Contra el “boom”: una entrevista con Alberto Fuguet

AÑADIR A FAVORITOS

El cine, las series de televisión, la nueva narrativa, Internet y las aplicaciones para ligar se entremezclan en la cabeza del escritor chileno Alberto Fuguet (Santiago, 1964). Y como ocurre en buena parte de su narrativa, la cultura pop le sirve para trazar el discurso de su última novela, Sudor, en la que choca de frente los autores del boom y, en especial, Carlos Fuentes. En esta ocasión, lo suyo es un dardo contra los egos, la llamada ‘realeza’ de la literatura. Y lo hace a partir de un lenguaje en el que lo visceral y explícito tiene un papel relevante; lenguaje sexual y como él dice, “sudoroso”.

¿Criticar al boom no es matar a nuestros padres?  

Es más bien criticar el bien pensar. Yo quería hacer un libro poco higiénico y poco correcto. No quería hacer la típica novela sobre escritores que se ya se ha hecho muchísimo, sobre todo en España. La típica novela que Vila-Matas ha llevado hasta el extremo. Al final, nadie es una vaca sagrada. Si uno puede cuestionar al Papa, al Rey, incluso a un Gobierno, ¿por qué no a los escritores? Que además es gente que cree en la libertad de expresión, en la palabra.

Pero los escritores del boom están considerados vacas sagradas. Y usted se centra precisamente en una de las más grandes: Carlos Fuentes.

Eso lo estás diciendo tú. Nadie debería ser sagrado. En el caso de Carlos Fuentes tampoco es mi intención bajarle del puesto de vaca sagrada.  Es impresionante cómo en América Latina a la gente rica se la trata como a la realeza y no se les puede tocar, en parte por miedo y porque se les considera distintos. Por eso me parece legítimo, y más en el caso de Carlos Fuentes.

¿Ha tenido algún problema con el libro?

Por ahora no. Puede que haya gente que le haya molestado y quizás en México también moleste y haya más ruido.

¿Se queda con alguien del boom?

A mí me encantan aquellos que no pertenecieron al boom..A mí el escritor que más me interesa es Manuel Puig. Cada vez me parece más transgresor y moderno. Y de los que están dentro del boom el que me gusta muchísimo es Mario Vargas Llosa.

Por cierto, dijo que no estaría en las redes sociales, pero está en Twitter. ¿Por qué ese cambio?

Por miedo a transformarme en un viejo. No, creo que mis angustias con las redes eran más literarias o de vanidad. No quería quedar como un narcisista, como un exhibicionista, pero luego me di cuenta de que estaba pensando como alguien del siglo XX y no del XXI. El otro miedo que tenía era que iba a perder energía para poder escribir, pero luego pensé que es como el alcohol: yo puedo tomarlo de vez en cuando y no ser alcohólico. Y  es mucho más interesante que las generaciones que miran para otro lado y no saben lo que es whatsapp. Por ejemplo, me molesta de Vargas Llosa porque él debería estar más al tanto de esas cosas.

¿La literatura se ha convertido en corrillo y nada más?

Bastante, sí. Yo me siento ajeno a ese mundo para poder escribir de él y también cerca para tener información. Siempre he sentido que nunca me invitaron a esta fiesta. Yo nunca he sido parte del establishment, ni siquiera me invitaron al  80 cumpleaños de Carlos Fuentes. La gente al final acaba premiando al círculo. Muchos escritores quieren que solo los lea gente de su nivel, casi sus amigos. Por eso se van encerrando en su mundillo donde todos se conocen. A mí me importa más que me lea un chaval que no conozco. Pero es como ese teatro que solo está hecho para actores.

O como los periodistas, que estamos hablando continuamente del periodismo. Hace unos años usted escribió Tinta roja, novela sobre periodistas…

Sí, he intenté hacer algo diferente que era la crónica roja (crónica de sucesos sangrientos) retratando a los reporteros más que al mundo de arriba. En Sudor quebré mi propia ley para hacer un libro de escritores, pero me centré en  el corrillo literario, me hice cargo de algunos nombres reales… Retraté los últimos meses de Alfaguara e inventé cosas que son falsas como que la gira de un escritor hundió la editorial. No es verdad, pero sí creo que tratar a escritores como estrellas de Hollywood ayudó a que las cuentas dejaran de estar en azul. Luego decidí incluir sexo, y además, sexo sudoroso. Y luego quería que la novela tuviera humor y que el protagonista no fuera un escritor en crisis sino un editor.

Al hilo de esto, ¿hay editores que siguen anclados en tiempos antiguos?

Algunos sí. Por ejemplo, Jorge Herralde, que ahora se está retirando y al que le fue muy bien. Anagrama era una gran boutique, pero por otro lado era un gran juguete de vanidad. Una de las cosas que me inspiró Sudor fueron las memorias de Herralde. Siempre me llamó la atención porque me parece que no se comporta como un editor sino como alguien de la jet set. Por otro lado, creo que en las editoriales indies, pequeñas, trabajan de otro modo. Y creo que hay grandes que tienen que adecuarse.


    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: