Disidente íntimo

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La Revolución Cubana dividió en dos la historia de Latinoamérica: su imán cautivó a los espíritus más escépticos y su ejemplo alteró la vida de casi todos los países de la región. François Furet estudió el influjo de la urss en Occidente, contrastando su realidad carcelaria con la visión (anhelo) que de ella se tenía. Sus conclusiones podrían cerrar un libro sobre la pervivencia y transmutación del sentimiento religioso en la vieja Europa. Urge un libro análogo para Cuba. Hoy, sin embargo, el mito se sostiene con alfileres: desde el caso Padilla, la alta intelectualidad latinoamericana le dio la espalda a Fidel y su pandilla, aunque algunos tardasen en captar plenamente el horror autoritario de la frase lapidaria con que Castro sancionó el asunto: "Con la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Después, a cuentagotas,  el resto se ha ido convenciendo. Quedan un puñado de cavernícolas sin remedio, dos almas inocentes y el gran García Márquez, aunque el Nobel colombiano al menos cumple una función útil: le habla al oído al patriarca y lo convence de soltar de vez en vez a algún prisionero.
     El desafecto con Cuba tiene cuatro vertientes: el fracaso de la experiencia guerrillera y del voluntarismo político (los más puros junto a los peores, muertos a decenas en busca de una utopía que devino en cementerio); el turismo en la isla: por más visera ideológica que se tenga, nadie cree en un paraíso en donde las niñas se prostituyen por comida y ropa; la caída del Muro de Berlín y la literatura testimonial de los disidentes: obsesionados con la isla, los escritores exiliados han construido un corpus monumental, absorbente, del que destaco a Franqui con Diario de la Revolución Cubana, Arenas con Antes que anochezca y Cabrera Infante con Mea Cuba. Mención aparte merece Informe contra mí mismo de Eliseo Alberto por su capacidad evocativa, sinceridad y examen de conciencia.
     Por otra parte, el caso Ochoa ("8a vive", según algunos muros de La Habana vieja) cimbró las estructuras del poder cubano y llevó a Castro a cruzar el último resguardo moral de su maniqueo mundo: ordenar matar a camaradas de la Sierra Maestra. El caso Ochoa ha producido también libros de interés: La hora final de Castro de Andrés Oppenheimer, en donde se relata en clave de intriga política los entretelones del juicio a Ochoa, digna parodia tropical de los juicios de Moscú; El furor y el delirio de Jorge Masetti, hijo del periodista homónimo, fundador de Prensa Latina y amigo del Che, muerto al intentar formar un grupo guerrillero en su natal Argentina; y Dulces guerreros cubanos.
     Con Condenados de Condado, su primer libro, Fuentes le da rostro (y voz) a dos protagonistas de la lucha guerrillera de Escambray en los años sesenta: a los guajiros que luchan contra Castro por rechazo a la colectivización y a los soldados del ejército revolucionario que los combaten. Se trata de un libro ambiguo que le costó padecer cierto ostracismo temprano, aunque después supo "venderlo" al interior del régimen como un canto a favor de los heroicos soldados que lucharon contra la agresión contrarrevolucionaria, lo que le valió el Premio Casa de las Américas de 1968, años después de publicado. Ese libro, de pinceladas maestras y un oído privilegiado para recrear el coloquialismo de la Cuba profunda, acabó por seducir a los militares cubanos, que lo convirtieron, después de combatirlo, en el escritor escogido para narrar sus acciones. Fuentes se entregó completo a los cantos de sirena del poder (y la impunidad) y vivió como pachá en la isla, protegido por los hermanos Castro, de quien se hizo amigo y confidente. Norberto Fuentes participó en operaciones encubiertas del Ministerio del Interior y del servicio de inteligencia del ejército. Incluso viajó varias veces al frente de batalla en Angola, como cronista oficial, para narrar los éxitos del ejército cubano en tierras africanas. En ese lapso se hizo hermano (brother en la jerga habanera) de los agentes cubanos Antonio y Patricio de la Guardia, una suerte de James Bonds habaneros (y por duplicado), y del invicto general Arnaldo Ochoa, un genio en el manejo de los tanques. La caída en desgracia de estos tres "guerreros" lo convierte en un disidente, espiado y perseguido. Incluso temió morir y de nada le hubiera valido el consuelo de uno de sus personajes de Condenados cuando un oficial anima a un guajiro que va a ser ejecutado con la frase: "Las cosas en la pared pasan rápido". Desesperado, intenta dejar la isla como un balsero más y por poco pierde la vida durante el naufragio de su endeble embarcación. Su salida de Cuba se logra mediante una complicada maniobra diplomática que tiene a Clinton y García Márquez como protagonistas.
     Si me he detenido tanto en narrar los antecedentes del libro y su autor es porque Dulces guerreros cubanos es el testimonio o las memorias de este hombre. Se trata de un libro escrito por un disidente del círculo íntimo de Fidel (alguien que, por ejemplo, conoce a su esposa y sabe cómo funciona su guardia pretoriana). El libro aporta valiosa información: desmiente la idea de un Ochoa enamorado de la Perestroika y capaz de llevar adelante un proyecto de reformas análogo y pinta más bien el retrato de un general orgulloso y genial, incapaz de aceptar que Fidel Castro lo ha traicionado; narra, con detalle, el modus operandi de los servicios secretos cubanos: operaciones de sabotaje, compra de armas, asesinatos, y, por último, venta de drogas. Todo con la cobertura moral de luchar contra el bloqueo norteamericano y con la aprobación de los hermanos Castro.
     Memorias de un guapo, como llaman los cubanos al tipo pendenciero y vanidoso, orgulloso del harem que puebla su memoria, Dulces guerreros cubanos tiene como principal defecto la falta de un ejercicio de autocrítica. No se puede decir que los mellizos De la Guardia fueron unos asesinos a sueldo, incapaces de vivir sin la adrenalina que da matar al enemigo, sin un examen de conciencia. Con un estilo sustentado en el juego de palabras, en la disrupción narrativa, en el coloquialismo, Dulces guerreros cubanos narra principalmente, como si se tratase de una sórdida novela policiaca, el cerco y cacería de los hermanos De la Guardia y del general Ochoa por sus antiguos camaradas en un movimiento brutal del poder en Cuba. En realidad, el lector atento podría pensar también en una mezcla efectiva de El hombre que fue jueves de Chesterton (con Fidel como Domingo) y El proceso de Kafka (con el fiscal Juan Escalona como eje judicial). En última instancia, el libro es un desmentido de muchos de los postulados de la Revolución, sin ser un libro de análisis político, y una puesta en escena magistral de la lógica del poder en Cuba: garantizar la permanencia en el trono, hasta su muerte, del Comandante y que nunca, nunca, tenga que rendirle cuentas a nadie distinto que a la siempre benevolente historia. –

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