Ilustración: seriykotik1970, CC BY-SA 2.0.

Dilemas humanos y posthumanos

La cuarta revolución tecnológica traerá cambios enormes en la vida humana. ¿Quiénes se beneficiarán de ellos? ¿Cuáles serán sus consecuencias políticas? ¿Qué deben hacer las ciencias sociales y las humanidades antes estos cambios imparables?
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Este artículo forma parte de la serie Fantasmagorías del pasado: el humanismo.

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En Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad (Debate, 2014), Yuval Noah Harari registra las transformaciones de la especie desde que logró organizarse, más allá de la comunidad local, en enormes colectivos, unidos por grandes ficciones fundadoras: dioses, dinero y política emancipatoria. En Homo deus. Breve historia del mañana (Debate, 2016), libro que sirve como continuación, Harari registra un salto cualitativo tremendo respecto a lo que significan los límites del cuerpo humano, una vez establecidas las vías para acabar con las hambrunas, limitar el alcance de las guerras y enfrentar a las otrora ingobernables pestes.

Para el historiador israelí, el poder atribuido a la divinidad se acerca a los sapiens a través de la cuarta revolución científico-técnica. Mientras tanto, los antiguos dioses palidecen. Durante la pandemia se vaciaron La Meca y el Vaticano, santuarios y lugares de peregrinación de grandes religiones monoteístas. Hasta los más fanáticos cedieron al imperio de la medicina y la investigación farmacológica, centrales en nuestro futuro posthumano. ¿La ciencia será el discurso que orientará nuestras vidas? ¿O el ascenso vertiginoso de las derechas indica que tan poderoso pensamiento abstracto no es capaz de superar el miedo, la emoción política que explotan con descaro los populistas?

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Según Rosi Braidotti (El conocimiento posthumano, Gedisa, 2020), las disciplinas humanísticas y de las ciencias sociales tienen que desplazarse a modelos trans e interdisciplinarios, conectadas con la ciencia y la tecnología desde una perspectiva emancipatoria. Están obligadas a reflexionar sobre la vida, en un sentido que trasciende la visión antropomórfica de las humanidades y se abre a la perspectiva interespecie y a la perspectiva cyborg. Nada que objetar a esta propuesta y a la lista de opciones enumeradas por la pensadora: humanidades digitales, medioambientales, médicas, cívicas, comunitarias, globales, empresariales, críticas.

Sin embargo, como escritora y universitaria tengo años preguntándome qué haremos con las herencias estéticas y de pensamiento a partir de las cuales y contra las cuales se han creado los estudios culturales, el post y decolonialismo, los estudios de género, la teoría queer, los estudios de la comunicación, la ecocrítica, etc. La plausible respuesta de Braidotti es abrirlas a la perspectiva de la gran masa de los excluidos; en la práctica, esta apertura ha significado abandono e impugnación de dicha herencia en lugar de apropiación. ¿Qué hacemos con aquellos a los que consideramos un día grandes maestros(as) del pensamiento y la expresión estética? ¿Qué vale la pena transmitir del pasado a las nuevas generaciones en la educación formal?

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Nuestro salto evolutivo ocurrirá independientemente del destino de miles de millones de posibles víctimas del cambio climático. Ser una mujer de una comunidad rural con problemas causados por la desertificación no es lo mismo que ser una científica alemana, incluso si ambas unieran hipotéticamente sus esfuerzos para luchar contra la crisis ecológica. Sobra decir cuál de las dos tendría más oportunidades de sobrevivir cuando tal crisis se profundice. ¿Quiénes podrán vivir más y mejor en un mundo posthumano? ¿A cuáles países y sectores pertenecerán los cuerpos súper poderosos que algún día colonizarán el espacio? ¿Quiénes tomarán estas decisiones? ¿Los gobiernos? ¿Gente como Elon Musk? ¿Las comunidades ejerciendo la democracia directa, postulación de la izquierda radical con toque poscolonial?

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Harari, en 21 desafíos para el siglo XXI (Debate, 2018), subraya la importancia de la cooperación internacional, las falencias del nacionalismo y las virtudes del cosmopolitismo liberal como opciones racionalmente sensatas para el planeta. Son sus propuestas para enfrentar estos hechos incontestables: grandes empresas tecnológicas manejan nuestra información de un modo que pone en jaque a la democracia liberal; la automatización de los procesos productivos y financieros deja a millones fuera del mercado laboral; y están en decadencia las políticas emancipatorias que han movido a la humanidad en los últimos siglos, basadas en ideales como la igualdad, la libertad y la centralidad del trabajo.

Pero en la época del imperio de la posverdad, el populismo y la polarización, palabras de Moisés Naim en La revancha de los poderosos (Debate, 2022), el paquete político liberal luce desvencijado. ¿Tendrá razón Tzvetan Todorov al asegurar, en su Memoria del mal, tentación del bien (Península, 2002),que los autoritarios son mejores antropólogos que los liberales, cuando del miedo y la incertidumbre se trata? ¿El futuro ultratecnológico será pasto del autoritarismo y la democracia liberal será recordada, en el mejor de los casos, como una corta gloria de otros tiempos?

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La posverdad es el opio de los pueblos, reina de las redes sociales y de los profetas del desastre. La izquierda y la derecha antiliberales coinciden en fomentarla y en declarar que la verdad, si cuestiona sus afanes, no es tal sino una construcción de las elites científicas, políticas, mediáticas y culturales. ¿Indeseable e impensada consecuencia del postestructuralismo francés? Tal vez Michel Foucault y Jacques Derrida no aprobarían tanta radicalidad, pero es imposible no afiliar sus obras al persistente desmontaje de la Ilustración, cuyo influjo en estos siglos es inseparable del desarrollo científico contemporáneo y de las políticas de emancipación. Al sembrar la duda sobre la verdad, no se ha podido contener la feroz marea de la mentira. ¿Es momento de que las humanidades y las ciencias sociales vuelvan a plantear la lucha por la verdad como horizonte deseable?

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En América Latina el abismo entre el mundo de la creatividad cultural, tecnológica y científica y el mundo político crece cada vez más. Los gobernantes latinoamericanos, sin excepción, pertenecen a un mundo de hace setenta años atrás, no importa si son feministas y apoyan los derechos LGBTQ o si son dinosaurios machistas. En lugar de llevar la creatividad al Estado, obstaculizan el devenir de la sociedad con sus insustanciales conflictos, sus políticas regresivas, su bobo legalismo y su rechazo a la pluralidad y el consenso. ¿América Latina seguirá en la ruta de la irrelevancia y quedará fuera de las grandes decisiones globales?

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La comprensión estética de la vida ha cedido frente a las exigencias de un significado unívoco y transparente. La política y la estética siempre han estado unidas, pero los fueros de esta se han perdido: la libertad creativa radical de la literatura del siglo XX ya no interesa en el gran mundo editorial. He escrito sobre el paso de la literatura de práctica central de la cultura a muy discreto testigo de una época sumergida en el vértigo audiovisual y digital. ¿Perderemos este espacio de libertad radical, tan del siglo pasado, en el que la estética y el deseo indomable se hermanaban?

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Coincido con la defensa de los logros sociales, económicos y políticos de los últimos siglos, hilo conductor de En defensa de la ilustración (Paidós, 2019), de Steven Pinker. Lamentablemente, las cifras y las constataciones estadísticas parecen incapaces de levantar la más mínima emoción en jóvenes que piensan que su época es la peor de todas, así sean estudiantes de una universidad estadounidense carísima como Harvard. ¿Seremos capaces escritores, profesores y pensadores de convencerlos de que la historia es una puerta que no se cierra?


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