Larva (2021), de Julián Ríos: las espirales de la lectura

Larva

Julián Ríos

Jekyll & Jill

Zaragoza, 2021, 600 p.

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El lanzamiento de Larva. Babel de una noche de San Juan, de Julián Ríos en enero de 1984 por Llibres del Mall supuso un verdadero acontecimiento que Rafael Conte presentó como “el escándalo más pura y limpiamente literario de las últimas décadas” y Juan Goytisolo como el descubrimiento de un “territorio literario desconocido en nuestro idioma con anterioridad a ella y que ya no podrá ser ignorado después”. El escándalo al que se refería Conte se desdoblaría con el tiempo en uno de otra índole: la imposibilidad de encontrar Larva en nuestras librerías. Por eso estamos hoy de enhorabuena: después de muchos años de ser un libro de culto, inencontrable y oculto, Larva acaba de ser publicado de nuevo por Jekyll & Jill en una cuidada edición de 1001 ejemplares que promete ser la edición definitiva de la obra.

¿Qué es Larva? Una fiesta de carnaval, en la que personajes y palabras cobran vida nueva y en la que la tradicional escritura de una aventura se desdobla en la aventura de una escritura; un festín de lenguas, “una juerga de jergas”, “a great feast of slanguages…”, en que Milalias y Babelle –cuyas andanzas son anotadas puntualmente por Herr Narrator– se sumergen en un Londres en el que hacen pasar las mil y una lenguas por su lengua; un escrivivir peligrosamente en que la materialidad del lenguaje se erotiza, permitiéndonos entrar en una relación cuerpo a cuerpo con la vida sexual de las palabras. Larva, que desde entonces no ha dejado de dar que hablar, es eso y muchas cosas más. Entre ellas: máscara, principio de las metamorfosis.

Con motivo de su reedición, quizá sea momento de volver la vista atrás para mejor apreciar lo que supuso entonces y lo que supone a día de hoy el proyecto literario de Ríos, del que Larva sería la piedra de toque a partir del cual se puede derivar hacia otros campos y regiones. Así pues, leamos más allá de las solapas para sumergirnos en la aventura de la lectura de ese libro de libros en el que una treintena de lenguas se hacen pasar por la lengua castellana.

Para esto, conviene regresar a la España del franquismo –a aquel “país de Jaula” en el que “la literatura era algo prohibido que venía de Argentina”– y ver cómo el escritor gallego participó desde los años setenta en un esfuerzo de apertura del campo crítico y literario español a través de la creación de la revista Espiral y de una colección del mismo nombre en la editorial Fundamentos. Intentando abrir esa doble jaula de la censura y de un realismo heredado, Ríos contribuyó a la circulación en España de autores como Haroldo de Campos (quien escribió el texto inaugural de Palabras para Larva, un volumen publicado en 1985 para acompañar críticamente a la obra), Guillermo Cabrera Infante (con quien escribió un Libro Húnico aún inédito), Juan Goytisolo (su referente literario español más inmediato), Severo Sarduy, Emir Rodríguez Monegal, Carlos Fuentes u Octavio Paz, con quien publicaría la conversación Solo a dos voces (Lumen, 1973) y el “libro libre” Teatro de signos / Transparencias (Fundamentos, 1974), lecto-escritura creativa montada a partir de fragmentos del poeta en la que se dispone y escenifica toda una práctica textual.

Vista en perspectiva, su obra constituye una de las propuestas más decididas de nuestro panorama literario para hacer comunicar la literatura española tanto con su propio pasado como con la contemporaneidad. Su proyecto, más allá del pequeño contexto nacional, se deja leer remitiendo a esta constelación de autores contemporáneos y, saltando más allá de ellos, a una genealogía que él mismo ha desplegado en libros como Quijote e hijos (una genealogía literaria) (Galaxia Gutenberg, 2008).

El paideuma de Ríos, teniendo en su centro el Quijote –libro en el que se abriría el principio de incertidumbre de la experiencia literaria y del que se trataría de rescatar el quijotexto–, incluiría a Rabelais y a Burton para desembocar en Joyce, Schmidt y Guimarães Rosa. De hecho, Ríos muestra en qué sentido el Quijote es, propiamente, el caballero de La Mancha, que salió de España atravesando dicho canal para fecundar la literatura de autores como Sterne, y que no habría vuelto a ella hasta la publicación de Tiempo de silencio (1962) de Luis Martín-Santos.

Ríos se volvería sobre esa tradición moderna que concibe la escritura como exploración y como exceso y aceptaría el reto que Juan Goytisolo abría con su trilogía (Señas de identidad [1966], Reivindicación del conde don Julián [1970] y Juan sin tierra [1975]). Como decía en 1976 José María Castellet, “la destrucción de los viejos mitos debe partir del análisis y denuncia del lenguaje. Solo se puede violar el orden moral impuesto por las clases dominantes, violando su canon literario, sacralizado”. Sin esa crítica de los códigos heredados, de las formas literarias recibidas, cualquier empresa sería vana. Escribía Goytisolo en 1977:

Toda mi labor de los últimos años ha sido un combate para alcanzar otros ámbitos de libertad expresiva, partiendo en cada caso del suelo conquistado en el texto anterior, en pos de esa escritura suelta, descondicionada a que aspira llegar mi último libro. Este trabajo lento, penoso, difícil, visible a lo largo y lo ancho de mi trilogía, debe ser puesto entre paréntesis y dado por supuesto, desde el momento en que abordamos la lectura de la obra en marcha de Julián Ríos.

