Erauso, el conquistador trans

Al primer trans español no le bastó con ser hombre, sino que emuló nada menos que a Cortés y a Pizarro.
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“Hallo una profunda afinidad entre mí misma, como mujer transexual, y el monstruo de Frankenstein de Mary Shelley”, afirma Susan Stryker, una de las voces más importantes del movimiento trans. Al igual que el monstruo, las personas transexuales son vistas con demasiada frecuencia como criaturas no humanas. La cita también ilustra la conexión entre literatura y transexualismo, un vínculo expuesto por la muestra Una voz para Erauso. Epílogo para un tiempo trans, que puede verse en el Azkuna Zentroa de Bilbao.

Erauso nació Catalina en San Sebastián a finales del siglo XVI y murió Antonio en Cotaxtla (México) a mediados del XVII. Su autobiográfica Vida y sucesos de la Monja Alférez fue publicada en 1829, pero circuló mucho antes como manuscrito. No sabemos quién redactó el texto, aunque lo más probable es que el propio Erauso contara su historia a un escritor. De ser así, el libro ofrecería un ejemplo temprano de literatura de testimonio. Por otra parte, el primer capítulo sobre su infancia evoca la picaresca del Lazarillo.

En rigor, Catalina nunca fue monja, pero sí novicia en el convento vasco donde sus padres la internaron a los cuatro años. Allí aprendió latín (también hablaba castellano y euskera). En la adolescencia escapó y vivió como hombre el resto de su vida. Cruzó el Atlántico varias veces. Ahora bien, aunque el 80% del libro transcurre en las Indias, la Vida presta poca atención al Nuevo Mundo como materia descriptiva. Lo que le interesa es la acción. En este sentido, Erauso destacó por su valentía como soldado en las guerras araucanas. Por ejemplo, en la batalla de Purén recuperó una bandera capturada por los mapuches. Por sus méritos alcanzó el rango de alférez. 

Aunque Erauso alterna los géneros gramaticales masculino y femenino, su Vida no retrata a un personaje andrógino sino hipermasculinizado. De ahí la abundancia de episodios bélicos y sobre todo rufianescos (naipes, apuestas, riñas, etc.). Por ejemplo, en un teatro peruano Erauso protesta porque un espectador se sienta delante y le tapa el escenario. La trifulca resultante se salda con una cara rajada y un apuñalamiento. Erauso afirma que esa fue “la primera [cárcel] que tuve”. Pero no es verdad. Ya estuvo preso en Bilbao por herir a un hombre en otra pelea. De hecho, la Vida da cuenta de seis estancias en prisión.

El mediometraje Screaming queens (2005) de la mencionada Stryker ofrece testimonios de personas encarceladas por ser transexuales. Documentales más recientes como Resistencia trans (2019) también hacen hincapié en la victimización. No es el caso de Erauso, que nunca se presenta como víctima, sino como matón, y a mucha honra. La lista de sus víctimas mortales (once) incluye a su propio hermano, al que Erauso mata por error tras un duelo (“¡sabe Dios con qué dolor!”). Estas cinco palabras constituyen la única expresión de remordimiento en todo el libro. Este rasgo refuerza la tesis de la autoría externa, pues cuesta imaginar que alguien ponga por escrito sus propias fechorías con tanto desparpajo. Ahora bien, no podemos tomarnos a Erauso al pie de la letra. La violencia hiperbólica de su Vida revela fabulación literaria. Acaso el autor o los copistas del manuscrito original añadieran de su propia cosecha.

A pesar de sus múltiples transgresiones, Erauso se mantiene virgen toda la vida. Son numerosos sus escarceos con mujeres, pero nunca los consuma, pues siempre acaba huyendo para preservar el secreto de su sexo biológico. A diferencia de la homosexualidad masculina, duramente castigada con la hoguera, el deseo entre mujeres no constituía un delito si no había penetración. Al final del libro Erauso cuenta que refirió a Urbano VII “mi vida […], mi sexo y virginidad”, y que el papa “me concedió licencia para proseguir mi vida en hábito de hombre”. Por su parte, Felipe IV le otorgó una pensión como veterano de guerra.

Erauso alcanzó la fama y se convirtió en una leyenda. De ahí que Juan van der Hamen lo retratara en vida. El más reciente editor de la Vida (2021), Miguel Martínez, destaca que el cuadro, a diferencia de la Mujer barbuda (1631) de José de Ribera, no vincula a Erauso con la estética del prodigio barroco. Ahora bien, el artista sí enfatiza la masculinidad del personaje. No en vano la expresión “mujer varonil” era un encomio en la época, pues servía para describir actos, discursos o actitudes viriles de mujeres. El hombre afeminado no gozaba de la misma consideración. Así lo acreditan obras teatrales como El lindo don Diego.

Desde un punto de vista literario, la Vida no tiene la sutileza psicológica de la Celestina ni la crítica social del Lazarillo. Ahora bien, dadas las actuales guerras culturales en torno a la identidad de género, no es de extrañar que Erauso haya irrumpido con fuerza en los planes de estudio, sobre todo anglosajones. Proliferan los ensayos sobre el personaje. En este sentido, el filósofo trans Paul B. Preciado, comisario de la mencionada exposición bilbaína, valora la “disidencia de género” de Erauso, “un drag king casi en pleno Renacimiento”. Por otro lado, también lo critica como “un ancestro fascistoide y colonizador” del transexualismo. Bien pensado, quizás sea este un atractivo más de un personaje incómodo, difícilmente apropiable, pues a la provocación sexogenérica (para el lector conservador) se suma la provocación imperialista (para el lector progresista). Al primer trans español no le bastó con ser hombre, sino que emuló nada menos que a Cortés y a Pizarro.


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