#Adelanto Voces – 30: Nueva narrativa latinoamericana

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Este libro es una recopilación de 18 cuentos de 18 autores latinoamericanos que han nacido después de 1983. Es una muestra significativa de lo que se está escribiendo en latinoamérica hoy. Como adelanto publicamos el cuento de Saúl Montaño.

La selección y el prólogo de Voces -30 fue hecha por la escritora chilena Claudia Apablaza, y se presentó en la FIL Lima en Julio de 2014.

Autores: Diego Zúñiga, Valeria Luiselli, Agustín Acevedo Kanopa, Mauro Libertella, Andrés Cadena, Ileana Elordi, Valeria Tentoni, Daniel Saldaña París, Enza García Arreaza, Saúl Montaño, Jennifer Thorndike, Antônio Xerxenesky, Rodrigo Fuentes, Legna Rodríguez Iglesias, Ulises Juárez Polanco, Diana Varas, Luisa Geisler y Pedro Casusol.

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Joaquín

Saúl Montaño

 

Tienes los cabellos ensortijados como si fueses descendiente de afro bolivianos, lo cual no es seguro, pero es lo más probable. Tu padre nunca llegó a juntarse con tu madre; tu madre si tiene el cabello ensortijado, además de los huesos largos y hermosos de las mujeres esbeltas de piel oscura. Sus labios son gruesos como los tuyos, aunque vos sos más bien bajo de estatura, de extremidades cortas con una hermosa sonrisa de dientes blancos, que contrasta con tus mejillas y tu papada ahíta de grasa, de esos tiempos que anduviste gordo; de esos días solo queda esos dos rasgos. Te gusta andar en motocicletas; motocicletas con el escape abierto, de esas que producen un sonido grave, ronco y poderoso y que atraviesan las calles de la ciudad. Tu moto es de color negro con el nombre de la marca en letras blancas. Con ella vas al trabajo. Determinación, eso es lo que querías decir, para la vida… Vas al trabajo con la moto, la ciudad está montada como sobre un cráter. Asciendes; asciendes por una avenida hecha de cemento resquebrajado, hasta que llegas a un monumento funcional de un burro hidráulico, de esos que bajan y suben, y que bombean petróleo. Todas las mañanas a las seis y cuarenta y cinco te detienes y lo observas. A esa hora, en ese parque no hay nadie, sólo tu moto que ronronea debajo de ti y el burro de metal frente a ustedes. Tu moto no es una extensión de ti, no es tu mujer, no es tu novia, sólo es la que elijes de tu garaje. El auto y la camioneta los sacas para otras ocasiones. Hay otra moto más pequeña que utilizas cuando necesitas ahorrar combustible. La otra es la que montas cuando llegas ebrio a tu casa y tu abuela está, usualmente, despierta y te pide, ruega que no salgas, que vas hacerte daño; conducir a esa hora de la madrugada, con las luces de los faroles, con las puertas cerradas de las casas, ¡El poder! Avanzas por una avenida que conecta con la carretera, a un lado el río, al otro, el cuartel con sus uniformes dormidos. Pasaste violento. Luego despertaste en el hospital con la cabeza a punto de abrirse como un zapallo golpeado. En la cama de la habitación blanca, de sábanas frescas, estábamos esperando que despierte, dijo el taxista que te recogió de la carretera. Su moto sigue allá, dijo. Intentaste decir algo pero sentiste que la mandíbula se resquebrajaría. Conseguiste sentarte, no llevabas puesto los zapatos, te los calzaste y saliste del hospital, el taxista venía detrás de ti. Amanecía. Salió el sol cuando llegaron a la moto. Estaba escondida en unos arbustos. De tu bolsillo sacaste cien pesos y se los alcanzaste al taxista. La moto: apenas un rasguño. Subiste y aceleraste dejando al hombre junto a su vagoneta. Tomaste la avenida hacia la derecha. El dolor en el cuerpo era constante. La boca reventada por dentro. Eso sentías, pero no había sucedido nada más. El dolor de cabeza era sobre todo por el alcohol. Recordaste que vomitaste en la vagoneta, en el asiento de atrás. Lo