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Tom Burns Marañón

Hispanomanía. Con un Prólogo para franceses

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, 416 pp.

Seguramente no haga falta tramar leyendas negras cuando hay clichés turísticos o tópicos sobre el “carácter nacional” con similar pervivencia y capacidad abrasiva. Todavía en los años treinta del pasado siglo, Havelock Ellis habla de España como “la tierra del romanticismo en su verdadero sentido” y afirma que en sus habitantes “se puede reconocer con facilidad al íbero descrito por Estrabón”. Quizá resulte difícil encontrar ejemplos de descrédito intelectual tan hondo como el de Ellis, pero sus palabras como viajero por España no dejan de ilustrarnos sobre “las ideas preconcebidas” –cuando no “la desinformación”– con que, según Burns Marañón, se han acercado a España tantos foráneos. Si Hispanomanía busca documentar la gestación del magno catálogo de tópoi ibéricos, resulta aún más sugestiva su percepción de cómo estos tópicos nacionales, “reforzados de generación en generación, tuvieron nefastas consecuencias para la autoestima de muchos españoles y, en definitiva, para la imagen de España”. En síntesis, esa invención que siempre supone la mirada del otro consideró a España en calidad de “país de anomalías”, y así allanó el terreno para una “excepcionalidad hispánica” que no ha sido sino una lectura determinista de su historia y sus posibilidades, y que ha contado con no pocas complicidades de credulidad dentro del país.

Tan bien acogida, la primera edición de Hispanomanía abordó –hace ahora diez años– el escrutinio crítico que, del XIX en adelante, llevaron a cabo los “curiosos impertinentes” británicos que anduvieron por España. Con el guiño orteguiano de su “Prólogo para franceses”, Burns Marañón suma ahora a los Ford y los Borrow un elenco de viajeros transpirenaicos que –de Gautier al rescate de Maurice Legendre– contribuyeron asimismo a la fijación del lugar común hispánico con sus bandoleros y sus cigarreras. Lejos de ser un mero apósito sobre la parte inglesa, el sustantivo añadido francés ensancha de modo sobresaliente la lectura. Así, sirve para dar fe de las diferencias y concordancias con que británicos y franceses abordaron “las cosas de España”, y de este modo cartografiar el mapa de las influencias y las triangulaciones, de los encuentros y los desencuentros entre viejas naciones europeas. De estas relaciones emanan no pocas ironías: si con el vecino invasor los españoles iban a tener “una conversación permanente”, con el país que envió a Wellington no habría sino un “diálogo de sordos”. Y la Inglaterra y la Francia que peregrinaron a España como tierra de libertad terminarían por servir de puertos de acogida al exilio liberal español.

España fue un descubrimiento tardío. Alejado de las corrientes del Grand Tour –París para la sociabilidad aristocrática, Roma para la lección clásica–, el país iba a ser, sin embargo, un polo magnético para querencias tan propias del XIX como la búsqueda del exotismo del “color local”. Richard Ford escribe al Traveller’s Club para comentar que el Tajo es menos conocido que el Níger y que cualquier petimetre del Mayfair bien podría emular en España al Mungo Park de África. Contigua a la llamada de esta estética de lo auténtico estará la seducción del “país de la igualdad” que vio Gautier, una cuna de liberalismo tan heroico como natural, forjado en los mitos del pueblo resistente y con perfiles tan romantizados como los de los Torrijos, Espoz y Mina y otros Spanish patriots ya cantados por Wordsworth y por Byron. España, en definitiva, era el destino ideal para un air du temps de exaltación.

Más allá de los burdeles presididos por una imagen de la Virgen que vio Brenan o las “corridas de toros, gitanos y canciones en la calle” de que habla Orwell, los tópicos iban a adquirir, de la pluma de los viajeros, una consistencia que sobrepasa el gesto folclórico. Burns Marañón glosa no pocos de ellos: la pervivencia del ya antiguo estereotipo galo de la “España indolente”; el tópico, todavía presente, del “mañana, mañana”; el sentido del honor “oriental” de los españoles, y esa “alegría” propia del país, cifrada en una “vida dedicada al ocio y entregada a la conversación, la siesta, el paseo, la música y la danza”. Con más entidad, España será el país de lo popular por excelencia, integrado por “el mejor tipo de gente bajo el peor tipo de Gobierno”, y sustentado en la “altiva independencia” de su pueblo llano. Si otros hitos del Volksgeist hispano desbordaron a Latinoamérica, el de la alabanza del pueblo y el descrédito de las élites ha pervivido con singular pujanza del otro lado del Atlántico, con sus derivadas revolucionarias y guerrilleras y sus opuestos caciquiles.

Fue Gregorio Marañón quien afirmó que, a España, los viajeros llegaban “con anteojos que indefectiblemente son de color negro o de color rosa”. Entre Gran Bretaña y Francia, con excepciones como la hipercrítica Sand, Burns Marañón detecta un choque cultural en la hispanomanía inglesa –palpable en Borrow y ante todo en Ford– que en la parte francesa será una aproximación de temperatura más cordial. La superioridad intelectual de los milordi británicos, bien conocida en el continente, iba a adquirir derivadas peculiares sobre suelo español. En concreto, el fondo de prejuicio ilustrado, protestante y patriótico del viejo enemigo inglés redundaría en una mirada española recorrida de fatalidad y condescendencia. La fatalidad aparece en la percepción de un país incapacitado, por su propio orgullo, para cualquier noción de progreso. Y la condescendencia se hace patente en la asunción de que la modernidad acabaría para siempre con ese gabinete de curiosidades antropológicas que es la “España eterna”: recordemos que –antes de 1850– ya Ford se lamenta de que en el país apenas se vean ya ni monjes ni mantillas. Uno de los grandes aciertos de la Hispanomanía de Burns consiste en tomar estas aproximaciones de fondo para arraigarlas en una realidad concreta: por ejemplo, el descubrimiento del arte español, hasta entonces oculto en palacios y sacristías, será mérito de los Gautier y los Manet y no de sus contrapartes ingleses, abonando así un vínculo cultural con recorrido de Bizet a Falla.

Uno de los “curiosos impertinentes” del XIX observó que “nada causa mayor dolor a los españoles que ver volumen tras volumen escrito por extranjeros […] sobre su país”. Es una afirmación que hoy corrobora el sociólogo Pérez-Díaz, para quien ninguna otra sociedad se ha tomado con igual carga dramática lo que de ella se dice desde fuera. Hablamos, en definitiva, de una interiorización de los prejuicios codificados en el Spain is different, paredaño con el “España como problema”, y que sigue nutriéndose de las observaciones de tantos viajeros que, en nuestros mismos días, aún vienen a dar testimonio de su vida “entre limones”. Quizá por eso la higiene liberal que aporta Burns Marañón en Hispanomanía, con el sustento de su fina tradición intelectual, el aval de su propia biografía y sus muchos trabajos como observador hispánico, contribuye a prolongar el gran mérito del que fue su maestro, Raymond Carr: dejar de tratar a España como una “víctima del sur” y abordarla “como un país más”. Es un contraveneno razonable frente a las tentaciones del determinismo histórico, y un empeño no poco realista si consideramos que las viejas fondas del XIX–por poner un ejemplo acorde al tópico– han dejado paso a hoteles rurales con estrellas Michelin. Claro que quizá esas sean cosas del pays de l’imprévu. ~

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