Niño tambor de un cuerpo realista. Detalle de una litografía del siglo XIX que representa el fusilamiento de Morelos.

El Tamborcito de Valladolid: mito y verdad de un episodio insurgente

Menos conocido que otros niños insurgentes, el Tamborcito de Valladolid aparece en textos literarios y fue representado en bronce al lado de Miguel Hidalgo. Estos honores resultan desmedidos al considerar que muy probablemente tal personaje no existió.
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La historia del llamado “Tamborcito de Valladolid” es mucho menos conocida que las de otros niños insurgentes, como Narciso Mendoza, “el niño artillero”, que combatió al lado de Morelos, o la del hijo de éste, Juan Nepomuceno Almonte, comandante del regimiento infantil conocido como los Emulantes. Con todo, su fama fue suficiente para que se replicara en varios textos literarios, alcanzó para que el protagonista diera nombre a por lo menos una escuela y una calle, y aun para que se le representara en bronce al lado del cura Miguel Hidalgo en un monumento en la ciudad de Puebla. Honores que pueden parecer relativamente modestos, pero que resultan desmedidos si consideramos que muy probablemente tal Tamborcito no existió, o por lo menos no como los relatos más conocidos nos lo describen.

Cuatro versiones de la leyenda del Tamborcito

El origen de la leyenda del Tamborcito parece ser la “Relación sucinta de los principios de la Revolución de 1810”, escrita por el insurgente queretano Epigmenio González. En este breve escrito –valioso sobre todo por sus informes acerca de los preparativos de la insurrección- González cuenta que el vencedor de la batalla del 7 de noviembre de 1810, Félix María Calleja del Rey, retornó días después de su victoria a la ciudad de Querétaro, llevando con él a los prisioneros tomados al ejército de Hidalgo:

Allí manifestó su intención de fusilarlos, más los principales vecinos intercedieron por ellos, y sólo fueron destinados al suplicio siete u ocho en quienes cayó la suerte fatal. Caminando al patíbulo estos desgraciados por la calle del Hospital, se hallaba allí casualmente el filipense don Dimas Díez de Lara, quien observó que entre ellos iba un niño de pocos años nombrado Pablo Armenta, tamborcito de Valladolid. No pudo menos nuestro heroico don Dimas que arrojarse a quitarlo, hecho que mereció tanto aplauso, que Armenta fue perdonado y los demás murieron en la Alameda.

((Epigmenio González, Memorias de don Epigmenio González, Querétaro, Gobierno del Estado, 1926, p. 40.))

Aunque escrito por uno de los conspiradores de Querétaro, compañero de Hidalgo, Allende y la Corregidora, este relato levanta algunas sospechas. González no pudo ser testigo de los hechos pues se le aprehendió el 13 de septiembre de 1810, días antes de la rebelión, y después se le envió desterrado a Manila. Regresó al país en 1838 y redactó esta memoria hasta 1853, lejos de su ciudad natal y ya septuagenario. Prueba de sus imprecisiones es que habla de “siete u ocho” condenados a muerte en aquella ocasión, cuando en realidad fueron la mitad.

El tamborcito insurgente de Valladolid junto al cura Hidalgo, en el monumento a los Héroes de la Independencia de la ciudad de Puebla, Pue.

La “relación” de Epigmenio González permaneció inédita por largo tiempo, pues sólo se publicó en 1901, a instancias de Genaro García y de Luis González Obregón. La conmovedora historia del niño insurgente rescatado del patíbulo en el último instante impresionó seguramente a don Valentín F. Frías –padre de la historia regional queretana– quien la tomó poco después para incluirla en la segunda serie de sus Leyendas y tradiciones. Claro que para ello reelaboró el relato al agregarle cierto contexto, lo dramatizó e incluso le sumó algunos datos que parecen ser de su cosecha, como la precisión de que los “pocos años” del niño eran unos “12 años no cumplidos”. El acto heroico del padre Dimas, además, adquiere en la versión de Frías una mayor hondura, pues no se trata ya de un simple arrebato, sino de una acción premeditada:

El padre prepósito del oratorio de san Felipe don Dimas Díez de Lara, que también se vio envuelto en la política independiente, a pesar de su acendrada virtud, prudencia y obediencia fiel al trono, tomó por su cuenta al pequeño tamborcito insurgente y presentóse a Calleja, hospedado en el Convento de San Francisco, solicitando el indulto, mas éste le fue negado hasta con aspereza. Entonces el venerable oratoriano dijo con cierto aire de gravedad: “con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo a Su Excelencia, que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño” y haciendo una grave reverencia se retiró.

Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, se dejó escuchar el redoble de los tambores, las multitudes se agolpaban para ver el desfile de los ajusticiados que, con paso vacilante, caminaban rumbo a la Alameda a ser ejecutados como traidores al rey. Al pasar el convoy por la calle del Hospital, se promovió entre el pueblo y la guardia que custodiaba a los reos, un desaguisado (que no se sabe si fue casual o preparado de antemano), del cual resultó la fuga de los presos en medio del tumulto.

Al comenzar la refriega entre el pueblo y la guardia, se vio entrar de prisa entre la multitud, P.D. Dimas, coger en hombros al pequeñín y huir con él a todo escape. La guardia le hizo fuego varias veces sin causarle daño, y él continuó su fuga, entrando al convento de San Francisco sin sombrero ni capa, jadeante, con su preciosa carga, temeroso y casi seguro de haber incurrido en desagrado de Su Excelencia, teniendo que pagar quizá muy caro su caritativo arrojo.

(( Valentín F. Frías. Leyendas y tradiciones queretanas, Segunda Serie, México, 1990, Universidad Autónoma de Querétaro, p. 85-87. ))

Pocos años más tarde, el entonces muy joven escritor veracruzano Ignacio B. Del Castillo reescribió una vez más la historia, tomando lo esencial de la versión de Frías, pero transformándola con diálogos y reflexiones que acentuaban el drama humano del relato:

—En nombre de las señoras de la ciudad, tan respetables por sus virtudes y su piedad, y en el mío propio, vengo a rogar a Su Excelencia sea servido de conceder su perdón al infortunado niño que cayó en poder de las valientes tropas de Su Majestad —que Dios guarde—en la reciente gloriosa batalla de Aculco, el cual, según rumores que hasta nosotros han llegado, será fusilado hoy mismo por orden de Su Excelencia.

—Me apena la petición de Su Paternidad, respondió Calleja vivamente incomodado, y si no fuera porque es bien pública su adhesión a nuestro amado Soberano, creería que Su Paternidad, al interceder por ese indigno rapaz, trataba de favorecer la inicua causa de los desleales y pérfidos vasallos que se han levantado en abierta rebelión contra Dios, contra la patria y contra el Rey.

—Puede estar seguro Su Excelencia, replicó, sin inmutarse Fray Dimas, de que mi ruego está inspirado tan sólo en un sentimiento de compasión hacia el niño de quien hablo, y de que yo nunca abjuraré de mi profunda fidelidad a Su Majestad—que Dios guarde.—Creo, sin embargo, que para domeñar la insurrección iniciada en los Dolores son inadecuados e infructuosos los medios hasta hoy usados, y que la única manera eficaz de reprimirla es mostrarse benigno con los mismos que han turbado la paz del Reino, porque sólo así se les puede atraer a la buena causa, y no con la crueldad que se ha desplegado, que únicamente les exaspera, les irrita y les hace afianzarse más y más en sus extraviadas ideas.

(( Ignacio B. del Castillo, “El tamborcito de Valladolid” en El Mundo Ilustrado, año XIII, tomo II, núm. 12, México, 16 de septiembre de 1906, p. 7. ))

Del Castillo envió su texto al “Certamen de cuentos de costumbres nacionales” convocado por la revista El Mundo Ilustrado en 1906. Aunque fue muy celebrado por el jurado, la redacción de la revista acordó premiarlo fuera de concurso, por tratarse -señaló- de un episodio histórico y no propiamente de un cuento. Se equivocaron.

