Más patrimonio de la humanidad, ¿para qué?

Con contadas excepciones, los bienes arqueológicos, históricos y culturales mexicanos incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO parecen encontrarse en peor estado que cuando fueron inscritos en ella. El caso de Aculco ilustra este abandono.
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El 2021 nos ha deparado hasta ahora dos noticias importantes relacionadas con los bienes mexicanos incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO (popularmente conocida como Patrimonio de la Humanidad). La primera fue la destrucción de valiosos vestigios arqueológicos en una parcela del área B en la Zona Arqueológica de Teotihuacan. La segunda fue la incorporación del conjunto franciscano y catedralicio de la ciudad de Tlaxcala a la lista, en sincronía con la conmemoración de los 500 años de la conquista de México en que sus antiguos pobladores tuvieron un papel principal.

Si la primera de estas noticias cuestiona seriamente la capacidad del Estado mexicano para preservar su patrimonio –aun el que se halla bajo un nivel máximo de protección legal–, la segunda nos lleva naturalmente a preguntarnos por qué México continúa sumando bienes arqueológicos, históricos y culturales a la lista de la UNESCO, cuando son evidentes las dificultades que tiene para conservar los que ya se encuentran ahí. Me atrevo a señalar que, aparte de algunas ciudades prehispánicas de la zona maya, quizás el centro histórico de Campeche, las misiones de la Sierra Gorda y el acueducto de Tembleque, el resto de los sitios de la lista parece encontrarse en peor estado o en una situación de mayores amenazas que cuando fueron inscritos en ella.

Existe un caso particular de este abandono de las obligaciones internacionales de conservación del patrimonio que he podido ver muy de cerca a lo largo de la última década. Se trata del mexiquense pueblo de Aculco, incluido en 2010 en la Lista del Patrimonio Mundial como uno de los 60 sitios del Camino Real de Tierra Adentro, itinerario fundamental en la historia del intercambio cultural entre el centro y el norte del país durante el Virreinato.

Aculco visto desde los lavaderos públicos, de 1884.

Este poblado, ubicado en los confines de los estados de México, Querétaro e Hidalgo, tiene como fecha tradicional de fundación el 30 de septiembre de 1522. Debió en efecto su subsistencia durante la Colonia al nutrido tránsito por el camino que llevaba de la Ciudad de México a Santa Fe de Nuevo México, pasando por Querétaro, Zacatecas, Durango y Chihuahua, entre otras ciudades.  Pueblo de arrieros, los documentos dan testimonio de la importancia de los conductores de recuas de Aculco, a los que se exentó del servicio militar durante la Guerra de Independencia para que continuaran con su imprescindible labor de transporte.

En las afueras de Aculco, el cura Miguel Hidalgo se enfrentó a las tropas de Félix María Calleja el 7 de noviembre de 1810. A la victoria realista siguió el saqueo del pueblo, del que no se libró ni siquiera la parroquia (que, cuenta el historiador Bustamante, perdió entonces su custodia). Las inestabilidades del siglo XIX, pero en especial la aparición del ferrocarril en la década de 1880, lo relegaron a un sitio muy secundario. Pero al quedarse como anclado en el tiempo, Aculco logró conservar en muy buen estado su arquitectura tradicional: sólidos muros de toba blanca extraída de su propio subsuelo, altas paredes encaladas, detalles labrados en cantera rosada, terrados y tejados, calles empedradas, plazas grandes y pequeñas, todo presidido en lo alto por el templo de san Jerónimo y el antiguo convento franciscano, con su humilde claustro. Porque, hay que señalarlo claramente, su arquitectura no es en ningún caso monumental: su valor se encuentra principalmente en lo auténtico, intocado y original.

El aspecto antiguo y venerable de Aculco ya era apreciado a principios del siglo XX. “Las construcciones son muy antiguas […] Una casa antigua de dos pisos […] nos fue señalada como histórica; en ella se alojó D. Miguel Hidalgo después de la batalla de Aculco”, escribió el geólogo Fernando Urbina al hacer un recorrido por la región en 1913.

