Entre la poesía y el conocimiento, de Ramón Xirau

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COSECHA DEL VERBO ESTARRamón Xirau, Entre la poesía y el conocimiento, FCE, 2002, 570 pp.

Durante años, la obra de Xirau se publicó como en tono menor: un libro por acá, otro por allá, sueltos, sin bombo ni platillo porque él nunca ha sido afecto a los ruidos, micrófonos y reflectores de la cultura mediática. Y, si bien sus libros de ensayos podían discretamente hallarse, sus poemas eran una verdadera rareza editorial. Con el paso del tiempo y los cambios del mercado (como si lo hubiera), sus libros desaparecieron de las estanterías y resultaba imposible dar con cualquiera de sus obras. Ahora, el Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una antología de los ensayos sobre poesía de Ramón Xirau. Supongo que habrá de seguirse con un tomo de sus ensayos filosóficos, ¿o no?
     La edición de Entre la poesía y el conocimiento estuvo a cargo de Adolfo Castañón y Josué Ramírez, quienes hicieron un estupendo trabajo de selección y recopilación de los ensayos, que van desde San Juan de la Cruz hasta casi nuestros días (y en secreto celebro que Castañón y Ramírez hayan cedido a la tentación de abrir el libro con L'Anyell, un gran poema: "bestioles, bestioles en les herbes…"). Eligieron buena parte de la crítica literaria, cosa nada fácil porque en realidad no existe una frontera entre su obra literaria y sus ensayos filosóficos. Máxime cuando uno de sus temas centrales entre una y otra disciplinas ha sido, por décadas, esa rara afirmación de la poesía y del conocimiento.
     No es fácil decir qué es lo que atisba Xirau cuando se refiere a esa juntura que le pone los pelos de punta a la ralea de Minerva y a la caterva de Apolo. Lo cierto es que se trata mucho más de una declaración de principios, o un modo de estar en el mundo, que de un mero tópico de interés o un asunto discursivo. De hecho, la relación de poesía y conocimiento que propone Xirau no resulta comprensible sin una contraparte filosófica igual de presente y añeja en su obra: esa versión mediterránea —y castellana: añadamos Machado y Guillén a los filósofos— del existencialismo que se anuda en torno a un verbo: estar —o como también la llama: el "sentido de la presencia".
     En efecto, la poesía es conocimiento, dice Xirau, y para ello bien se ha valido de Machado y de Baumgarten, de Paz y Coleridge y Hegel y… pero nada de eso se resuelve bien a menos que tengamos muy presente que cambiar un sustantivo por un verbo puede meter de golpe el tiempo en la vida y lo vivido. No está proponiendo una teoría del conocimiento sino una teoría del conocer. Mucho más un acto —y de ahí su cierto fausticismo— que una aséptica descripción abstracta o cualquier idea de acumulación.
     Muchos literatos juzgan que referirse a la literatura con herramientas filosóficas es insultante. El origen de esta postura tiene que ver, supongo, con un dato empírico: los filósofos escriben muy feo, muy aburrido; suelen dejarse asaltar por muletillas, pobres sintaxis y resultan sordos al ritmo y musicalidad de las palabras, por un lado y, por el otro, también suele ser verdad que muchos poetas —desde luego menores— parecen inmunes al pensamiento, incapaces de atender al sentido común o a la lógica más elemental: acumulan metáforas como si el poema fuera una bolsa de canicas. El desprecio mutuo entre filósofos y poetas es dos veces tonto. Querella de tullidos. La obra de Xirau es muestra más que suficiente de que ni el rigor racional achata la prosa ni los vuelos de la imaginación carecen de valor intelectual.
     Pese a conocer desde antes la obra de Xirau, así, reunidos los ensayos, resulta sorprendente su… iba a decir erudición —y, sí, es eso, pero sin ese dejo de yerto que tiene la acumulación de datos; lo suyo es sabiduría. Sabe cosas porque las goza o porque lo impactan y porque nada le es ajeno. Basta leerlo glosar a Rudolf Otto o extenderse sobre Kierkegaard para percibir la diferencia, real, palpable, entre el temor y el miedo, entre la revelación de lo sagrado y el abismo que nos impide lo sagrado. Hay que leerlo abismarse en cada estrofa del Cántico espiritual o rescatar la llana brillantez de Lope de Vega. Por igual lo entusiasman las cimas, los abismos, las tierras llanas; las almas salvadas, los locos furiosos. Solamente dos cosas no hallo entre sus elecciones ensayísticas: el mar, tan suyo en sus poemas, y la crueldad.