El padre Dimas Díez de Lara habla con el brigadier Calleja. Dibujo publicado en la revista El Mundo Ilustrado acompañando el texto de Ignacio B. del Castillo.

Aunque por algún tiempo la historia del Tamborcito se mantuvo como una tradición queretana, especialmente por la intervención en ella del querido y recordado padre Dimas, a mediados de la década de 1950 el escritor Jesús Romero Flores decidió escribir una nueva versión para subrayar el origen moreliano del niño, incluyendo nuevos datos que lo ligaban antes y después del suceso con la antigua Valladolid de Michoacán:

Y se efectuaron centenares de ejecuciones en aquel terrible día, pero no se volvió a saber nada del Tambor Insurgente de Aculco […] Cuando la Guerra de Independencia terminó, once años más tarde, y tras de las variadas peripecias de una lucha terrible que culminó con la emancipación de nuestra patria del dominio español, volvió el joven Armenta a su ciudad natal. Como los verdaderos patriotas, no pidió recompensa por sus servicios el tamborcito de Valladolid; siguió ejerciendo el oficio de carpintero, como su padre y su abuelo lo habían ejercido, en aquella calle del barrio de Capuchinas que la gente conoció durante muchos años con el nombre de la calle del Tamborcito en recuerdo del tamborcito Armenta; allá en la hermosa ciudad de Valladolid, que hoy se llama Morelia.

(( Jesús Romero Flores. Jóvenes ilustres en la historia de México, México, 1973, Gobierno del Estado de Michoacán, p. 22. En los mapas antiguos de ese barrio aparece una calle del Tambor, que no del Tamborcito. ))

Aunque Romero Flores indicó como origen de su versión las conversaciones que escuchó de voz de los ancianos que se reunían en la “alacena” del librero Sixto Nieto en el portal Hidalgo de Morelia (quienes supuestamente habían conocido en su juventud al Tamborcito), es posible que sólo se trate de un recurso literario para darle mayor interés a la tradición y que su fuente sea en realidad el conjunto de textos de González, Frías y Del Castillo. O quizá esa tradición oral sí existió, pero como tergiversación de los recuerdos locales para adaptarlos al relato canónico que se había vuelto popular. Porque, como veremos enseguida, las fuentes estrictamente históricas cuentan algo muy distinto acerca de estos hechos.

Plano del siglo XIX que muestra el barrio de Capuchinas de la ciudad de Morelia. A la izquierda aparece la calle del Tambor. Mapoteca Orozco y Berra.
El verdadero insurgente Pablo Armenta

El 17 de octubre de 1810, tras una exitosa campaña por el Bajío y después de adentrarse en la Intendencia de Michoacán, el cura Hidalgo tomó sin resistencia la ciudad de Valladolid. Ahí se le adhirieron tres batallones provinciales y el regimiento de Dragones de Pátzcuaro, lo que aumentó significativamente el número de militares profesionales en su ejército.

{{ Antonio García Cubas. Cuadro geográfico, estadístico, descriptivo é histórico de los Estados Unidos Mexicanos, México, 1884, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, p. 414. }}

Entre los dragones que quedaron bajo el mando de Ignacio Allende estaba Pablo Armenta –de ninguna manera tambor de su regimiento y menos aún menor de edad– quien se incorporó a la rebelión convencido de que aquello se trataba de una guerra contra Napoleón Bonaparte, pues, como confesaría más tarde, “le habían hecho saber que iría a pelear contra los franceses”.

(( Antonio Ibarra, “Crímenes y castigos políticos en la Nueva España Borbónica: patrones de obediencia y disidencia política, 1809-1816”, en Marta Terán y José Antonio Serrano Ortega (editores). Las Guerras de Independencia en la América Española, México, 2002, El Colegio de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo / Conaculta-INAH, p. 265. ))

El día de la batalla del 7 de noviembre de 1810 en San Jerónimo Aculco, Armenta se percató de que no había tales franceses, sino otros cuerpos del mismo ejército novohispano del que provenía. De tal manera, “conforme los vio cerca conoció que eran soldados y en cuanto tuvo lugar se presentó a un oficial de los amarillos”.