{{Urbina, Fernando y Heriberto Camacho. La zona megaséismica Acambay-Tixmadeje, México, Imprenta y fototipia de la Secretaría de Fomento, 1913, p. 75.}}

Décadas después, en 1960, el historiador de arte Francisco de la Maza elogiaba así aquel “bello pueblo del hoy Estado de México”:

Es sorprendente cómo ha conservado, a pesar de ciertas destrucciones torpes, el carácter antiguo en sus calles empedradas, sus portales, sus plazas pequeñas e irregulares y sus casas con recias puertas con dinteles adornados de cruces, imágenes y medallones. Fue fundado en 1540, estableciéndose luego un pequeño convento franciscano, vicaría del de Huichapan. Tuvo, Sin embargo, importancia de convento grande, pues a la magnífica iglesia une un atrio amplísimo, con tres entradas y capillas posas.

((De la Maza, Francisco. La ruta del Padre de la Patria, México, Secretaría de Gobernación, 1960, p. 285.))

La parroquia de san Jerónimo, antiguo convento franciscano.

Apartado como se hallaba de cualquier ruta turística, disfrutado casi únicamente por sus pocos vecinos, los ocasionales visitantes se sorprendían al hallar donde menos lo esperaban un pueblo histórico tan excepcionalmente conservado que permitía evocar fácilmente los tiempos de los arrieros y las diligencias, del virreinato y de la insurgencia. El periodista Arturo Sotomayor, pionero en la crónica de expediciones y visitas culturales en México, escribió entusiasmado:

Desde el momento de entrar en este pueblo advertirá usted una atmósfera de recogimiento, enaltecida por cierta grandeza arquitectónica que impresiona no por lo fastuosa sino por lo genuina: las casas que va usted encontrando a su paso son legítimamente coloniales. Cosa curiosa: las mejores fincas, las más atractivas por sus estilos y presentación, no son llamativas, no ocupan enormes espacios ni ostentan el sello de los grandes arquitectos de la época, pero son encantadoras. Llamará su atención otro tipo de casa, de dos plantas que, haciendo abstracción del medio en que están, le recordarán vivamente algunos pueblos castellanos.

Si para algunos aquella arquitectura tradicional parecía evocar España, otros, como el doctor Julián Gascón Mercado, el culto gobernador de Nayarit, opinaban que sus “paredes de blanca piedra tienen un trasunto de pueblo arábigo”.

{{ Gascón Mercado, Julián. Acuarelas sociales, México, 1959, p. 70. }}

En realidad, lo que percibían era una misma cosa: la particularidad arquitectónica y urbanística de Aculco. Por su parte, el editor Fernando Benítez fue uno más entre quienes sucumbieron a los encantos del lugar y así lo asentó en 1974:

Edificados con una piedra blanca y una piedra rosa que los canteros trabajaron y aún trabajan cerrada y limpiamente, los muros de los huertos y fachadas establecen una pureza de líneas y una severidad no vistas en otros lugares mejor abastecidos. En Aculco ciertamente todo es noble y espacioso, grandes las puertas de los mesones, como para dar entrada a las recuas y a las carretas […]. Aquí también la traza de la ciudad sufre violaciones y permite adornarse con plazuelas y callejas de casas pequeñitas que llevan entre arcadas y florones del neoclásico al atrio elevado donde se levantan cuatro capillas y una iglesia de piedra rosa consagrada a San Jerónimo. Sus columnas de doble capitel corintio y el remate labrado representando a santa Rosa de Lima componen una cálida muestra del arte popular mexicano que hace resaltar el doble soportal y el maderamen del antiguo convento.

(( Benítez, Fernando. Viaje al centro de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1975, p. 289.))

Los extensos muros de piedra blanca son característicos de Aculco.

Aquel mismo año, el Programa Echeverría de Remodelación de Pueblos le dio a Aculco una imagen uniforme y remozada, podríamos decir que más pintoresca, en la que intervino el arquitecto Francisco Artigas. Algunas de las obras emprendidas entonces resultan al cabo del tiempo reprobables (como la demolición de la antigua presidencia municipal, edificio que había sido propiedad de la familia política de Francisco I. Madero), pero también es cierto que ese programa federal dio a los aculquenses una conciencia de la excepcionalidad de su pueblo y aportó reglas e indicadores mínimos del mantenimiento de su aspecto tradicional. Para subrayar este hecho, por decreto de la legislatura estatal Aculco recibió en 1978 la denominación de “pueblo típico” con la intención de que tal carácter subsistiera.

