Extranjeros en Europa: la búsqueda de asilo desde una perspectiva histórica

Una nueva historia de los refugiados en Europa desde 1492 demuestra que la integración es un mejor medio para resolver las crisis que los intentos, en su mayoría inútiles, de construir muros y vallas o el recurso a medidas violentas.
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La escena que se presentó ante los miembros de la comisión internacional en los campos de refugiados, tanto en las islas griegas como en el continente, resultaba a todas luces difícil de expresar con palabras: 

Desde la perspectiva humanitaria, lo ocurrido escapa a la imaginación. Solo aquellos que han visto la miseria, la indigencia, la enfermedad y la muerte en todas sus formas posibles podrían tratar de comprenderlo. Y, aun así, la magnitud del desastre era tan inédita que incluso a estas personas les exigiría una nueva visión.

Un reportero de la revista estadounidense Foreign Affairs recurrió a comparaciones extraídas del reino animal: “[Los] refugiados […] mantenían una existencia propia de zorros en tiendas de campaña, barracones de madera, refugios de ramas o césped, incluso en cuevas”.

En Alemania hacía demasiado frío para este tipo de alojamientos, pero un reportaje en el Neue Berliner Zeitung sobre el Scheunenviertel (el barrio berlinés que albergaba a judíos y otros inmigrantes pobres del este de Europa) reflejaba una situación igualmente desesperada: 

En esta pensión se alojan unos 120 refugiados judíos del Este. Muchos de los huéspedes llegados directamente de los campos de prisioneros de guerra rusos. Sus ropas les daban el aspecto de una grotesca Internacional de obreros harapientos. En su mirada se advertía un sufrimiento milenario. También había mujeres que cargaban a sus hijos a la espalda como fardos de ropa sucia, y niños patizambos que se arrastraban por un mundo raquítico mordisqueando cortezas de pan duro.

En los centros de alojamiento temporal de Viena, la situación no era mejor. Según informes de la época, veinticinco refugiados malvivían en promedio en cada una de las viviendas habilitadas, a razón de entre ocho y diez personas por habitación. La estrechez, la pobreza y las malas condiciones higiénicas eran un caldo de cultivo ideal para pulgas, chinches y piojos que, a su vez, transmitían el tifus, enfermedad hoy casi olvidada pero que entonces a menudo resultaba fatal. Además, había brotes recurrentes de disentería, viruela, tuberculosis y gripe. La muerte fue un compañero omnipresente de los apátridas; en los campos de refugiados griegos, hasta 70000 personas murieron de desnutrición, enfermedades y epidemias. 

El autor de este conmovedor reportaje sobre el Scheunenviertel fue el escritor Joseph Roth, quien a su vez se vio obligado a emprender la huida varias veces a lo largo de su vida, hasta que su última huida de Alemania en 1933 y las razones que la motivaron le resultaron tan insoportables que se entregó a la bebida hasta morir en el exilio parisino. Los otros dos pasajes citados arriba también proceden de 1923; relatan la miseria de los griegos de Asia Menor tras el “intercambio de poblaciones” acordado por Grecia y Turquía en el tratado de Lausana. En Europa y sus regiones limítrofes de Oriente Medio se estaba desarrollando entonces una auténtica “crisis de refugiados”, en parte a lo largo de la misma “ruta del Mediterráneo” y “de los Balcanes” que seguirían los refugiados de 2015. La escala de la huida masiva de refugiados de hace casi cien años fue, no obstante, incomparablemente mayor; a principios de la década de 1920 había cerca de siete millones de personas en busca de asilo: casi tres millones huían de la revolución y la guerra civil en Rusia, dos millones de la guerra greco-turca que estalló en 1919, y más de un millón y medio intentaban escapar de varias guerras y conflictos locales hacia el final de la “larga” Primera Guerra Mundial, que en Europa del Este y Sudeste no concluyó realmente hasta en torno a 1923. 

Estas riadas de refugiados (si se me permite el recurso a la metáfora de las fuerzas de la naturaleza) fueron con todo un mero riachuelo en comparación con el diluvio que siguió al nazismo y la Segunda Guerra Mundial. En la década de 1940, al menos treinta millones de europeos se encontraban en un trance similar, cifra que no incluye a los trabajadores forzados desplazados ni a los prisioneros de guerra. De dos a tres millones de personas deambulaban por las calles de la Alemania ocupada en 1945, junto a otros tantos cientos de miles en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Austria, Yugoslavia, Bulgaria, Rumanía, Grecia, Finlandia o la Unión Soviética. Las personas mayores y los niños, en particular, perecían con frecuencia debido a la dureza de su situación. 