demás era oscuridad, velocidad, madrugada. El poder diezmado, que lucha por medrar la energía de tu cuerpo. Existen responsabilidades, tu trabajo es estar junto a las bombas de la gasolinera y esperar que se asomen los clientes, sonreír, recibir el dinero, expender facturas, devolver el cambio; entregar lo que tienes que dar a las personas que sabes que llegarán y se marcharán, después de beber algo en el restaurante. Aquella vez trabajaste en perfectas condiciones hasta el mediodía, el encargado te había pedido que te marcharas, pero vos le habías dicho que a eso viniste y que te quedabas. A las doce y treinta entraste al baño y no podías orinar, la guardaste y casi te orinas en los pantalones, luego te apoyaste en el lavabo, tomaste el impulso y caíste al suelo. Te despertaste quince minutos después, saliste y en la gasolinera reinaba el calor, más allá de las sombras yacía el sol blanco y total, la carretera negra avanzaba lejos hasta una curva. Aquel fue otro día. Ahora has amanecido en la gasolinera porque has remplazado a un pendejo que no asomó al turno de anoche. Tienes el cuerpo descansado, has dormido cuatro horas suficientes en la silla. No asomaron clientes, la moto está más allá, la miras y sonríes; sabes que ahora será su día, será tu día, le dices. El encargado llega y te agradece, no, no es así, yo me tomo el día libre, porque me lo merezco, le dices. Con las manos te dice que es lo justo, un gesto extraño pero entendible. Tenés que ir a descansar, dice, cuando subes a las moto. No le respondes y arrancas. El encargado te observa porque tomas otra dirección. No te diriges a la ciudad, la carretera avanza bajo tus pues, el día será agradable, eso esperas. Viene un tráiler, ¡bam! Pasa. ¡El poder! Se aleja. Continúas. Aceleras. Tu abuela te ha dicho que tu hermana ha salido de la casa, a pasar el fin de semana en Santa Cruz, sin permiso de nadie. Estabas en el patio, bajo el parral, el olor a petilla gravitaba sobre ustedes. Te dijo que esa muchacha saldría preñada, eso dijo. Cogiste el celular y la llamaste, hola hermano, sí, necesitaba salir, me lo merezco, fue una semana dura en la “U”, sí, regresaré el lunes por la mañana. Te llamaré si sucede algo o me violan y aparezco en un canal. Su risa. Viene otro tráiler. ¡Bam! ¡El poder! Otro ¡Bam! Detrás venía un bus. Viste el rostro de una mujer observando por una de las ventanillas. Desde una colina ves el paisaje tórrido, reverberante y crees que este es el lugar donde –debes- te animarías a morir. Después de descender la sierra, giras hacia la derecha y das de lleno con un camino de tierra, la moto responde, aceleras pero sabes que hay que tomar más cuidado. Las curvas, los arenales, los baches, saltas. Después de media hora llegas a las casas. El bramido de la moto hace que ella aparezca por una de las puertas. Tiene el ceño fruncido. Luego su rostro se ilumina. Vengo a llevarte, le dices. Corre hacia ti y se detiene junto a la moto. Es temprano todavía, dice. Ingresas a la casa y hay dos extranjeros sentados a una mesa, están desayunando. Comes con ellos y te hacen preguntas en su español torpe. Maritza nos dijo que vendrías, te dice uno de brazos grandes y cabello rubio pajizo. Pero no le creímos, te dice una mujer que muestra el cutis blanco lastimado por el sol. Vos sólo te limitas a comer algo y mirar de rato en rato a Maritza que conversa con ellos en alemán, al parecer, le dice, que hasta mediodía liquidará lo que tiene pendiente y luego en español dice que saldrá a la ciudad; que necesita salir, que treinta años no se cumplen dos veces, un cambio de dígito, dice, y sonríe y te mira y te alcanza una rebanada de pan con mantequilla. Lo recibes, le das una mordida. Transcurres la mañana, recostado en la hamaca, bajo el alero, alrededor hay algunas casas construidas de adobe, detrás de ellas, en el suelo, están las fogatas, donde