Aquello, sin embargo, no fue suficiente para amparar el conjunto urbano con el cuidado que merecía, pues se trataba en realidad de una protección superficial. Ciertas demoliciones de edificios importantes, la construcción de desafortunados añadidos a otros, la alteración de fachadas, las “restauraciones” fuera de criterios profesionales, el crecimiento urbano sin normas y el descuido en la incorporación de infraestructuras (como tinacos, transformadores, tomas eléctricas, banquetas, rampas, iluminación y cableado) fueron desvirtuando el pueblo de manera lenta pero continuada en las décadas siguientes. En estos años, el Centro INAH Estado de México mostró su negligencia ante las denuncias ciudadanas, lo mismo cuando en 1996 se construyó una moderna torre de reloj a veinte metros de la antigua (de 1904), que cuando el Ayuntamiento prácticamente destruyó los lavaderos del siglo XIX para reconstruirlos con materiales nuevos o incluso cuando se edificó en la plaza principal un portal nuevo que ocultó la fachada histórica de la casa en que pernoctó Miguel Hidalgo.

A pesar de todo Aculco seguía siendo hermoso y en 2006 se le incluyó entre los “Pueblos con Encanto del Bicentenario”: un programa del Estado de México sucedáneo del programa federal de Pueblos Mágicos. Desgraciadamente, el programa se orientaba únicamente a lo turístico, no a lo patrimonial, por lo que las nuevas presiones de este enfoque no hicieron sino acelerar el proceso de depreciación arquitectónica de Aculco. Ni siquiera la introducción del cableado eléctrico subterráneo que se hizo entonces se puede calificar como bien ejecutada: los nuevos transformadores se situaron a la vista (y a veces destacando) en espacios públicos como jardines, plazas y banquetas.

Arcos en el patio de una casona aculquense edificada en 1656.

La integración de Aculco como parte del Camino Real de Tierra Adentro –bien incluido en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2010– pudo significar finalmente la protección efectiva de su centro histórico a partir de sus valores profundos. Quienes elaboramos el expediente presentado a la UNESCO éramos conscientes de que aquella era quizás una última oportunidad antes de que Aculco –entre destrucciones y transformaciones– se convirtiera cuando mucho en una caricatura de sí mismo. Porque incluso mientras el expediente se procesaba, las alteraciones a su patrimonio continuaban sin control: el claustro del convento, por dar un ejemplo entre muchos, fue cubierto en esos meses con una lamentable estructura industrial de acero.

Aculco se convirtió, pues, en Patrimonio de la Humanidad y en el único conjunto urbano histórico del Estado de México que puede enorgullecerse de tal distinción, ya que en otros casos se han incluido solo inmuebles aislados. Una placa en el jardín de la Plaza de la Constitución, inaugurada con gran concurrencia, dio cuenta de ello. Los ayuntamientos gastaron algún buen dinero en los años siguientes en la construcción de sendos e innecesarios arcos de entrada al pueblo que presumían la designación. Gracias al Programa de Apoyo a Comunidades para Restauración de Monumentos Históricos y Bienes Artísticos de Propiedad Federal (FOREMOBA), se restauraron las fachadas, torre y portal de peregrinos de la parroquia. Aquello fue todo: en los once años que han transcurrido desde la inscripción, el proceso de menoscabo del centro histórico de Aculco ha continuado lo mismo en su área núcleo que en su zona de amortiguamiento.

Lo que sí le llegó a Aculco fue una nueva declaratoria de menor categoría que aquella: la de Pueblo Mágico, en 2012. Con tal cantidad de designaciones, a Aculco solamente le falta el de Zona de Monumentos Históricos para tener todos los nombramientos patrimoniales posibles. Y a pesar de ello continúa perdiendo un poco de su arquitectura cada día.

El claustro franciscano cubierto por una estructura industrial en 2009.

En septiembre pasado denuncié ante el Centro INAH Estado de México y la Dirección del Patrimonio Mundial del mismo instituto tres obras irregulares en Aculco: la destrucción de una fachada en la calle de Morelos que conservaba una de las pocas puertas auténticamente coloniales del pueblo, la demolición de un inmueble calificado como de “valor contextual” en la calle Riva Palacio, para construir en su lugar un edificio que violó las normas municipales de altura, y la destrucción del acceso al último mesón que estuvo en uso en el pueblo, situado en la calle de la Corregidora. Ese es el ritmo al que se destruye Aculco y, si tomamos en cuenta que la superficie núcleo protegida es de apenas doce manzanas, la cifra adquiere su real dimensión: cada una de estas pérdidas representa un golpe enorme a su patrimonio.

