Joseph Pérez. In memóriam

Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2014, sabía manejarse con soltura en todos los registros y consiguió exponer con sencillez tramas históricas complejas.
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Joseph Pérez murió hace unos días a los ochenta y nueve años en Burdeos, la ciudad en la que desarrolló la mayor parte de su carrera académica como catedrático de Civilización española e hispanoamericana. Hijo de obreros valencianos que emigraron a Francia por razones económicas en la década de los veinte del siglo pasado, no es un caso único dentro de la amplia escuela del hispanismo galo. Por ejemplo, para certificarlo tenemos los apellidos de Bartolomé Bennassar, Raphaël Carrasco o Carlos Serrano.

Y también, como muchos de los hispanistas salidos de la universidad francesa, dio sus primeros pasos en los estudios filológicos como discípulo de Marcel Bataillon, el gran especialista en el erasmismo español. Con más de una veintena de libros, su prolífica carrera supuso “una revolución en la forma de interpretar episodios decisivos para la comprensión de la historia de Occidente y la independencia de Hispanoamérica”, tal y como reconoció en su día el jurado que le concedió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2014.

Pérez perteneció con honores a esa larga lista de hispanistas que cambiaron la historia de España. Sería injusto insinuar que la historiografía española era un páramo en aquel tiempo, pero no resistía la comparación con otros países de nuestro entorno. Varias generaciones de historiadores, como Raymond Carr, Gabriel Jackson, Hugh Thomas, Paul Preston, John Elliot, Ronald Fraser, Edward Malefakis, Stanley Payne, Pierre Vilar o el propio Bennassar, sustentaron esa edad de oro del hispanismo que nos encaminó hacia la normalización de la historia española entre los años finales del régimen franquista y la naciente democracia.

No fue una aportación pequeña para un país tan obcecado en su pasado. Y la empresa no era sencilla, ya que tuvieron que batallar insistentemente contra la omnipresente leyenda negra, que se alimentaba de los clásicos planteamientos románticos, y también contra una patriótica leyenda rosa, que lanzaba su mirada hacia atrás buscando unos tiempos de grandeza ya ensombrecida. Los hilos de estas mitologías siguen enturbiando aún hoy el debate público cotidiano.

Heredero de una forma de hacer historia marcada por la Escuela de Annales y el influjo de su maestro Pierre Vilar, Pérez se sumergió en la Edad Moderna con una tesis doctoral sobre la revuelta castellana de los comuneros y que consideró la primera revolución del mundo moderno. Desde entonces, nada de lo que sucedió a lo largo de estos cuatro siglos de historia española le fue ajeno: la persistencia de la Leyenda Negra, la construcción de las estructuras del Estado, la expulsión y memoria de los judíos sefardíes, las actividades de la Inquisición, la relación de la monarquía hispánica con América y diferentes aproximaciones biográficas, como las de Carlos V, santa Teresa de Jesús o el cardenal Cisneros.

Para muchos de aquellos jóvenes investigadores que se iniciaban entonces en la investigación histórica, Pérez fue un espejo en el que mirarse e, incluso, batirse. Sabía manejarse con soltura en todos los registros y consiguió exponer con sencillez tramas históricas complejas. Siempre atento a lo azaroso de la existencia sabía, como el historiador marxista E. P. Thompson, que la historia se conjuga con verbos irregulares. Y, aunque no era partidario de los ejercicios de historia virtual, sí fue consciente de que el pasado podría haber sido diferente.

Pero, con toda probabilidad, la obra que perdure en el tiempo será su Historia de España (editada en 1999 por Crítica). Su intención fue la de continuar la normalización del pasado español. La historia española era homologable a las demás. En Europa y en el mundo. España no era diferente. Y se podía contar desde su diversidad, con sus múltiples tensiones entre centro y periferia, aunque sin caer en ningún exceso particularista o nacionalista, a los que consideraba que vivían “fuera de su tiempo”.

Creía que los españoles debían reaccionar ante la propia historia “asumiendo los episodios negativos como cosas que pertenecen al pasado histórico, sin que por ello haya que olvidar los episodios positivos, que también los hubo, y muchos”. Ni más, ni menos. Y para afianzar su tesis, Pérez recordaba que, al menos desde 1789, también hubo un relato con dos Francias, lo que le permitía quitar hierro a una de las grandes obsesiones de la historia intelectual hispánica que sufre una inmutable crisis de identidad.

Siempre es bueno leer a nuestros clásicos. Y Joseph Pérez lo es. Como señalaba Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos, “para poder leer a los clásicos hay que establecer desde dónde se los lee”. Seguramente se podrán corregir o afinar muchas de sus afirmaciones historiográficas, pero muchas de las preocupaciones y dudas de Joseph Pérez siguen siendo las nuestras. Y parece que lo seguirán siendo para las próximas generaciones.