unas mujeres cocinan sus alimentos. Un grupo de niños se acerca a la moto y la observa curiosos. Dormitas. Despiertas después del mediodía. Maritza regresa del monte, está acalorada. La conoces desde hace veinte años. Era la vecina preciosa y que además, resultaba misteriosa porque no se le conocía padre y vivía con sus tíos. Enamorado de ella en la adolescencia, viajó a Sucre a cursar estudios y de allá, regresó con un niño de tres años. Tu seguías acá. Y ella regresó y era como si nada hubiese cambiado. Como si ella no te hubiese dejado destruido. Estoy lista, dice. Almorzamos algo en la ciudad, dice ella, extendiendo el brazo para que te levantes de la hamaca. Tu cuerpo está pesado, quisieras quedarte allí, dejar que las sombras del monte te devoren, que Maritza te deje donde te encuentras. Su voz es dulce y es una de las muchas cosas que te gusta de ella. Parten en la moto, su cuerpo detrás del tuyo. Salen a la carretera y ella conversa sobre su trabajo de las semanas que pasa encerrada allí. De la pareja de alemanes; que en ocasiones discuten y ella tiene que hacer de mediadora. Vos por la velocidad, sólo escuchas frases aisladas y de allí sacas tus conclusiones. Son las tres de la tarde cuando llegan a tu casa. Ella desmonta y le pides que abra el portón. En la habitación le dices que puede tomar una ducha. Yo voy y traigo comida, le dices. Ella no ha parado de hablar. Regresas con pollo y una botella de coca cola, la encuentras recostada en la cama, vestida con un short amarillo y una blusa rosada. Comen. Ahora está en silencio. Le has hablado a tu hijo, le preguntas. Sí, lo he hecho, responde ella, está bien, acota. Quisiera descansar un poco, dice después de comer, y se recuesta en la cama. Vos te acuestas en el suelo, te quitas los zapatos, desabrochas el cinturón y permaneces así. Una hora después escuchas la puerta de tu habitación, es tu abuela preguntando por ti. Tu hermana me ha llamado, dice. ¿Está bien?, preguntas. Sí, responde ella. Es una mujer dura, pero permisiva, que casi no sale de casa. Permanece debajo del parral, sentada, atenta a la radio. Vino a buscarte Ronalito, dice, dándote la espalda. Llamó Ronald, le dices a Maritza, que está sentada en la cama encendiendo un cigarrillo. Cómo puedes fumar eso, le preguntas. ¿Quién? Pregunta. Ronald, vivía en la otra cuadra, era bajo… No lo recuerdo, dice ella y pregunta: ¿no quieres?, ofreciéndote, cuando se acaban los cigarros que compramos en la ciudad, en el campamento lo único que se encuentra es este que fuman los comunarios. Le das una pitada, es demasiado fuerte, dices. Ella ríe, te lo pide y se acuesta en la cama. Creo que me voy a bañar, le dices. Es lo mejor, por si no te lo han dicho hueles a diésel, y escuchas nuevamente su risa. El trabajo, el trabajo, dices abandonando la habitación con la toalla en la mano. Media hora después regresas. Maritza está conversando por teléfono. Ya salgo, dice, yo me salgo. Te vistes, te secas los pies y te acuestas en la cama. Piensas decirle que nadie la ha llamado para felicitarla. Era, dice entrando a la habitación, una amiga que trabajó con nosotros, la invité para que se nos una en la noche. En el patio ya no se siente el calor. Salen, traes unos sillones y se sientan, tu abuela aún no ha encendido las luces, está en la cocina y esa luz cae sobre el vaciado del patio. Conversan sobre su trabajo: pagan bien, dice. Vale la pena estar aislada durante semanas, dice. Lo máximo que estuve fueron dos meses y sólo salíamos al pueblo para comprar provisiones. Aprendí a coquear, dice, me daba asco… Permanecen en silencio. Ahora se hizo la noche, apunta. Sí, asiente ella. Casi no hay mucho de qué conversar, piensas. Mucho más tarde del garaje sacas la camioneta, Maritza se comide a cerrar el portón. Vamos a dar unas vueltas, dices, y de allí nos instalamos en algún boliche. Recogen