Era un hombre grande, pero era sobre todo un gigante intelectual. Era seguramente el mejor medievalista y también, sin duda, uno de los más brillantes historiadores de este último medio siglo nuestro, extendido a caballo de dos. Uso el pasado porque ha muerto Chris Wickham (18.05.1950 – 09.10.2026) y tengo que leer de nuevo esas últimas palabras para acabar de creerlo.
Había nacido en un pueblito galés, Rossett, situado en la frontera con Inglaterra. Llegó a Oxford desde una public school del Somerset, y allí se licenció en 1971, en un ambiente historiográfico dominado por Peter Brown y J. Michael Wallace-Hadrill. Cuatro años más tarde, y bajo la supervisión de Eric Stone y Donald Bullough (como externo), llegó el doctorado. Quizá por ello, Wickham nunca reconoció a nadie como maestro; él había iniciado sus investigaciones bajo la influencia de muchas lecturas de historiadores diferentes entre sí en una atmósfera universitaria concentrada sobre todo en la historia inglesa. Su tesis versaba sobre el norte de la Toscana en el siglo VIII, muy lejos de la isla. Intuición maravillosa que dio inicio a una carrera que es ya parte fundamental de la historia de la disciplina.
Estabilizado en la Universidad de Birmingham desde 1977, sus estudios sobre la Italia de la Alta Edad Media (más o menos el tiempo que va del siglo VIII al X, si prefieren) se caracterizaron por una atención pormenorizada a las sociedades locales, es decir, a los habitantes de las aldeas situadas en los Apeninos, para interpretar su articulación interna y su relación con los poderes centrales gracias al estudio de su actuación en los tribunales. En esos primeros trabajos, publicados entre 1982 y 1988, están ya recogidas todas las principales inquietudes de Wickham como medievalista: una sólida formación teórica, marxista, el conocimiento exhaustivo de los documentos de archivo, la importancia de la comparación –en ese caso de diferentes valles montañosos, del Molise y los Abruzos a la Toscana–, la necesidad de acoger en su bagaje conceptual lo mejor de otras ciencias sociales, en especial de la antropología social, y la preocupación por el diálogo con las fuentes materiales, en un momento en el que la arqueología medieval en Italia comenzaba a desplegarse con una fuerza inédita.
Para entonces, el diálogo con otros historiadores del pasado, como Marc Bloch, y de aquel presente suyo, de Pierre Toubert, Cinzio Violante y Vito Fumagalli a Rodney Hilton y Emmanuel Le Roy Ladurie, pasando por arqueólogos como Riccardo Francovich y Richard Hodges, se había ido haciendo fructuosa conversación científica. Sobre todo en aquellos años de la década de los ochenta y noventa, cuando buena parte del medievalismo mediterráneo interesado en las formas del poblamiento rural discutía en torno al fenómeno del incastellamento, es decir, de la fortificación de las aldeas.
Otros intereses de investigación vendrían después, resultando en libros ya clásicos, desde el nacimiento de las comunas rurales a partir del siglo XII a la interpretación de los procesos que llevaron a la transformación del imperio romano. Todos ellos conforman una de las obras más sólidas, y también más espectaculares por amplitud geográfica y análisis empírico, de la historiografía medieval desde, al menos, el final del siglo pasado.
De entre todos ellos destaca el que más sirvió para abrir sus páginas al gran público, Framing the Early Middle Ages. Europe and the Mediterranean: 400-800,(2005) que, como casi todas la que vinieron después, cuenta con traducción española. Allí se dan cita, como en un gigantesco fresco del Tintoretto, el detalle más local con el esfuerzo por generar paradigmas interpretativos que rompiesen las barreras de las historiografías nacionales. De Siria a Irlanda y de Lisboa a Alejandría se analizan la forma del estado, las aristocracias, las redes urbanas y de comercio y, sobre todo, se da voz a las sociedades locales campesinas, auténtico caballo de batalla de un autor que hizo de su aproximación marxista a la historia y de su uso de los tipos ideales de tradición weberiana –memorable será para siempre su interpretación del modo de producción campesino– una llave para descodificar las sociedades del pasado que nunca decayó en rigideces ideológicas o en apriorismos teóricos.
