“Amphitryon”, de Ignacio Padilla

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Jaque a la literatura
Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa Calpe, Madrid, 2000, 217 pp.

Una de las grandes imposturas de la industria del libro consiste en hacer creer que todos los premios literarios tienen algo que ver con el arte. El engaño sirve para vender varios miles de ejemplares, crear lectores, renovar las orientaciones del mercado y hacer un buen negocio con las traducciones; todo esto suena más o menos lícito, y si esa estrategia de legitimación comercial se vuelve definitivamente escandalosa es porque una y otra vez acaba por disfrazarse de mandamiento estético. Este perverso mecanismo editorial no aplica siempre y hay muchísimos galardones valiosos y muy honorables (la lista abarca todas las lenguas y va del Whiting Foundation Award y el Herralde al Akutagawa o el Booker), pero es evidente que darle licencia de talento a alguien que gana uno o varios premios es tan ridículo e ingenuo como pensar que el brillo de un cineasta se mide por sus candidaturas al Oscar de Hollywood.
     Amphitryon, la novela con la que Ignacio Padilla acaba de ganar el premio Primavera, no es ajena a esta mascarada: de hecho, su pulso vibra en el embuste que tematiza y llega a protagonizar. Su falta de identidad y ausencia de estilo son tan abrumadoras que hasta los jurados españoles llegaron a creer que "se trataba de una nueva obra de su compatriota el escritor Jorge Volpi" (El País, 10 de marzo). Por otro lado, si al texto no se lo ve como un bestseller liso y llano y se le conceden propiedades literarias —atributos que en un sentido estricto se le niegan fácilmente a otros parientes suyos mucho más logrados, como Los niños del Brasil de Ira Levin— no es tanto por sus rasgos intrínsecos como por circunstancias exteriores al libro, esto es, el marco de lectura que impone el Primavera, las declaraciones públicas en donde el autor dialoga críticamente con la herencia del boom latinoamericano o la autoridad de las medallas acumuladas por el propio Padilla, entre las que se cuentan el Alfonso Reyes, el Juan Rulfo a la Primera Novela y el Juan de la Cabada. En ese contexto favorable a la impostura, Amphitryon combina una anécdota de thriller con la pretensión literaturizante de una prosa plana y hueca, tan prolija como fría y escasa de recursos. Del otro lado de esa lengua neutra, una cadena de cambios de identidades susurra la posibilidad de que Adolf Eichmann, el hombre en el que Hitler confió la aniquilación de los judíos, jamás haya sido detenido y condenado. Las suplantaciones se producen a través de unas partidas de ajedrez en las que nadie gana y todos pierden, especialmente los que ganan. De camino al frente de la Primera Guerra Mundial, Thadeus Dreyer acepta el desafío del tablero y así consigue adoptar la suerte y el nombre de Viktor Kretzschmar, guardagujas; en unos años se vuelve loco y organiza un choque ferroviario dirigido a asesinar a ese Dreyer, el falso, devenido héroe militar y nazi en ascenso. Kretzschmar, sin embargo, ignora que aquel Dreyer ("ese tipo de hombres que están condenados a parecerse sólo a ellos mismos hasta la muerte") es un nuevo Dreyer, otro farsante y campeón de ajedrez cuya muerte intentará develar el secreto del verdadero Eichmann. El final da por sentado que la hipótesis del libro es más que una hipótesis a través de un colofón firmado por Padilla, o el personaje "Padilla", en un último truco donde la ficción busca materializarse como la
     impostora definitiva, aliada y cómplice de una realidad siempre inaccesible.
     Novela efectista y olvidable, cuyo mayor mérito es el monocorde oficio del autor, Amphitryon naufraga especialmente a partir de los agujeros de su trama (Kretzschmar espera que Dreyer desaparezca en el campo de batalla, algo que no debería ocurrir porque ya habían pactado que se matara a bordo de un tren; luego abre cartas de su familia, dirigidas a un nombre que ha perdido, sin que se explique cómo le llegan y por qué puede abrirlas…) y la desesperante inverosimilitud de una prosa capaz de hacer que todos los personajes se expresen con idéntico manierismo, a pesar de corresponder a paisajes, orígenes y tiempos muy diferentes. Para colmo, lo cierto es que el texto luce desapasionado porque aquí no hay un escritor dispuesto a apostarle a alguna convicción  (temática, ideológica, estilística, filosófica); de ahí que Amphitryon se encomiende a la exactitud de una intriga policial que no sólo fracasa en cada uno de sus cabos sueltos, sino que se abandona a una conclusión seductora —Amphitryon es y no es una ficción, Eichmann no era Eichmann— pero peregrina y torpe si se la juzga a partir del raído hilo deductivo que construye la novela.
     De inquietantes similitudes con La variante Lüneburg del italiano Paolo Maurensig, Amphitryon es más una ficción acerca del ajedrez que sobre los nazis, y ninguno de estos temas le obsesionan tanto como la impostura que ciertamente encarna —aunque no en la alegre dirección prevista por el personaje "Padilla". Seducida por el vértigo que ansía, apenas si vale como trama y se asfixia en su propio vacío especulativo, sin apelar a la reflexión dura y arriesgada que muerde las nerviosas páginas de la novela de Maurensig. En el mejor de los casos, este libro aspira a colocarse dentro de una todavía incipiente tradición latinoamericana de "bestsellers de calidad", que por ahora va de En busca de Klingsor de Jorge Volpi a El anatomista del argentino Federico Andahazi. Ese es, de hecho, el horizonte que el premio Primavera tiene reservado para el texto, un magistral jaque mate a la literatura que se maquilla con la falsa (¿y autorreferente?) trascendencia de "un orden mítico y moralmente correcto que, no obstante, lleva en sus orígenes la simiente de su propia ruina, la señal inaplazable del caos al que estamos condenados". –

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