La censura puede adoptar múltiples formas: amenazas, clausura de medios, despidos, demandas judiciales, pero sin duda alguna la censura más extrema es la agresión o asesinato del escritor o periodista. El 12 de agosto de 2022, Salman Rushdie recibió 15 puñaladas (en el cuello, en el pecho, en el ojo) de un fanático religioso, treinta y tres años después de que el ayatola Jomeini decretara una fetua contra él por su libro Los versos satánicos.
Veintisiete segundos duró el ataque. Rushdie comenzaba a dar una conferencia (en Chautauqua, al noroeste del estado de Nueva York) cuando vio que desde el auditorio alguien corría hacia él blandiendo un cuchillo. No huyó al verlo, se quedó petrificado. Antes de esta agresión hubo por lo menos seis atentados frustrados por la policía británica. El escritor egipcio Naguib Mahfouz, que había condenado la fetua contra Rushdie, fue también apuñalado por un extremista islámico en 1994. Como Rushdie, sobrevivió al atentado. Más cerca de nosotros, el periodista Ciro Gómez Leyva fue víctima de un atentado en diciembre de 2022. Por razones políticas, ideológicas o religiosas se intenta callar por la fuerza al que no pueden refutar con argumentos. El asesinato como forma extrema de la censura.
Asistimos en nuestros días al declive acelerado del orden liberal. Ya no importa la ley sino la fuerza. La democracia pierde terreno frente al autoritarismo. Antes la Iglesia o el Estado mandaban callar a la voz incómoda, ahora la sociedad ha asumido también el rol censor bajo la forma de “la cultura de la cancelación”. Va quedando atrás el diálogo y el debate.
Cuando en 1989 Jomeini decretó la fetua contra Rushdie no faltaron quienes, en Occidente, celebraron la decisión del religioso. El historiador Hugh Trevor Roper (que estuvo en México en el Encuentro Vuelta), así como el afamado escritor Roald Dahl, afirmaron que les importaba un comino la decisión del ayatola, que Rushdie se lo merecía (“Él se lo ha buscado, por meterse con su propia gente”). Lo mismo sucedió luego del infame asesinato de los caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo. Por lo general todos se declaran partidarios de la libertad de expresión hasta que no se toca un tema que los incomoda. Contra la libertad de expresión se dice que se permite siempre que no ofenda a alguien, que no subvierta el orden público, que no invada la privacidad, que no resulte obscena ni provoque desinformación o fraudes. Pero ¿quién determina los límites? Lo que a uno puede resultar obsceno para otro puede ser gracioso. Además, ¿qué condición superior tiene el censor para no contaminarse de lo que censura?
La censura por motivos religiosos fue desapareciendo en Occidente para dar paso a la tolerancia. Se admite ahora que la religión puede ser criticada y satirizada sin mayor revuelo. No así en el Islam. Una burla al profeta puede provocar la pena de muerte. La intolerancia radical ha llevado a no pocos casos de terrorismo cultural. La sentencia a Rushdie por parte de Jomeini desde que fue emitida ha provocado tumultos y muertes. Treinta y tres años luego de ser enunciada parecía que había perdido fuerza. Rushdie se paseaba por Nueva York sin mayores problemas. Hasta la mañana de agosto de 2022 en que Matar, que así se apellida su agresor, se abalanzó contra Rushdie colocándolo al borde de la muerte.
Cuchillo (2024) es el libro el que Salman Rushdie reflexiona sobre el intento de asesinato que sufrió. Un libro catártico que le permitió a Rushdie enfrentar con la imaginación el momento traumático del atentado. En medio de inmensos padecimientos, operaciones y tratamientos de recuperación, Rushdie tomó la determinación de escribir un libro para contrarrestar el odio con amor. Durante su convalecencia le hicieron llegar, del mundo entero, miles de mensajes expresándole el horror del ataque y admiración por su coraje y talento, por ejemplo, Joe Biden: “Rushdie es un paladín de los ideales esenciales del género humano. La verdad. El valor. La resilencia. La capacidad de compartir ideas sin temerle a nada. Estos son los pilares de toda sociedad libre y abierta”.
Florece por todos lados la intolerancia. México es el país más peligroso del mundo, más que los países en guerra, para ejercer el periodismo. Cállate o te mato. El joven que atentó contra Rushdie nació y creció en Estados Unidos. Su familia no le dio una educación religiosa. Por distintos motivos fue fracasando en la vida, en los estudios, con las mujeres, en el deporte. Terminó refugiándose en su habitación, aislado, rumiando su frustración. Comenzó entonces a ver los videos del imán Yutubi: “aquellos que están contra Dios no tienen ninguno derecho a vivir, nosotros tenemos el derecho de acabar con ellos”. El joven Matar se fue fanatizando. Apenas leyó un par de páginas de un libro de Rushdie. Eso para él fue suficiente para considerarlo un farsante y más aún: un demonio. La frustración de ese joven de los suburbios, que hasta la fecha no ha mostrado el menor remordimiento, la canalizó el imán Yutubi contra Rushdie. Una mañana de agosto de 2022 Matar se armó con varios cuchillos y se dirigió al auditorio donde iba a presentarse el escritor. En esa ocasión, y eso es algo que Matar sabía, no había vigilancia alguna en el lugar de la conferencia. Rushdie, que dos días antes había soñado con que un joven lo atacaba con una lanza, lo vio avanzar a grandes zancadas. El pánico le impidió moverse. “¿Por qué no hice nada? ¿Tan grande era mi fatalismo?” Veintisiete segundos y quince puñalada después varias personas se arrojaron sobre el agresor y lo sometieron. Hoy sigue en la cárcel.
¿Qué le quedaba a Rushdie tras el atentado? ¿Recluirse en su casa, esconderse? Es muy probable que el cuchillo (metáfora de la pasión fanática) que atentó contra su vida lo volvería a intentar en otro sitio. Por lo pronto decidió escribir un libro para exorcizar el miedo. Nada de quedarse escondido. Tomó la valiente decisión de volverse un luchador activo en favor de la libertad de expresión.
La libertad de expresar ideas está bajo riesgo en todo el mundo. Quizá no haya sitio más peligroso en el mundo para hacerlo que México. Aquí el peligro no radica en los fanáticos religiosos sino en los fanáticos políticos. Durante seis años, en sus conferencias, López Obrador se dedicó a calumniar y amenazar a periodistas e intelectuales. El odio que sembró está dando los frutos que él deseaba. México es hoy un país dividido y polarizado, profundamente intolerante. Frente a esa realidad, la realidad de los cuchillos amenazantes, no queda sino el valor y coraje de seguir expresándonos. “Si temes las consecuencias de lo que dices, no eres libre”. Frente al odio, la pasión por la verdad. ~