(( Ídem. ))

En efecto, Armenta se apartó de los insurgentes, como confirma el Diario contemporáneo escrito por el queretano José Xavier de Argomaniz: “Pablo Armenta del Regimiento de Pátzcuaro quien hizo presente el que antes de la batalla en Aculco se presentó a nuestro ejército [realista] al Sr. Amparan apartándose él del enemigo”.

{{ José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, manuscrito, 1807-1818, Tomo IV, Biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León, f. 34v. }}

El coronel Miguel de Emparán formaba parte ciertamente de las tropas realistas que actuaron en Aculco la mañana del 7 de noviembre y comandaba la columna central-derecha de las cinco en que avanzaron sobre los insurgentes.

{{ Félix María Calleja del Rey, “Parte detallado de la acción de Aculco”, en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, núm. 132. }}

Fue en aquel avance cuando Armenta debió presentarse ante él, aunque no por su defección se le dio trato distinto al de prisionero.

El enfrentamiento concluyó con la victoria de los realistas y la desordenada huida de los insurgentes, a los que se hicieron más de 600 cautivos. De ellos sólo unos 26 eran soldados que habían pertenecido a los cuerpos provinciales del ejército de la Nueva España, por lo que se les consideraba no sólo rebeldes, sino desertores y traidores. Era el caso del dragón Pablo Armenta.

Así como él, los otros militares prisioneros justificaron su presencia en las filas insurgentes de diversas maneras: Manuel Bartolache, soldado del batallón de infantería de Guanajuato de 19 años, aseguró que sus superiores le informaron que “trataban los europeos de jurar en este reino a Napoleón y que era preciso estorbar esto”. Guillermo Sendejas, tambor del regimiento de infantería de Valladolid que se unió a los insurgentes desde que “todo el regimiento se formó a el toque de caja para incorporarse a aquel ejército”, huyó de los insurgentes en Aculco y se refugió en la parroquia “por miedo a que le hubieran dado un balazo el ejército de España por estar en el de Allende con su regimiento”. Por su parte Rafael López, soldado también del regimiento de infantería de Valladolid, de 22 años, afirmó que sólo los había acompañado “por la obediencia que debía a sus oficiales” y reconoció haber obrado mal, “contra el rey y contra la religión”. Francisco Rocha, de 18 años y compañero de armas del anterior, reconoció haber seguido a Allende, pero aseguró nunca haber disparado su fusil “porque del miedo que le causó el primer cañonazo […] se escondió entre unos pinos”. Otro de los soldados prisioneros, el sargento Lorenzo Medina, dijo que “no creyó luchar contra el gobierno” y que al darse cuenta de que con sus tropas se había unido a unos rebeldes, se había entregado a los realistas “por haberse desengañado que aquél no era el ejército verdadero”.

(( Antonio Ibarra, “Crímenes y castigos…”, p. 266. ))

En este recuento de los testimonios de algunos de los aprehendidos en Aculco se advierte ya el germen de la leyenda del Tamborcito de Valladolid: aparece el nombre de Pablo Armenta entre los prisioneros, se anota la presencia de varios soldados muy jóvenes procedentes de los regimientos provinciales de Michoacán y uno de ellos tenía el grado de tambor.

Todos fueron conducidos por Calleja a la ciudad de Querétaro. De acuerdo con los códigos militares pudieron haber sido ejecutados inmediatamente, pero parece ser que el corregidor de Querétaro don Miguel Domínguez (quien hasta entonces había mantenido oculta su participación en la conspiración insurgente), fungiendo como “asesor de guerra”, aconsejó a Calleja que se sorteara a los que habrían de sufrir la pena capital.

