Donde todo termina abre las alas, de Blanca Varela

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ESA LUZ EXISTEBlanca Varela, Donde todo termina abre las alas, prólogo de Adolfo Castañón y epílogo de Antonio Gamoneda, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2001.Con un agudo prólogo de Adolfo Castañón y un epílogo dialógico-poético de Antonio Gamoneda, Donde todo termina abre las alas reúne toda la poesía publicada hasta la fecha por Blanca Varela (Lima, 1926), además de incluir su última colección de poemas, hasta ahora inédita, El falso teclado. Galardonada recientemente con el premio Octavio Paz de poesía, Blanca Varela pertenece a una espléndida generación de poetas peruanos entre los que destacan Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy, Carlos Germán Belli y Javier Sologuren. En España tuvimos la suerte de escucharla en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde fue invitada en 1998 para dictar un taller y ofrecer un recital conmovedor, inolvidable. Quizá no exageremos al decir que estamos hablando de la poeta viva más importante en nuestra lengua.
     Desde la publicación de Ese puerto existe (1959), la poesía de Blanca Varela ha ido construyendo su particular universo abrasivo con el concurso de una palabra apretada y casi cortante. Poesía que hace del silencio un uso elocuente, que "sabe callarse a tiempo", como dijo Octavio Paz en el prólogo a su primer libro.
     Esta severidad expresiva permite, sin embargo, una extraña frondosidad. No es una poesía de la escasez, pues en ella poco falta, y mucho menos sobra. Se trata de una búsqueda de la exactitud, a pesar de que su ascendencia surrealista la aleja de enunciados expeditos y atajos engañosos. Exactitud no como algo determinado y puntual sino como algo verosímil. Por eso la luz ocupa en su poesía un lugar fundamental. Al mismo tiempo matemática e intangible, la luz —"presentimiento de luz para llamarlo con mayor propiedad"— se presenta como la gran metáfora en la poesía de Blanca Varela. Sus poemas están paradójicamente sumergidos en sombras, pero no por ello es una poesía oscura. El obsesivo juego de luces y sombras le confiere una dimensión singular. Es como si el misterio ocurriese a pleno día o lo más diáfano se hundiera en la tiniebla nocturna. La crítica ha preferido destacar la condición crepuscular y mortecina de esta poesía sin advertir que detrás de ella una realidad solar inocula al poema con sus breves y cortantes rayos.
     Inserta dentro de esta mecánica visual, la poesía de Blanca Varela es el producto de una prolongada mirada, de una escritura hecha con los ojos. La atención que presta a las artes plásticas no es la única señal de esto. La mirada se posa sobre los otros y sobre sí misma. Y al observarse ve a otra (o a otro). Surgen personajes, dobles, máscaras. Y muchos de ellos sirven para ejercer una actitud condenatoria sobre el sujeto, un juicio implacable al ego. Llegará a juzgarse algo menos que "la peor de todas", como hizo en su momento Sor Juana. Contra el espejo rebotará la imagen de su reverso. Sin caer en la confidencia autobiográfica ofrece una autenticidad más completa. Incluso el numeroso catálogo de animales (caballos, perros, monos, elefantes, papagayos) que pueblan las páginas de sus libros se ofrece como metáfora bestial del ser humano. La persona es en esta poesía: "el querido animal/ cuyos huesos son un recuerdo". Este "Animal de costumbre" —para utilizar una expresión del poeta venezolano Juan Sánchez Peláez— es la sombra del yo, y abre el camino hacia una visión duplicada de lo real que trascenderá lo individual hasta determinar una relación con el mundo. Ejerciendo la función de lo que podríamos llamar una bisagra existencial, Blanca Varela ensaya un complejo equilibrio entre su mundo de adentro y su mundo de afuera; entre el pasado y el futuro, siempre como observando a través de una celosía o una delgada reja:
      
     cuál es la luz
     cuál la sombra.
      
     Así se explica la naturaleza afilada e incisiva de su poesía, pues ésta se encuentra en el límite, en el filo de lo real, en el vértice, en la película de azogue del espejo. Cuchillo o hacha que parte la realidad en dos y deja a cada lado la marca refulgente, luminosa del metal. La realidad se divide, diverge de sí misma, se enfrenta. El "sitio del alma" desde el cual cantar, el "lugar del canto" —para decirlo con palabras de José Ángel Valente— se extravía, pierde espacio, no se halla. El poeta busca desesperadamente ese lugar desde donde construir su palabra y decirla.
     Sin duda el amor es una manera de buscar ese sitio. El amor como refugio y dulce morada, como habitación dichosa del ser. Pero el amor es movedizo por naturaleza, su domicilio es pasajero: "Amor/ paisaje que el tiempo corrige sin tregua". Se produce entonces una ausencia, un lugar hueco, el alma no gravita, su sitio es una zanja y al fondo de ella caemos irremediablemente. Abismados en un inmenso vacío, nos enfrentamos a un espacio sin respuestas, a un dios mudo y evasivo. Frente a esta problemática Blanca Varela revela una religiosidad muy suya: una fe casi rota, llena de ira contra sí misma, y al mismo tiempo irónica y esperanzada, aunque absurdamente esperanzada. "Dios está allí —dice— porque lo creo a imagen y semejanza mía". Su revelación no es más que un "balbuceo celeste", quizás la existencia de una luz intermitente y débil en medio de la sombra expansiva. –

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