Esa capacidad de gobernar y hacer dialogar una mole de datos escritos y materiales gigantesca; esa amplitud de miras resuelta en la creación de una historia comparada afinada de manera magistral, tenía una razón de ser programática: crear hipótesis, advertir contra los peligros de las historias nacionales, de su tendencia a exaltar procesos (no tan singulares) sin someterlos a una revisión crítica basada en la comparación, y advertir sobre los riesgos de crear narraciones totalizantes sobre interpretaciones de casos locales, en lo que fue su única crítica a la Microhistoria. No en vano, sus ideas encendían siempre magníficos debates.
En 2023 publicó lo que muchos entendieron, por ambición geográfica y control del método comparativo, como un segundo Framing. No lo fue. Fue otra cosa, igualmente extraordinaria: la reinterpretación del comercio mediterráneo y su evolución entre 950 y 1180 (The Donkey and the Boat). Con un dominio sin precedentes del dato arqueológico y de los documentos escritos, Wickham ofrecía nuevas hipótesis sobre el carácter de la economía agraria y de las conexiones mercantiles de las diferentes formaciones sociales asomadas al Mediterráneo, desde Egipto hasta Almería y desde la Lombardía y Sicilia a Bizancio.
Tiempo antes, otros libros habían compartido algunas de esas características, con una particular atención a la divulgación como esta se entiende en los países de habla inglesa. Me refiero a The inheritance of Rome. Illuminating the Dark Ages, 400-1000 (2009) y a Medieval Europe (2016), que contiene –también en traducción española– su personal interpretación de todo el periodo. Su éxito editorial no hizo que Wickham abandonase la investigación pormenorizada de los temas con los que había iniciado su carrera. Más allá de la historia económica, la preocupación por la desarticulación de las formas de poder que fueron típicas del mundo carolingio, lo llevó a proponer ambiciosas síntesis sobre la génesis del mundo señorial entre los siglos XI y XII, participando en los acalorados debates sobre la mutación feudal, así como sobre el mismo significado, teórico e historiográfico, de la etiqueta feudalismo,tan deslabrada por lo manida.
De aquellos debates acabó por surgir otra sensacional etapa intelectual, que hoy puede leerse como un tríptico centrado sobre el nacimiento de los comuni italianos durante un largo siglo XII. Primero, a través del ejemplo de Roma, si bien ese monumental volumen desborda el simple fenómeno comunal en su cronología, abarcando todo el siglo X. Seguirán después Sleepwalking into a New World: The Emergence of Italian City Communes in the Twelfth Century (2015) y, publicado originalmente en italiano, Le due facce del comune. Governare ed essere governati nell’Italia comunale 1150-1225 (2026). Quién iba a decirnos, hace tan poco, que iba a ser su último libro.
La muerte de Chris Wickham supone una pérdida irreparable para la historiografía, no solo por la amplitud, profundidad y originalidad de su método comparativo, sino también por el estilo con el que supo transmitir sus formas de interpretar el oficio de historiador. El rigor de su mirada, la generosidad de su amistad y la bondad de su magisterio. Varias generaciones de investigadores nos hemos beneficiado de esas tres características, inolvidables. A pesar de lo complicado de su agenda, encontraba siempre el tiempo para escribir cartas e informes para becas, corregir textos, regalar consejos. Fue un grandísimo medievalista y, a la vez, el más humilde de ellos a pesar del prestigio de sus cargos académicos. Baste citar el haber sido miembro de la Academia Británica, de la Royal Historical Society y Chichele Professor of Medieval History (desde 2005 y hasta su jubilación en 2016) en All Souls College, el college oxoniense entregado por Javier Marías a la literatura española.
Su legado, y el enorme vacío que deja su marcha, no se mide, y no se medirá durante mucho tiempo, sólo a través de su prolífica y apabullante obra. La inheritance de Wickham, esa alegre fecundidad de su trabajo, se encuentra en cómo nos enseñó a hacer historia: con capacidad crítica, con conocimiento exhaustivo de toda fuente, y con una alegría que será muy difícil de mantener en la soledad en la que nos deja.
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