A diferencia de otras poblaciones patrimoniales de nuestro país, la arquitectura de Aculco es en extremo sencilla. Casi todos los inmuebles son de una sola planta, muchos de ellos poseen grandes corrales cercados por bardas ciegas, y es así que obras tan simples como la apertura o ampliación de un vano o la demolición de una pared exterior, que en ciudades de riquísimo patrimonio como Zacatecas o Querétaro pueden resultar completamente irrelevantes, aquí cobran aires de tragedia: pueden representar la pérdida completa de los valores de un edificio o hasta de una calle entera.

Esta casa fue calificada como de “valor contextual” en los planos de la UNESCO. Aún así su acceso principal fue lastimosamente alterado en 2019.

Por otra parte, más allá de los atentados intencionales contra este patrimonio, decenas de inmuebles se encuentra en un estado de deterioro avanzado, producto de la falta de mantenimiento, el franco abandono y las subdivisiones de predios, legales e ilegales. No existe además para la mayoría de los propietarios de Aculco ningún aliciente que los impulse a conservar sus inmuebles en su originalidad. Por el contrario, el turismo que desde hace unos pocos años lo inunda de automóviles cada fin de semana y convierte su plaza principal en un enorme estacionamiento los alienta a convertir las habitaciones en locales comerciales, romper balcones y abrir vanos en busca de lucro económico, alterando su arquitectura especialmente en su zona de mayor riqueza patrimonial. El irrespeto a la normatividad en las nuevas construcciones comienza a advertirse también en las entradas al poblado y desde cierta distancia, con una tendencia clara a convertirse en pocos años en suburbios-calle.

El caso de este pueblo es solo un ejemplo mínimo de la situación del patrimonio mundial mexicano. Lamentablemente, su realidad no parece ser excepcional pues sus problemas se repiten en muchas otras de las ciudades listadas, si bien la mayor extensión de las áreas protegidas en el caso de éstas y su mayor monumentalidad los hacen menos visibles.

Una selva de añadidos sin terminar en las azoteas, tinacos tanques y antenas vistas desde la Plaza de la Constitución de Aculco.

Aculco posee –insisto– el único centro histórico del Estado de México que ha sido reconocido como parte del Patrimonio Mundial. Es una de las contadas poblaciones relativamente cercanas a la Ciudad de México que conserva su aspecto tradicional, sin ceder todavía a la lamentable degradación urbano-arquitectónica característica de casi todos los pueblos mexicanos de nuestros días. El sitio posee, especialmente hacia el norte y hacia el este, importantes zonas no desarrolladas que enmarcan con gran belleza su zona histórica y que idealmente deberían preservarse de esa manera. Aculco mantiene todavía –a pesar de las mencionadas destrucciones– su ambiente tradicional, no solo en sus construcciones principales o en su área central, sino prácticamente en todas sus calles, en la vieja carretera empedrada que lo unía con el Camino Real de Tierra Adentro, en su interesante sistema de almacenamiento y conducción de agua, en sus siete puentes, en sus huertas y corrales, en sus portales, en su torre del reloj, en las casas de los ranchos y haciendas que lo rodean, en sus plazas y jardines.

Destrucción en 2008 de un muro tradicional de piedra blanca para colocar a la vista un transformador del cableado subterráneo.

Pero Aculco requiere de una pronta intervención para conservar ese legado, todavía muy importante. Ya que es la Federación quien establece las leyes que determinan su protección (y quien quedaría en ridículo ante organismos internacionales de proseguir su deterioro), debería ser ella quien lleve la batuta en el esfuerzo por hacer efectivas esas normas. Pero son sin duda los siguientes niveles de gobierno –Estado de México y Municipio de Aculco– a quienes debe importar más detener su dilapidación, pues se trata de una parte única e irreemplazable de su riqueza cultural más inmediata.

En vísperas de la celebración de los 500 años de Aculco, las autoridades estatales y municipales tienen ante sí la gran oportunidad de hacer de este pueblo un modelo de conservación, de restauración, de aplicación de la ley. Es un espacio pequeño, fácil de controlar, sencillo de administrar, en consecuencia, cómodo de mostrar como ejemplo de buenas prácticas gubernativas que se reflejen en el respeto a su patrimonio edificado. Será un paso hacia la protección efectiva de todo el lastimado patrimonio mundial mexicano.

Para edificar estos locales comerciales, a mediados de 2021 se demolió un edificio de valor contextual dentro de la zona núcleo protegida. El nuevo inmueble viola además las normas de altura.

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