#ElLibroPrestado Los domingos son para dormir

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Presumo de no tener esa obsesión por los libros como objeto que es necesaria para los coleccionistas y bibliófilos. Sé que la biblioteca que me acompaña y que traslado de una ciudad a otra, de un barrio a otro y de una casa a otra, aunque vaya creciendo, no contiene todas las lecturas más importantes o los libros más queridos. Guarda libros que no he leído, además, y que miro de vez en cuando como si les dijera que su hora está a punto de llegar, aunque nunca termine de hacerlo. Algunos de los libros que más me gustan los guardo en el lugar del que los saqué, en el lugar donde los leí (el lugar más seguro del mundo): la biblioteca de mi padre. Ahora que tengo una hija pienso que debo construir una biblioteca en la que se pueda formar como yo me formé en la de mi padre, que pueda investigar entre los estantes y que descubra que lo de menos es el resultado: lo divertido es la búsqueda.

No me preocupa que mi ejemplar de Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri, esté en casa de otro: sé dónde está y sé que podría ir mañana mismo, tocar el timbre, fingir que paso a saludar y reclamar mi ejemplar. Podría incluso reclamarlo sin más: está en casa de un amigo. Tampoco sufro por mi ejemplar de Léxico familiar, de Natalia Ginzburg (sobre todo desde que me hice con otro): tiene las esquinas dobladas en mis pasajes favoritos, en las cosas que me llamaron la atención en la primera lectura o en la segunda. Ese libro destrozado, según mi padre, que siempre me riñe por no usar post-it, está en casa de otro amigo. Podría escribirle diciendo que lo necesito y, si no me ablandara, pedirle que me lo trajera lo antes posible. Hay libros que son prendas de amistad. En esos casos, casi me enorgullece saber que están con otro: reclamarlos es casi una coquetería.

Solo hay un libro —que recuerde— que me duela haber prestado (me arrepiento de haber regalado uno de los dos ejemplares que tenía de Americanah): Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, un estupendo libro de relatos. Lo compré en Buenos Aires en 2008, cuando fui de gira con la compañía zaragozana El Silbo Vulnerado. Me acuerdo, sobre todo, del último cuento: una historia de amistad. Se lo dejé a mi amiga A. que aparecía y desaparecía de mi vida, como el Guadiana, en función de cómo le iban las cosas. Cuando se sentía sola, acudía a mí, claro. Hace unos años encontró el que parece ser el hombre de su vida y, conseguida la felicidad conyugal, me ha escrito un par de veces, las dos a vuelta de correo. Me pregunto dónde estará mi ejemplar del libro de Budassi: ¿en la casa que compró en la ciudad que compartíamos? ¿Se lo llevaría a la ciudad a la que se mudó con su novio? ¿Lo perdería? ¿Volverán ella o el libro a reaparecer en mi vida? Si vuelve, tengo que ser dura e implacable y, antes de que la emoción de la amistad recuperada me ciegue, reclamar que me devuelva el libro. 

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