{{ “Sumaria instruida en Querétaro, por orden de Calleja, a diecinueve soldados y tres paisanos que fueron aprehendidos o se presentaron después de la batalla de Aculco”, Infidencias, vol. 5, exp. 11, AGN. }}

Argomaniz en su Diario da todo el crédito del perdón al brigadier español: “veinte y tantos eran los sentenciados al suplicio, pero la bondad del sr. General D. Félix Calleja mandó que se quintaran, de lo que resultó el que a cuatro de ellos tocó la suerte”.

(( José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34r-34v. ))

La mañana del 11 de noviembre los prisioneros echaron suertes para decidir quién moriría: “vendados de los ojos echó cada uno los dados sobre la caja de guerra que se dispuso al efecto [y] salió el número nueve al expresado Rafael López que fue el mayor de los que salieron, y por consiguiente quedó comprendido en la pena de muerte, y se puso inmediatamente en capilla para que fuera ejecutado esta tarde a las cuatro la sentencia en la Alameda de esta ciudad”. La suerte decidió también que Pablo Armenta y dos soldados fueran condenados a la pena capital. Los demás serían sentenciados a diez años de presidio.

(( Antonio Ibarra, “Crímenes y castigos…”, p. 270. ))

Pero entonces –relata el cronista Argomaniz– “[estando ya en capilla] se vindicó a Pablo Armenta del regimiento de Pátzcuaro”.

{{ José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34v. }}

Aquí surge, pues, otro de los elementos que la leyenda desvirtuó: la salvación de Armenta en el último momento. Pero el perdón, lejos de deberse a la intervención del padre Dimas Díez de Lara o a los pocos años del condenado, vino simplemente por haberse comprobado que se presentó al coronel Emparán antes de que iniciara la batalla de Aculco.

La sentencia de muerte para los otros tres soldados se cumplió al parecer hasta el 15 de noviembre de 1810, día en que apuntó Argomaniz “se han arcabuceado a tres soldados de varios regimientos de nuestro ejército, unos de los muchos que se cogieron prisioneros en Aculco”.

(( Idem, f. 34r. ))

Retrato mortuorio del padre Dimas Díez de Lara, tomado del libro Glorias de Querétaro de José María Zelaa e Hidalgo (s.p.i.).

Lo que no parece tener mayor fundamento es la supuesta intervención en estos hechos del padre Dimas Díez de Lara. Algo extraño, pues su papel es el más relevante y decisivo en la leyenda. Lo que existe sobre él son únicamente denuncias que con posterioridad a 1810 se hicieron en su contra por una no comprobada simpatía hacia los insurgentes.

Al respecto, escribe Lucas Alamán que en 1813 el cura Manuel Toral, enemigo de los rebeldes, organizó en Querétaro unas “misiones” con el objetivo de predicar la obediencia a las autoridades españolas. Sin embargo, la reacción del clero queretano fue adversa y sólo se le permitió predicar en pocos templos. Con gran irritación, Toral denunció a varios sacerdotes, entre los que estaba el padre Dimas, “a quien la gente veneraba como un santo”, acusándolo de hacer abierta propaganda por el bando insurgente. Es más: advirtió al general Calleja -convertido para entonces en virrey- que existía en la ciudad toda una camarilla de “malos sacerdotes” que sostenía la causa insurgente y estaba bajo la dirección de aquel religioso. Un fraile amigo de Toral incluso sugirió poner bajo arresto al padre Dimas:

Querétaro conserva el entusiasmo de la mala causa sostenido por el número de diez a doce sacerdotes malos, de los cuales es corifeo el presbítero don Dimas de Lara filipense, y no faltan entre éstos algunos que están seduciendo en los confesionarios, y comúnmente lo hacen en los estrados.

(( Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221 ))

Las denuncias no tuvieron mayor efecto, pero quizá se explica con ellas que el padre Dimas se incluyera como uno de los protagonistas de la leyenda del Tamborcito de Valladolid. De cualquier manera, este es un punto menor en una historia comprobadamente apócrifa, o quizá sería mejor decir, adulterada. Porque, aunque Pablo Armenta existió, se le tomó prisionero en Aculco y se libró por poco del fusilamiento, no se trataba de un niño, ni era un tambor y ni siquiera un insurgente verdaderamente convencido.

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