a Ronald y a la amiga. Llegan a la avenida principal, la que conecta con la carretera y aceleras, oprimes el acelerador, todos sonríen nerviosos porque están en una zona todavía urbanizada. Atraviesan el puente, por un momento se siente el río bajo ustedes, luego, el cuartel a la izquierda, no tardan en llegar al lugar donde sucedió tu accidente. Detienes el auto y dices, aquí me saqué la mierda. Cuentas cómo el taxista te había dicho que había llamado desde tu celular al último número marcado gritando que al parecer, vos estabas muerto, y ríes. Maritza al oír tu risa, dice, Joaquín, no es para reírse y luego calla. Giras en U y dices: showtime… Ocupan una mesa en el boliche aún vacío. Traen las cervezas. Ronald está interesado en Maritza lo puedes ver porque es con la única que no conversa. A la mesa se han acoplado dos amigos más, uno de ellos no deja de cantar. Salen también a bailar. Piensas que mañana tienes que llevar a Maritza a su trabajo; que hay que aprovechar la noche. Te hubiese gustado que se quedaran en tu habitación, encerrados, conversando. Han pasado las horas y es entonces que te escuchas contar cómo no te dejaron competir en la carrera organizada por el municipio. Dices que llegaste borracho a la partida y te colocaste en una categoría que no era la de tu moto. Cuentas como vino un paco y te pidió que abandonaras la pista, eso me dijo el muy marica, dices. Para lo que me importaba, dices, sin embargo callas, no cuentas que te habías preparado y que habías comprado el equipo, el traje, el casco, las botas, bien que te quedaban frente al espejo. Callas también que hiciste traer de Santa Cruz gasolina de avión (o por lo menos eso te dijeron) y que probabas la moto en las calles, en las madrugadas de la ciudad y que cada vez que rebasabas algún auto desvelado, decías: ¡el poder! Y lo dejabas atrás. El amigo que no ves hace años está a tu lado. Lo miras e inclinando la cabeza le dices, yo trabajo bien. No sabes por qué dices esto y callas, dices, pero… yo te digo, no piensas en lo que vas a decirle, no ingreses, si alguna vez te ofrecen, dices, no te metas, dices, yo lo hago por mi hermana, dices, no se puede salir, dices, tienes los ojos acuosos y la garganta se hace un nudo que se desenreda sólo cuando hablas. Te escuchas contando que tu padre se dedica a esto; que fue él el que te puso a trabajar en el surtidor, mi familia es de Yacuiba. Allá, dices, mi familia es respetada, dices, y mientes, continúas mintiendo. Aunque no es del todo falso, que tienes garajes en pocitos argentino, en Paraguay, con muchos vehículos… Y de pronto, callas, te levantas, querías darle un sano consejo a éste, tu amigo, te has levantado y estás caminando hasta el baño pero, te tambaleas. Maritza aparece de pronto, te has levantado y estás caminando hasta el baño, la tienes demasiado cerca, sería fácil, riesgoso, acercarse y besarla. Te haces o se hace a un lado y caminas hasta el urinario. Sales y Maritza sigue allí, se apoya en ti, está borracha, sí, hoy voy a faltar al trabajo, dice, está borracha, te dices a vos mismo. Tus dos amigos toman su rumbo, sólo a Ronald dejan en su casa. Maritza ahora está en silencio y permanece así hasta que están en la habitación, ella recostada, apenas y se ha quitado los zapatos, vos estás en el suelo. Joaquín, escuchas que dice, vos sos feliz… calla, en la moto, digo, sos feliz allí. Te sientas y la observas. Sí, respondes. Nuevamente te reclinas y en el suelo sabes que has mentido que la verdad es que pocas veces se es feliz, por ejemplo, ahora, te gustaría decir, por la mañana, cuando fui a recogerte, cuando saliste de la pequeña casa y yo te dije: he venido por ti y vos sonreíste y yo sonreí, también, allí.

 

Este cuento fue publicado en el libro: Una bandada de pollos en el firmamento. 2012. 

 

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