Los desastres humanitarios que siguieron a ambas guerras mundiales tuvieron al menos un resultado positivo: la comunidad internacional se hizo cargo de los refugiados. En 1921, la recientemente creada Sociedad de Naciones, como reacción a la huida masiva de los bolcheviques, nombró al conocido naturalista y explorador noruego Fridtjof Nansen “alto comisionado para los Refugiados Rusos”. El adjetivo “rusos” no tardó en omitirse, ya que un año después el mandato de Nansen se extendió a Grecia, que a los pocos meses de su catastrófica derrota a manos del ejército turco tuvo que acoger a más de medio millón de refugiados de Asia Menor. Tras el Tratado de Lausana, que aprobó la primera limpieza étnica en dos países enteros (las únicas excepciones fueron Tracia Occidental, en Grecia, y Estambul, en Turquía), el número de refugiados volvió a incrementarse significativamente.

Un tiempo después, en esa misma década, siguió una breve pausa en esta historia de movimientos masivos de refugiados; gracias a la mejora de la situación económica, quienes recientemente habían huido de sus países de origen tuvieron oportunidad de echar raíces en los países de acogida. Algunos Estados como Francia incluso acogieron a refugiados de manera voluntaria para compensar sus pérdidas demográficas a causa de la guerra. Pero ya en 1933 comenzaba el siguiente éxodo masivo desde el Reich alemán: casi 60.000 personas huyeron de los nazis, y a finales de esa década les siguieron otras 370.000, la mayoría judíos. La Sociedad de Naciones reaccionó a este nuevo desafío en 1933 con una convención para los refugiados de Alemania, seguida en 1938 por una convención similar para los refugiados de Austria. 

A diferencia de lo ocurrido a principios de la década de 1920, el mayor problema no era ya la desesperada situación de los refugiados, sino la escasa disposición a acogerlos del resto de países. Ejemplo de ello es la tristemente célebre Conferencia de Evian, en la que todos los intentos por acoger y reasentar en diversos países a los refugiados judíos terminaron en fracaso. Cientos de miles de judíos que no lograron huir a tiempo de Alemania y la Austria anexada murieron en los campos de concentración alemanes. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional extrajo conclusiones de gran calado de aquella experiencia. En 1946, bajo el paraguas de Naciones Unidas, se fundó la Organización Internacional para los Refugiados (OIR), que en un principio atendió sobre todo a personas desplazadas (DP, por sus siglas en inglés) en Alemania, Austria, Italia y otros países. Cuatro años más tarde, tras arduas negociaciones, surgió de ella ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), que hasta el día de hoy presta asistencia a grupos de refugiados por todo el mundo. El historiador británico Peter Gatrell ha constatado el aumento de la ayuda internacional a los refugiados gracias a sus intervenciones, aunque la mayor parte de las veces con retraso y, hasta la fecha, sin recursos económicos suficientes. 

La desesperada situación de los refugiados tras ambas guerras mundiales obligó a la comunidad internacional a acotar el concepto de “refugiado”. Asunto este de importancia, lógicamente, también aquí, puesto que distinguir a los refugiados de otros grupos de migrantes ya resultaba controvertido en el siglo XIX y continúa siéndolo hasta hoy. El concepto en sí es de origen francés, proviene de la época de los hugonotes. Resulta llamativo que el trato a los refugiados en los inicios de la Europa moderna fuese a menudo más imaginativo y hospitalario que en períodos posteriores. Lo mismo ocurre con la época de la Guerra Fría, cuando la comunidad internacional reaccionó con rapidez, eficacia y solidaridad a diversas crisis (como la invasión de Hungría por parte del Ejército Rojo en 1956 y el éxodo de la “gente de los botes” que huía de Vietnam a finales de la década de 1970). De estas observaciones y comparaciones históricas no pueden extraerse recetas para los desafíos políticos contemporáneos, pero las dimensiones históricas más profundas abren sin lugar a dudas nuevos horizontes para los legisladores actuales. 

En la década de 1920, la Sociedad de Naciones todavía se ocupaba de los refugiados caso por caso; rusos, griegos, armenios y cristianos asirios eran considerados “refugiados” puesto que se trataba de “apátridas” que carecían de “la protección legal de sus gobiernos”. El estatuto jurídico de “apátrida” (como más tarde lo denominaría Hannah Arendt) era, de hecho, un problema importante en un mundo de los Estados nación, pues excluía a los refugiados del mercado laboral oficial y del mercado de la vivienda, así como de prestaciones sociales en los países de llegada, y suponía un obstáculo en cada cruce de frontera. La Sociedad de Naciones intentó facilitarles el tránsito emitiéndoles documentos de identidad y viaje, los llamados “pasaportes Nansen”. Esta medida fue, dejando al margen la asistencia de emergencia proporcionada en numerosos campos de acogida, la primera incursión del siglo XX en la política internacional de refugiados y la primera prueba de fuego para el concepto de reasentamiento internacional. 

La Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 pasó del análisis caso por caso a una definición común de los refugiados que enumeraba la persecución política, nacional, racial, social y religiosa como motivos para huir de un país. Sin embargo, la convención se limitó en un principio a Europa y solo era aplicable a aquellos refugiados que se hubieran visto obligados a abandonar sus países de origen con anterioridad a 1951. Estas limitaciones geográficas y temporales fueron necesarias para forzar que los países comunistas aprobaran la convención en las Naciones Unidas. Junto a diversos párrafos sobre el trato humano a los refugiados, la convención contenía una prohibición de las repatriaciones forzosas (principio de no devolución): los refugiados no podían ser repatriados a sus Estados de origen en contra de su voluntad. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, los principales Aliados occidentales, Reino Unido y Estados Unidos, habían violado este principio en el caso de varios cientos de miles de ciudadanos soviéticos que huían de la URSS, con consecuencias fatales. 

Los signatarios de la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados (incluidas las numerosas agencias de ayuda que participaron en su redacción) se comprometieron a abrir el acceso al mercado laboral a los refugiados, reconocer sus títulos académicos y ponerlos en pie de igualdad en materia de prestaciones sociales.

Estas estipulaciones, elaboradas en el transcurso de la historia, vienen a colación aquí, ante todo, porque han sido puestas en cuestión en varios países europeos como respuesta al éxodo masivo desde Oriente Próximo en 2015/16. Al mismo tiempo, las potencias signatarias de la Convención de Ginebra de 1951 restringieron el estatuto de refugiado a grupos específicos. Debido a la experiencia del nazismo y en el contexto de la Guerra Fría, las víctimas de persecución política fueron situadas en primer plano. Por el contrario, los conflictos armados o guerras civiles no se mencionaron como motivos de huida. Los refugiados internos, que hasta hoy constituyen una mayoría entre todas las personas desplazadas, quedaron por completo al margen. Los doce millones de alemanes y los más de dos millones de polacos que huyeron de las regiones orientales de Polonia anexadas a la URSS en 1945 (los dos mayores grupos que perdieron sus hogares en la Europa de la posguerra) no fueron, por tanto, reconocidos como refugiados, aunque este análisis sí que los considera como tales. 

La demanda de igualdad jurídica y social conlleva un imperativo de integración, si bien la Convención de 1951 no emplea este término. Al mismo tiempo, la condición de “refugiado” pasa de este modo a ser algo finito: según los estatutos de la ONU, aquellos que se naturalizan en sus Estados de acogida dejarían de ser considerados como tales, y justo ese es el punto de partida de este libro: la integración ha demostrado ser un mejor medio para resolver las crisis de refugiados, supuestas o reales, que los intentos, en su mayoría inútiles, de construir muros y vallas o el recurso a medidas violentas, como ocurrió con el telón de acero. 

¿Es la integración un télos apropiado para una historiografía que trata sobre refugiados y relatos de huida individuales? La Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados parece darlo a entender, ya que una vez que un solicitante de asilo es acogido de forma permanente en el país anfitrión y puesto en igualdad de condiciones con la población local como se mencionó antes, su estatuto de “refugiado” expira de acuerdo con el derecho internacional. Aun así, la integración no es un proceso lineal e irreversible, a pesar de lo que parece sugerir gran parte de la investigación sociológica. (En la siguiente sección se detallan algunos datos adicionales respecto al término “integración” y el novedoso campo de la “historia de la integración”). Como se advierte al observar la historia de los refugiados y otros migrantes –y la huida es, en última instancia, una variante más de la migración–, la integración ha ido a menudo acompañada de conflictos y, en ocasiones, de retrocesos. 

Desde hace varios años existe un temor creciente en Europa a que la integración de los migrantes anteriores haya fracasado. Esta inquietud condiciona las actitudes hacia los refugiados, que cada vez son percibidos más como una amenaza que como objetos de compasión y cuidado. Esta clase de alarmismo es prevalente sobre todo en Estados Unidos, donde Donald Trump decretó la prohibición de acoger a los refugiados nada más asumir la presidencia. Su decisión recibió mucha menos atención de la que merecía, pues los medios de comunicación estaban preocupados por la aprobación simultánea de su veto migratorio a once países musulmanes (“Muslim Country Ban”). Sin embargo, es el veto a la entrada de refugiados, parte del cual se vio obligado a rescindir medio año después (aunque luego fue restablecido a determinados países a los que apuntaba la orden original), lo que podría haber sido más perjudicial para la resolución de conflictos internacionales, en especial para la ONU y ACNUR. Además de imponer restricciones al reasentamiento internacional, reducido entonces a niveles más bajos que los que prevalecieron inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la administración Trump hizo retroceder los derechos de los refugiados y dificultó el acceso al país a los solicitantes de asilo. En Europa, los políticos de la derecha han exigido y, en la medida en que tienen el poder de hacerlo, aplicado políticas similares. 

