La geometría del amor, de John Cheever

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RETRATO DEL CUENTISTA TRASCENDENTE                 John Cheever, La geometría del amor, traducción de Aníbal Leal, Emecé, Barcelona, 2002, 390 pp.      
      
     Permítanme que, por una vez, incurra en el indiscutible error de emplear la primera persona en el ámbito de la crítica literaria. Sigo en deuda con el que fue editor de Isabel Allende en Estados Unidos, el irrepetible Lee Goerner de Atheneum, quien me regaló, allá por 1989, un ejemplar de la edición de Knopf de The Stories of John Cheever, que me convirtió para siempre a la religión cheeveriana, cuyos creyentes de lengua española están hoy de enhorabuena por la aparición de esta magnífica antología, anotada y prologada con entusiasmo más que justificado por Rodrigo Fresán, uno de sus lectores más avezados. Fue en aquella edición de Knopf donde descubrí a John Cheever (1912), sacerdote del cuento del siglo xx tras los pasos y la mirada social de Francis Scott Fitzgerald, cuyo halo mítico se agazapa en muchas de las páginas del escritor de Massachussets, y tras los encendidos diálogos de Ernie Hemingway. Coetáneo de Saul Bellow o de Paul Bowles, de Mary McCarthy y Carson McCullers, construyó su mundo literario enfrentando la apariencia apacible de la clase media blanca con sus peores pesadillas, encarnadas en páginas enteras de debilidad psicológica y aguda observación, capaces de convertirse en parábolas de influencias bíblicas, en lóbregos paisajes de luces y de sombras morales en los que se mueven la ambigüedad, la ironía trágica y la ansiedad. Su terreno favorito es el de los suburbios, retratados sin necesidad de cosmética pero con un afilado sentido crítico que le lleva a transformar un hecho banal, como la lectura del periódico, en la punta de lanza de su enmienda a la totalidad:
      
     Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro presidente es el mejor presidente del mundo. […] En el colegio, Estados Unidos es siempre hermoso y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree, porque se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor (Expelled, 1930).
      
     Lo escribió adelantándose a casi todo en materia de americanismo crítico. Así, sus retratos de la clase media superan en acidez a los de Updike, y sus reproches al sueño americano se adelantan a los de Gore Vidal, pero la cuestión radica en ver que Cheever, como un día señaló Bellow, trató de "hallar evidencia de una vida moral en el caos de una sociedad" que tal vez no se merecía su fortuna, ofuscada como está siempre por su propia sombra gigantesca.
     La grandeza de Cheever se encuentra asimismo en su extraordinaria conciencia literaria, que eleva al escritor a la condición de creador, espoleado por la evidencia de que la escritura nos explica a la vez que nos salva, como quiso Steinbeck, de abismos emocionales. Meticuloso hasta el cansancio, no deja al azar ni un solo vocablo, deteniéndose como un orfebre en decidir el orden de la frase, la posición del adjetivo, el ritmo del diálogo y el milimetrado diseño del arranque del relato: "la ficción es experimentación. Uno nunca escribe una oración sin sentir que jamás ha sido escrita de esa manera. Cada línea es una innovación" que persigue la transmisión veraz de las emociones, alejada, como el propio Cheever escribe en sus Diarios, de las tentaciones del artificio y de la falta de vitalidad. Desde que escribiera su novela Crónica de los Wapshot (1957), el narrador americano creyó en la literatura considerada como un instrumento de redención, y su compromiso con esta idea lo llevó a entender el oficio como catarsis personal y motivo de compromiso con su entorno.
     El volumen contiene cuentos canónicos, como "El ladrón de Shady Hill", "La geometría del amor", "Las joyas de los Cabot" o "La muerte de Justina", en los que Cheever censura el consumismo, las hipocresías del american way of life y la ética empobrecida de las clases acomodadas, pero en los que asimismo, como señala Fresán con sobrada razón, el lector advierte hasta qué punto insólito las criaturas cheeverianas se mueven entre los dioses y los hombres, siempre epifánicos, reveladores de fuerzas ocultas y de complejas relaciones que adquieren una coloración espiritual, y que aprendemos a descubrir de su mano bajo la engañosa intrascendencia de la vida cotidiana de quienes sólo en apariencia habitan el paraíso. De la actitud crítica de Cheever, de su talento para crear atmósfera, de su ambigua intensidad emocional y su magistral dominio del silencio elocuente y de la elipsis aprendieron narradores como Capote, Nabokov, Carver o Ford. La geometría del amor reúne cuentos excepcionales por los que transitan las criaturas agridulces de un autor que supo reproducir en el papel los naufragios, a un tiempo sociales y emocionales, de la América de su tiempo.
     Sacerdote del cuento y legendario autor de los mejores años de The New Yorker, ningún lector sensible debiera eludir los relatos de Cheever. Quienes aún no se hayan rendido a su talento, lean la experimental "Miscelánea de personajes que no figurarán", alcancen a leer a Homero a través de "El nadador", sigan luego a su antojo y verán con excepcional nitidez el modo en que sus palabras iluminan y subliman un mundo en penumbra. ~

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