     Otro de los rasgos característicos que emergen con esta reunión tiene que ver con su diferencia respecto de muchos críticos. Digamos que escribe sobre el modernismo, y sobre Jiménez y Vallejo, sobre Octavio Paz y hasta la poesía concreta brasileña, y parecieran interesarle poco y nada las declaraciones histórico literarias: que si vanguardia, que si fue este el primero que… ¡qué importa! Xirau quiere otra cosa; algo que se relaciona de nuevo con el verbo estar; es el acto de estar leyendo y ahí no cuenta —o, si cuenta, estorba— la fruición clasificatoria o taxativa que busca colocar los libros en el mapa del biblioma. Le son ajenos esos afanes que comienzan por una intención cientificoide pero parecen copiar la lógica de la competencia deportiva (y eso a pesar de que Xirau es aficionado al futbol y jugaba como extremo derecho).
     Al lector primerizo, si perspicaz, probablemente le llame la atención la capacidad de vital mimetismo de Xirau. Cuando se dilata con Hegel, es un hegeliano; cuando con Platón, platónico, y resulta semejante con los poetas: en Paz halla enormes virtudes radicalmente distintas de las de Juan Ramón Jiménez. Con Cernuda está en casa, y lo mismo con Gorostiza; en cada gran poeta halla un mundo suficiente y completo. ¿Se contradice? No: de veras es capaz de habitar en el universo de una obra u otra y no hay necesidad de incurrir en los ámbitos literarios con las ínfulas del conquistador, a imponer criterios propios, cuando se puede habitar en mil formas del tiempo, cada una coherente y también irreductible. Envidiable lector que no necesita confirmarse a sí mismo en su particularidad sino, precisamente, en esa forma universal que nos faculta a ser cualquiera. Humani nihil a me
     Entre las páginas de sus ensayos se lee esto: "Conocer es, al mismo tiempo, percibir, sentir, nacer con el mundo, con los otros, con el otro. ¿No decía Claudel que el conocimiento es co-naissance?" Y este es el nodo: nacer con el mundo, en el instante de las cosas, con la doble sorpresa de la propia percepción y de la puntualidad del mundo. Y de aquí su afinidad con ciertos poetas de la presencia: Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz…
     Nacer con el mundo implica no sólo la percepción monstruosa del objeto sino también la extrañeza de estar en el mundo. Una intuición que convierte al sujeto de la percepción en un prójimo de sí mismo, en el otro que decimos cuando decimos nosotros. Principio de la deriva pero, también, principio de la participación entre los mortales que, si no fuéramos semejantes, seríamos un puro desperdicio, una lástima irredimible.
     Y esta constatación de ser un prójimo y la sorpresa de estar en el mundo nos permiten romper con la vectorialidad del tiempo y percibir un infinito, una eternidad que no se despeña en su recuento vertical. La eternidad es una forma de estar, no un futuro.
     Aquellos sus discípulos recordaremos siempre, y siempre con la misma admiración y el mismo cariño, aquel ya mítico seminario sobre San Juan de la Cruz. Algunos acudíamos por haber leído antes algunos de sus ensayos y nos habíamos atrevido a otear algo nuevo, distinto. Por lo común, el trayecto del entendimiento pretende ir de la sombra hacia la luz (la analogía de la caverna es uno de sus temas recurrentes), de la confusión al trazo claro y distinto, pero tanto en aquellos ensayos como en su seminario, Xirau recorría otro camino: la idea, a fuerza de aclararse —la aclaraba él mismo—, desembocaba en la paradoja o en un misterio. En esa escuela aprendimos la diferencia entre el mero acertijo y el real misterio. Aquí comienza y termina el entuerto del filósofo y el poeta. Así nos volvimos adictos al estrambótico gozo de hallar juntos el asombro y la evidencia. ~