas, pero a veces la historia viene como un regalo que es tu deber aceptar. Como escritor de ficción puedes acceder a uno o dos personajes perdidos en la historia, pero si les das voz, los recuperas. Según Einstein, hay un momento en el que todo sucede simultáneamente. Así que no debes considerarlos muertos: ese momento nos reunirá a todos. Trato de acceder a la historia desde esa perspectiva einsteniana. Nadie ha desaparecido del todo así que, si quiero a Tennyson en mi estudio, me digo que es una persona viva, no un personaje. Si lo imagino puedo hacer eso, contribuye a paliar la transitoriedad de nuestra vida. Lo que me interesa de escribir es esa dimensión mágica.
¿Los personajes te buscan?
Con Roseane, en The secret scripture, sucedió algo similar. Mientras lo escribía, el agente de mi madre me llamó para decirme que ella estaba en el hospital. Consideré abandonar el libro, pero seguí. Daba vida a un personaje desaparecido mientras asistía a otro ser en el estado liminal entre la vida y la muerte. Mis personajes deben recuperar su voz para contar su historia. En Days without end, McNulty y su amigo son gays, y por esa época mi hijo salió del closet y empecé a informarme sobre el tema, así que ese interés nutrió mi libro. En la masa de fotografías de la Guerra civil en Estados Unidos encontré una que me permitió ver a mis personajes. Eran dos muchachos bailando como muchachas. Estaban disfrazados. Eran un par de jóvenes hermosos y se ganaban la vida representando chicas. Esa imagen me dio el libro. Esperé 40 años para escribir una historia que me contó mi abuelo. Y luego esperé a que Toby saliera del closet para escribir la historia de Thomas McNulty y su compañero John Cole.
Orwell escribe en uno de sus ensayos que “es imposible adivinar las intenciones de un autor sin conocer su primera época”. ¿Puedes dibujar tu retrato como escritor adolescente?
Últimamente soy más abierto a hablar de mi infancia, que juzgaba feliz, pero resulta que estuve rodeado de peligros. Fue la época en la que los sacerdotes tuvieron libertad absoluta para destruir la vida de los niños. Yo creía que era feliz y que todo estaba en su sitio. Subconscientemente sabes que no todo está bien, pero conscientemente crees que eres feliz y entre estas opciones, o te vuelves loco o te vuelves escritor. Mi padre era poeta y mi madre actriz. Los dos eran profundamente narcisistas. Pero yo no lo notaba. Tenía una hermana mayor y luego un hermano años menor, así que éramos mi hermana y yo. Además, estaba mi tía, muy presente en el personaje de Annie Dunne (Annie Dunne, 2002), y mi abuelo, que era militar y que aparece en The temporary gentleman (2014; El caballero provisional, Alba, 2016). Mi otro abuelo era pintor y todavía no escribo nada acerca de él. No puedo esperar redimirme después de confesar secretos familiares, pero eso no significa que no pueda hacerlo porque, salvo mi hermana y yo, todos están muertos. Cada familia tiene una historia particular, una historia que debe ser examinada. Cada una es única. Todo debe ser cuidadosamente elegido. El mundo empieza en ti y muere con cada muerte. Eso define una novela para mí. Todos los detalles deben pertenecer al personaje. Tomas los detalles de donde sea, pero su conjunto debe construir un personaje único. Una novela es tan verdadera como nuestras vidas.
¿Qué lugar tiene la Historia en tu trabajo?
Para mí la Historia siempre fue muy importante. Roy Foster, gran amigo, piensa que muchas cosas en la historia no son ciertas o son fútiles, y ocurre algo similar en la novela: solo puede existir si al lector le parece cierta, una forma de la verdad. He conservado el interés por la Historia. Presente y pasado son lo mismo, aunque no lo parezcan. Los ingredientes son los mismos, pero deben mezclarse, transformados para crear la verdad de la ficción. El resultado también depende del buen o mal corazón del escritor. Si escribes con buen corazón y te motiva el amor, no te puedes equivocar. Un escritor es un detective de las emociones de los personajes sobre los que escribe. El trabajo del escritor es similar al del capellán en la prisión. Una vez dado el veredicto te sientas al lado del condenado en su celda y tratas de consolarlo. La empatía es una herramienta. Nuestra realidad es un microsegundo en el pasado. Ahora mismo vivimos el pasado.
Crecer en Irlanda significa empaparse en nacionalismo. Pero hay experiencias individuales. Por ejemplo, la de mi abuelo es silenciada y a mí me interesa cosechar el silencio de personas como él para entender su historia. Se me ha acusado de ser probritánico, pero los empleados públicos de la época de The steward of Christendom (1995, estrenada en el Royal Court Theatre Upstairs, en Londres) previos a la independencia, juraban lealtad a la corona. Ese era el contexto, el marco mental, no lo que yo creo. ¿Qué significaba para ellos ser leal a la Corona? No soy yo quien lo define, sino el personaje inmerso en su historia, compleja y desafiante. Aunque nada tuviera sentido, somos lo suficientemente mayores para darnos cuenta de que la Historia implica diversas maneras de cómo unos hacen sufrir a otros. McNulty dice que no hay tal cosa como la gente virtuosa.
