El hermano muy menor

Mi hermano James Joyce

Stanislaus Joyce

Traducción por Traducción de Berta Sofovich

Adriana Hidalgo, .

Buenos Aires, , 2022, , 335 pp

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No hay ninguna inocencia en los primeros recuerdos, y el que Stanislaus Joyce tenía de su hermano James –autor de Ulises y Finnegans Wake y miglior fabbro de la literatura moderna– era el de una representación teatral en la que el primero interpretó el papel de Adán, una hermana mayor el de Eva y James el del diablo; solo unos años después, el rechazo de este último a las convenciones sociales, sus borracheras junto a un puñado de amistades en absoluto recomendables, sus ideas estéticas, su anticlericalismo –una protesta instintiva a la educación de los jesuitas y al catolicismo fanático irlandés, al que acabó pareciéndose– y, sobre todo, su extraordinario y precoz talento acabarían dando a todos la impresión de que había algo mefistofélico en él, algo peligroso y raro: a los cuatro años bajaba los peldaños de la escalera gritando “¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!”, a los siete escapaba de la casa familiar en triciclo para ir a ver a una niñera, a los nueve o diez exigía que su madre le tomara la lección de latín aun en las salidas familiares, poco antes había empezado a ocultarse en los armarios cuando había tormenta. “Es terrible tener un hermano mayor más inteligente”, escribe Stanislaus, pero también recuerda que la familia lo apodaba “el risueño Jim”.

Mi hermano James Joyce –cuyo título original es My brother’s keeper, “el guardián de mi hermano”, en referencia a la respuesta que Caín da a su padre cuando este le pregunta por Abel, a quien ha matado– es resultado del intento de Stanislaus Joyce (Dublín, 1884-Trieste, 1955) de escribir sobre su hermano. Stanislaus era tres años menor que el autor de Dublineses, profesor de inglés en Trieste durante buena parte de su vida, interlocutor esencial para James –quien solía llamarlo su “piedra de afilar” porque recurría a sus conversaciones con él para aguzar sus juicios, comprobar informaciones y observar el efecto de sus textos en el que a menudo era su primer lector–. Parece haber aceptado desde el primer momento que el suyo era un papel secundario. “Yo tenía menos facilidad [que James] para aprender y menos imaginación para darme cuenta del significado de lo que me enseñaban”, reconoce; cuando, después de leer su diario íntimo sin su permiso, James opinó que era “aburrido, excepto cuando hablas de mí”, Stanislaus comenzó a hacer esto último con más frecuencia, casi exclusivamente; sus –cada vez más habituales– discusiones nunca los enfrentaron del todo, ya que compartían una cierta visión del mundo y un pasado doloroso: su padre –cantante lírico aficionado de cierto talento y aspirante a político, pero borracho incorregible, inquilino indeseable y, en palabras de Stanislaus, alguien que “había fracasado en todo lo que había iniciado”– pertenecía a “esa clase de hombres que no pueden ser miembros activos de ningún sistema social”, su madre temía al marido y a su confesor y nunca se atrevió a pedir el divorcio, varios hermanos murieron en la infancia y la familia fue vendiendo sus cosas y mudándose a lugares más y más odiosos a medida que la pobreza se volvía indisimulable. “Considero poco menos que un milagro que hubiese alguien en mi familia dedicado al cultivo de la poesía o preocupado por mantenerse en contacto con las corrientes del pensamiento europeo, viviendo en una casa como la nuestra, hundida en la miseria de una generación de borrachos. No sé qué fuego interior pudo transfigurarlo”, admite Stanislaus.

De ese fuego –producto de una fe que, como afirma su autor, “lo sostenía en medio de la sordidez que lo rodeaba”– hay buena noticia en Mi hermano James Joyce. Y, pese a ello, el libro resulta decepcionante: por momentos es una mezcla adorable de Charles Dickens y los pasajes más accesibles de la obra del hermano mayor, pero Stanislaus murió antes de terminar su manuscrito y la narrativa se detiene abruptamente. El hermano menor es un testigo sorprendentemente solvente y articulado, que parece recordarlo todo y muy bien: gracias a él sabemos que un presuntuoso Joyce adolescente comenzaba sus redacciones escolares con las siglas amdg –Ad Majorem Dei Gloriam– y las concluía con lds –Laus Deo Semper–, nos enteramos de que actuó con solvencia en varias obras –en una de las cuales, recuerda Stanislaus, “añadió interés a su papel, improvisando, para horror del director de escena, una excelente imitación del rector del colegio, que se hallaba en primera fila simulando divertirse tanto como los alumnos”–, comprobamos que sus primeros entusiasmos literarios fueron los cuentos de León Tolstói y las novelas de Iván Turguénev, El fuego de Gabriele D’Annunzio y la poesía de Byron, Shelley y Blake, de la que saltó a los irlandeses W. B. Yeats y James Clarence Mangan y de ellos a los dramas de Henrik Ibsen, que tuvieron en él el efecto de “la respuesta a una llamada” –al día siguiente de ver juntos una de sus obras, Joyce resumió a sus padres: “El tema de la obra es el estallido del genio en el hogar y contra el hogar. Ustedes no tenían que verla. Sucederá en su propia casa”–, descubrimos que fue un polemista prematuro y hábil y comprendió, siendo tan solo un joven estudiante de primer año en la universidad, que “se sentía capaz de una absoluta devoción a la misión a la que estaba destinado por su talento”.

Mi hermano James Joyce nos recuerda también –y esto es importante– que, como escribe su autor, “ningún escritor en Inglaterra, desde [Laurence] Sterne, utilizó su más insignificante experiencia tan a conciencia como mi hermano, con el fin de crear un personaje o completar la pintura de un ambiente”; el libro nos ofrece la oportunidad de comprobar quiénes inspiraron los mejores personajes de Joyce: por ejemplo aquel hombre, marido de su primera maestra, que “tenía el recomendable hábito de rezar en mitad de la noche al tiempo que sorbía unos huevos crudos”, leía libros antes de ir a cenar con otras personas para “tener tema de conversación” y un día se fue a Buenos Aires con la fortuna de su esposa, quien “no volvió a ver a su marido ni al dinero”. Joyce lo cuenta en Stephen hero y en Retrato del artista adolescente –de los que estas memorias de infancia y juventud sirven de refutación parcial y nota a pie de página; del primero, que es especialmente revelador, hay nueva edición a cargo de Firmamento con traducción y prólogo de Diego Garrido–, pero lo hace con bastante más gracia que su hermano, cuya buena voluntad, sin embargo, no puede ser puesta en duda: fue prácticamente el único sostén económico de la familia de James Joyce durante largos periodos, colaboró estrechamente con Richard Ellmann –autor de la biografía definitiva de su hermano, que Anagrama publicó en 1991–, murió un 16 de junio, el día que transcurre el Ulises y se celebra el Bloomsday. ~

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