El verdadero privilegio

Hago aquí un alto para registrar, porque hacer inventario recurrente tiene que venir bien para algo, algunas cosas especiales de los últimos días.
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En el mundo hay ocho mil millones de personas, y aun así a veces al girar un recodo enfilamos una calle solitaria, y por eso nos llevamos la sorpresa de ser la única persona que en ese preciso momento está en ese lugar, viendo esa fuga única, a esa luz fugitiva. A lo largo del paseo lo ideal es ir desprendiéndonos del trayecto (“El buen viajero no sabe a dónde va; el viajero perfecto no sabe de dónde viene”: lo escribió Lin Yutang), pero hago aquí un alto para registrar, porque hacer inventario recurrente tiene que venir bien para algo, algunas cosas especiales de los últimos días, como haber sido convocada, con solo tres personas más, a la proyección en 35 milímetros de un boceto de película, lo que fue un privilegio y me lleva a recordar que una vez, hace muchos años, me proyectaron para mí sola La noche del cazador en el Real Cinema, que era un cine precioso que demolieron para levantar un hotel horripilante donde voy avisando que ya me pueden esperar sentados para dormir, que yo no iré, y por otro lado estos días pasados también estuve en la Filmoteca viendo, en la sala esta vez a reventar, una película de Douglas Sirk cuando aún vivía en Alemania y se llamaba Detlef Sierck, y aquí lo privilegiado era formar parte del nutrido público que se reía a carcajadas con los enredos de vodevil interpretados por unos actores de teatro de hace noventa años, y desde el año 1935 llegaba hasta nosotros, metidos en esa pequeña sala cerca del metro de Antón Martín –“entre Atocha y Antón Martín hay más bares que en toda Suecia”, me viene la frase, y resulta que encuentro un artículo de El País de octubre de 1980 donde el país escandinavo es Noruega, porque quizá yo recuerde mal el dicho, y que en 150 palabras informa de que, aparte de lo que dice el titular, la ciudad tiene 31 bibliotecas públicas pero 15.500 tabernas, discotecas, etcétera, y de que en Vallecas y Carabanchel se bebe vino mientras que en Chamartín y Salamanca whisky, y que la comunidad ya cuenta con 600.000 alcohólicos, lo que es bastante alucinante porque de los cuatro mil quinientos millones de personas que vivían en el mundo en aquel año, solo cuatro millones y medio lo hacían en Madrid−, la vivacidad de aquellos cómicos que eran quizá los últimos representantes de una tradición del teatro alemán que estaba a punto de desaparecer con muchas otras cosas, y llegaba hasta nosotros transparente, eficaz y divertida, y su efecto jovial duraba más allá de la proyección, como pude experimentar cuando al cabo de un rato de haber acabado la película, y en un bar más allá de Antón Martín, y aquí ya habría que meter a la Liga Hanseática si quisiéramos que la comparación de la cantidad de tabernas fuese más o menos justa, lloré de risa mientras me tomaba un caldo de cocido, y mientras escribo esto caigo en la cuenta de que fue la segunda vez en cinco días que tomaba caldo de cocido y lloraba de la risa a la vez, con lo cual me veo obligada a inferir que me lo paso muy bien, y no solo eso, sino que a los pocos días viví una situación de auténtico privilegio que debo a la resolución que había hecho de volver a nadar, cosa que llevaba cinco meses sin hacer y ya me pesaba, y como en la aplicación donde tienes que pedir cita para la piscina había visto que en la de mi barrio no quedaban plazas, me fui hasta otra piscina distante varias paradas de metro, en la que apenas resistí media hora de largos debido a que estaba desentrenada y en la que el anciano nadador que se había pasado todo mi baño descansando en un extremo u otro de la piscina me dijo, el condenado, con los ojos al vacío dentro de las gafas y con una sonrisa de oreja a oreja, al verme salir del agua sin resuello, ¿ya te vas, que acabas de llegar?, por lo que tuve que agacharme para explicarle que es que llevaba medio año sin nadar, y luego cada uno se dio la vuelta y siguió a lo suyo, y cuando salí del gimnasio municipal la expansión de mis músculos agradecidos multiplicó la despampanante transparencia del mediodía, de modo que las calles de urbanismo en realidad tirando a desastrado aparecían tan maravillosas que daban ganas de llorar y girar de la mano de un derviche loco, y bajando, bajando por aquellos callejones de ensueño llegué a un mercado de barrio, que era la más disponible encarnación o desagüe de esa sensación de abundancia y donde me compré unos dátiles y me entretuve hasta que me di cuenta de que se me estaba haciendo tarde para llegar a la cita que tenía para comer, y que tenía que pasar antes por mi casa para dejar la toalla y el traje de baño mojados que llevaba en la mochila, de modo que me cogí un autobús, que en esa parada estaba lleno y que me debía dejar en otra parada en la que debía coger un segundo autobús si quería que me dejasen en la manzana de mi casa, ya que ese primer autobús a partir de cierto momento se desvía, y hete aquí que la manifestación que había convocada para esa mañana estaba afectando de tal manera al tráfico que un tramo que normalmente se hace en siete minutos le llevó cuarenta al autobús, lo que por supuesto a mí me iba a hacer llegar tarde y a los otros pasajeros, que se iban bajando desesperados, también, solo que yo no llegaba a decidir qué otro trayecto y por qué medio iba a poder llegar a tiempo a la comida, y cuando era yo la única pasajera en el autobús y antes de que llegásemos por fin a la parada donde ese autobús se desviaba y yo debía esperar todavía a un segundo, el conductor se dirigió a mí y me informó de que él tenía que volverse ya a la cochera y yo debía bajarme, y entonces, quizá por la influencia del día luminoso o porque asumió la responsabilidad de todo el desajuste circulatorio, pareció decirse qué demonios y me preguntó adónde iba yo exactamente y yo se lo dije, y saltándose el trayecto de su línea y conmigo al lado el conductor me llevó hasta la puerta de mi casa, donde me depositó deseándome que pasase muy buen día, a lo que le contesté que el deseo era mutuo y añadiendo que consideraba un verdadero privilegio que un vehículo no solo público sino de ese tamaño hubiese hecho un trayecto excepcional para dejarme en la puerta de casa.


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