¿Cómo ampliar los límites de lo legible en la literatura española? Como afirmará el propio Ríos volviendo la vista atrás, se trataba de atacar el lenguaje de raíz, subvirtiendo los códigos heredados para, a través de ello, transformar la propia sensibilidad y abrirla a una experiencia ampliada. Tal será uno de los retos de Larva, cuya publicación había ido preparándose a través de la publicación de fragmentos de dicho ciclo literario, desde su primera entrega en la revista Plural en octubre de 1973, pasando por Espiral (1978-1979) y Vuelta (1980), para llegar a Syntaxis en la primavera de 1983. Sin embargo, a pesar de las declaraciones de Conte y de Goytisolo anteriormente citadas, no siempre la crítica española ha conseguido medirse a una obra de la que acaso puede decirse lo que el escritor gallego decía de una de sus más insignes predecesoras: el Finnegans Wake (1939) de James Joyce, una obra que, como escribía Ríos a comienzos del siglo XXI, “se alza inaccesible aún en este nuevo siglo, como un Himalaya al que apenas logramos acercarnos con la ayuda de sherpas, porteadores y portemanteadores con sus mantas y mantras, y mal haya quien mal piense”.

De hecho, la remisión a Larva ha funcionado durante mucho tiempo entre la crítica española como una acusación de ilegibilidad para fijar una imagen tan falsa como monolítica de un escritor plural que, más allá de ese ciclo novelístico, ha explorado territorios diversos: desde la Galicia fantasmal y asfixiante de Cortejo de sombras (la novela de Tamoga), escrita entre 1966 y 1968, y publicada sólo en 2007 en Galaxia Gutenberg, al universo joyceano en su introducción a la Casa Ulises (Seix Barral, 1991), pasando por la pintura en Impresiones de Kitaj (la novela pintada) (Mondadori, 1989), Las tentaciones de Antonio Saura (Mondadori, 1991), la crítica-ficción en La vida sexual de las palabras (Mondadori, 1991), la brevedad e inconmensurabilidad de la narración en Sombreros para Alicia (Seix Barral, 1993) y Nuevos sombreros para Alicia (Seix Barral, 2001), la pasión alfabética y literal de Belles lettres, o amores que atan (Seix Barral, 1995) o las metempsicosis en Puente de Alma (Galaxia Gutenberg, 2009).

La reedición de Larva nos permite volver sobre una obra de la que cabría decir que, en un sentido fuerte y por lo menos en España, no ha sido aún leída, y que tanto hoy como ayer nos permite confrontar los límites de la propia crítica literaria española, y acaso sea aún capaz de leernos a nosotros. En ese sentido, llama la atención el reconocimiento de Ríos en el extranjero (entre otros, ha recibido el premio Laure Bataillon al mejor libro extranjero en 2010 por la traducción de Puente de Alma al francés, realizada por Albert Bensoussan y Geneviève Duchêne), en contraste con el relativo silencio que ha imperado hasta hoy sobre su obra en España.

Sabemos que hay obras para ser leídas y olvidadas, obras de ciclo corto, que se esfuman en el acto de la lectura; obras escritas para un público que, por eso mismo, nunca las podrá leer; obras que no aguantan las relecturas, pues no tienen nada que ofrecer más allá de su consumo. Junto a ellas hay otras obras de ciclo largo, que tienen que salir a la búsqueda de un lector por venir, que aún no existe y que será producido por ellas en la práctica de la relectura. Éstas son las obras que formarían parte de lo que Octavio Paz llamó la tradición de la ruptura, y que convocan a un lector que se coloca en posición de escritura. Obras que nos obligan a transformar nuestras prácticas de lectura, que nos transforman a nosotros mismos y, con ello, transforman el mundo y la literatura.

La cinta de Moebius –que aparece evocada como un ocho infinito– y la espiral –esa espiral que Ríos veía de niño en las piedras célticas– son dos figuras emblemáticas de la obra de Ríos, una obra plural que avanza retrocediendo y retrocede para avanzar, insertándose en una tradición por venir, abierta a la contemporaneidad, que solo cabe heredar a través de un gesto de apropiación que la lance más allá de sí misma. Releer Larva –o leerla por vez primera para aquellos que la extraviaron–, aquí, en 2021, bien puede ser una manera de volver a conectar con esa tradición literaria quijotesca después de que “el barco encantado de don Quijote”, hubiera dejado atrás a España durante tres siglos, y de sumarnos a esa larga tradición literaria anacrónica que nos haría los hijos o nietos de don Quijote y de tantos otros, capaces de acceder al quijotexto y de aventurarnos en la lectura para leer –tanto en el texto literario como en sus lecturas críticas e historiográficas– aquello que fue escrito y lo que no. Pues, como se lee en Larva, “en el fin de la escritura, empieza el infinito de la lectura”.

Este año, Max Hidalgo Nácher coordinó para la revista Tropelías, en compañía de David Torella Hoyos y de Mario Martín Gijón, un dossier crítico en homenaje a Julián Ríos, con motivo de la reedición de Larva. El volumen, de libre acceso, puede consultarse aquí.

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