Desde una perspectiva histórica, el cierre de fronteras y la suspicacia hacia los refugiados no son nada nuevo. Lo cual también es cierto si hablamos de la historia de Estados Unidos; en la década de 1920 y nuevamente en la era del senador Joseph McCarthy en los años cincuenta, los refugiados venidos de Rusia y la Unión Soviética eran sospechosos de ser criptocomunistas y espías. Las 300.000 personas desplazadas que finalmente fueron acogidas en Estados Unidos a finales de la década de 1940, en el considerado como primer gran movimiento de refugiados, se toparon con una desconfianza muy arraigada en 1945 y 1946. Aunque la mayoría de ellos eran supervivientes del Holocausto, se necesitaron años de presión política, sobre todo por parte de las organizaciones judías, para que les fueran concedidos visados de entrada. Las preocupaciones humanitarias no prevalecieron hasta la década de los 70, como herencia del movimiento por los derechos civiles en EEUU y del mayo del 68 en Europa. A pesar de todo, como ha demostrado Carl Bon Tempo, este consenso en torno a los principios humanitarios siempre fue inestable, y pasó a serlo aún más a partir de 2001. Desde 2015 parece hallarse en retroceso en casi todo el mundo occidental. Esta obra pretende indagar acerca de por qué han cambiado las actitudes hacia los refugiados y por qué se han ido abriendo y cerrando alternativamente las puertas a su aceptación, tanto en tiempos recientes como en otros más remotos. 

A lo largo de la historia europea o estadounidense, los refugiados han sido utilizados repetidamente como objetos de demarcación. La razón es sencillamente que estos suelen llegar en calidad de personas extranjeras y sin recursos. La huida casi siempre acarrea la pérdida de propiedades, puestos de trabajo y posición social. Desde los días de Emile Durkheim y Georg Simmel, dos de los padres fundadores de la sociología moderna, sabemos que los extranjeros y los pobres suelen ser víctimas de prejuicios y condescendencia. Simmel ofreció una explicación para ello en su famoso ensayo Exkurs über den Fremden, en el que también retrató al extranjero como “el vagabundo en potencia”. En este caso, Simmel adquiere mayor relevancia debido a su teoría del poder. En contraste con el énfasis de Max Weber en los líderes carismáticos o la atención de Antonio Gramsci a la hegemonía estructural y discursiva, la preocupación de Simmel es el ámbito de acción disponible para aquellos que se enfrentan al poder y la jerarquía en el Estado y la sociedad. Empleando estudios de caso biográficos y un análisis estructural de longue durée, el presente volumen se propone pues indagar cuánto margen de maniobra tenían los refugiados durante su partida, a lo largo de las rutas de huida y en los países de llegada.

Aunque su ámbito de acción directa era generalmente muy limitado, los refugiados aportaron cambios a los países que los recibieron. Así ocurrió, por ejemplo, con los refugiados de “Indochina” acogidos en EEUU a finales de los años setenta, cuyo reasentamiento marcó el fin definitivo de la inmigración “solo para blancos”. La acogida de más de 400.000 personas provenientes del sudeste asiático constituyó un poderoso mensaje y una medida contra el racismo. Se puede aventurar una comparación limitada entre los Estados Unidos posteriores a Vietnam y (salvando el lapso temporal) la Alemania posterior al Holocausto que en 2015 también mantuvo sus puertas abiertas como prueba de que se había convertido en un país verdaderamente liberal, sin rastros de su pasado nazi. Sin embargo, tanto si las preocupaciones respecto a los refugiados se proyectan de manera negativa como positiva, estas muestran un rasgo común: se centran más en los países y sociedades de acogida que en los propios refugiados. 

Aquí, por el contrario, entenderemos a los refugiados no como meros objetos de la historia, sino como sujetos y actores independientes que no deberían permanecer en el anonimato. Con este fin he incluido estudios de caso biográficos, “retratos analíticos” de refugiados individuales, algunos de ellos personajes públicos o, al menos, familiares; otros, completamente desconocidos. El verdadero significado de la huida, el desarraigo, el (por lo general, arduo) intento de empezar de nuevo y el exilio permanente en un país extranjero a menudo se entienden mejor cuando se observan desde una perspectiva biográfica. 

Traducción de Antonio Escobar Tortosa.

Este es un fragmento de Extranjeros. Refugiados en Europa desde 1492 (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2022), de Philipp Ther.

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