¿Y la política?
Viendo a los políticos, no creo que sea importante para mí. Pero como muchos escritores, mi simpatía está con los marginados y mi política consiste en incluirlos. O, al menos, describirlos tan exactamente que vuelvan a ser amados. Yo no construyo personajes, les doy algo de mí mismo y eso es una acción amorosa. Me da tristeza que las personas sean olvidadas. Todo lo que permanece es alguna anécdota. Si puedo encontrar algo en el olvido, que es nuestro destino común, entonces escribo. Cuando leo un libro que forma parte de la investigación previa a la escritura del libro, no tomo notas. Después, solo lo que realmente sirve queda en el libro.
Tu familia está muy presente en ese trabajo de recuperar personas mediante la escritura.
Mis padres eran agnósticos, pero cuando regresamos a vivir en Dublín me inscribieron en un colegio católico. Allí, un sacerdote nos inculcó que la única religión verdadera era la católica.
Aun siendo un niño, eso me pareció pernicioso y falso. Al final, todos los seres humanos descendemos de los mismos ancestros. La buena noticia es que pertenecemos a la misma familia. La mala, que así es. Incluso alguien que te amenaza con un cuchillo es tu pariente. Y eso me recuerda el conflicto en Irlanda del Norte: no puedes ser asesinado ni amado por alguien que no forme parte de tu familia.
¿Te consideras un escritor realista?
El lenguaje para mí es una entidad física en la que se mezclan sonido e imagen. Estoy seguro de que, si pudiera reproducir la sintaxis del habla de mi tía, tendría un retrato. No cultivo el realismo. El libro viene de otros libros, que a su vez vienen de otros. Lo que importa es que la historia parezca real, no desgajada de la forma como percibimos la realidad. Una bolsa llena de letras puede hacer aparecer a una persona. Lo que me interesa es el espacio liminal entre la muerte y la vida. Cuando estoy en el proceso de crear un nuevo libro, eso es lo que veo, no lo que fue. ¿Realismo? No lo creo. Más bien el intento por captar la realidad que inevitablemente desaparecerá.
¿Qué tan presente está Beckett en tu trabajo?
Beckett es como un enorme árbol. Lo leí todo en pequeñas ediciones de Faber. Los fantasmas pueden avasallarte; Beckett, sin embargo, no lo hace. Está en su propia esfera. Leerlo es una experiencia liberadora. Su trabajo es esencialmente democrático. Joyce es más autocrático. La influencia de Beckett es totalmente benigna. Cuando viví en París habría podido visitarlo, pero no quise molestarlo. ¿Has notado que compartimos las iniciales? Yo soy el otro SB. Beckett limpió la casa de la literatura irlandesa para dar sus contenidos a otras generaciones. La casa de Joyce, en cambio, está atiborrada de muebles.
Un tema muy discutido actualmente es la inteligencia artificial. ¿Qué piensas al respecto?
Escribir ya implica inteligencia artificial. Personalmente, no me siento amenazado. Puede ser de gran ayuda, por ejemplo, en medicina. Un escritor amigo mío por curiosidad pidió a un chat que le escribiera una historia en su estilo. Y le gustó. Por curiosidad le pedí al chat escribir una historia en mi estilo. No me gustó el experimento. Una distorsión. Prefiero preocuparme por el cambio climático, quiero decir, hay cosas más acuciantes.
En Old God’s time (2023), tu más reciente novela, escribes del resentimiento de los objetos por la noche. ¿Hay fantasmas en esta casa parroquial?
Maupassant dejó su huella. Los objetos animados. Se dice que las cosas son inertes, supuestamente inanimadas. Experimentarlas como otros ocupantes del espacio no es extraño, especialmente cuando vives en casas viejas. Cuando me levanto por la noche piso con cuidado.
Viajarás pronto a México para asistir a la FIL.
Una de las cosas buenas de tener 71 es que accidentalmente he escrito algunos libros, que tengo obra, y por eso la invitación. México: me interesa mucho también por Ambrose Bierce. Su historia me intriga. Tengo la misma edad que él cuando desapareció. Esta es una de las razones por las que hago las cosas. Entiendo la importancia de representar mi trabajo profesionalmente, pero en mis viajes siempre hay otro motivo. Voy a México para platicar con Ambrose.
Espero que, a diferencia de Ambrose, no desaparezcas en México. Como escritor, ¿cuál es la peor palabra?
No la hay. Todas deben ganar nuestra compasión por vivir en boca de los humanos. ~