Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV, de Benzion Netanyahu

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Los orígenes de la Inquisición
      
     Benzion Netanyahu, Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV, traducción de A. Alcalá y C. Morón Arroyo, Crítica, Barcelona, 2000, 1269 pp.
      
     La afición de los inquisidores por guardar sus papeles, que a menudo esperaban años, en el suelo, al hombre de la aguja que habría de coserlos y archivarlos, provocó una de las grandes paradojas del conocimiento histórico: del Santo Oficio, institución basada en el secreto, lo sabemos casi todo. Desde que Juan Antonio Llorente, antiguo secretario del tribunal que lo denunció con su Historia crítica de la Inquisición (1817), hasta la obra monumental de Benzion Netanyahu que hoy reseñamos, pasando por Amador de los Ríos y Charles Henry Lea, han caído, uno tras otro, los mitos tenebrosos y las mentiras piadosas que rodearon al Santo Oficio en España, desde sus balbuceos medievales en el siglo XIII hasta su abolición definitiva en 1834.
     Hoy sabemos que las torturas inquisitoriales no fueron menos refinadas o crueles que las ejercidas contra los herejes en los países protestantes. Se ha constatado, también, que los primeros críticos del tribunal, liberales ardientes, exageraron exponencialmente el número de sus víctimas, y que la misma Inquisición española fue más benigna que el común de las cárceles seculares del crimen, ajenas a la aparatosa tramoya jurídica que rodeaba, a veces para bien de los acusados, a la Inquisición. La muerte en la hoguera, en fin, era un acontecimiento cotidiano en toda la cristiandad.
     Admitidas todas las salvedades que solicita la crítica histórica y desterrada la Leyenda Negra que promovió Gran Bretaña contra Felipe II, cuyos fantasmones acompañaron en su ocaso al imperio español, el núcleo de la cuestión inquisitorial queda al aire libre y hacia éste dirige Netanyahu su sabia y preocupada mirada.
     Al concluir Los orígenes de la Inquisición, de Netanyahu, el lector constata algo más terrible que las exageraciones legendarias: el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, formalizado por Fernando el Católico en 1480, es la matriz ancestral, por su forma y contenido, de la burocracia del exterminio que dominó el siglo XX. No es un problema radicado en la cantidad de sentenciados ni en las maneras de torturar. La forma inquisitorial de inquirir, precisamente, al no pretender la justicia sino la salvación del alma autorizó, más allá de toda clase de crímenes y confiscaciones, una manera de persecución ontológica nunca antes conocida y apoyada en una trama jurídica. Netanyahu, con una tesis que ha causado gran polémica entre los hispanistas, afirma que la Inquisición en España fue fundada para canalizar, gracias al monopolio estatal de un tipo específico de violencia, el racismo antisemita de las masas populares, de tal manera que su función como martillo de herejes o brazo de los poderes político y económico fue secundaria y, no pocas veces, contraproducente. En el centro de la Inquisición, afirma Netanyahu, está la Sentencia Estatuto de limpieza de sangre, lanzada desde Toledo en 1449 y adoptada, tras vehementes controversias, medio siglo después.
     Para sustentar su tesis, Netanyahu realiza un recorrido minucioso y exasperante por la baja Edad Media ibérica. Aunque el autor sostiene, con razones endebles, que el antijudaísmo tenía características propias antes de Cristo, su encuesta ratifica que la reputación deicida de los judíos corrió pareja con la entronización constantina del cristianismo como religión del imperio romano. Desde el dominio visigótico, España conoció graves incidentes antisemitas, mismos que desaparecieron casi totalmente mientras los árabes dominaron la península. Al calor de la Reconquista, la revuelta antijudía de 1391 incendió las aljamas castellanas y tuvo como protagonistas a las masas populares.
     ¿Cómo se convirtió la España de las tres culturas en el país de la Inquisición? Esa pregunta, acaso la más punzante de todas las que se han hecho los historiadores del tribunal, encuentra en Netanyahu no una respuesta, sino una serie de hipótesis, algunas viejas, otras nuevas. El erudito admite la impopularidad de los judíos, destinados por los príncipes católicos a la recaudación de impuestos, como una de las múltiples razones del antisemitismo de los villanos, quienes asociaron desde el principio lo semítico con el agente que administraba el despotismo de la nobleza y de los reyes contra los fueros de las ciudades. Pero así como es imposible escribir una historia del antisemitismo del siglo pasado sin Hitler, Netanyahu pasa a revisar la biografía política y psicológica de antisemitas patológicos como el padre Ferrán Martínez o Pablo de Santa María, obispo converso de Cartagena y de Burgos. Ambos agitadores no se ahorraron ninguna de las calumnias ancestrales contra los judíos, desde el asesinato ritual de niños y la profanación de los sacramentos hasta las más delirantes teorías de la conspiración.
     Estos incansables personajes realizaron, en el mediodía del siglo XV, una actividad de reclutamiento y propaganda que, partiendo de Castilla, invadió el resto de los reinos peninsulares. El antisemitismo —es Netanyahu quien usa el término sin ambages— previo al establecimiento oficial del Santo Oficio fue una actividad amiga de la justificada insatisfacción popular y presta a abanderar toda querella contra los abusos aristocráticos y eclesiásticos. Ante éste, los ministros castellanos —como el condestable Álvaro de Luna— vacilaron entre la represión violenta —numerosos antisemitas fueron quemados por pillaje y rebelión— y la negociación con esa oposición etimológicamente democrática que, aspirante al cogobierno, a través de sus fueros y partidas, cogobernase. Durante esa guerra civil que duró décadas se gestó la cuestión judía española, que pronto planteó la disyuntiva fatal: conversión o exterminio.
     Tras el terror de 1391, miles y miles de judíos se convirtieron al cristianismo. La mayoría de ellos lo hicieron como única alternativa ante la muerte o la miseria. No pocos, sobre todo quienes ya estaban política y económicamente integrados a la nobleza o a su aparato vicario, se convirtieron para defender su patrimonio y su influencia. Aquí es donde aparece la tesis más debatida de Netanyahu: esas conversiones, originadas en el pavor o en la conveniencia, fueron sinceras, y en el tiempo de una generación esos judíos se habían transformado en cumplidos cristianos, ansiosos de integrarse a una sociedad cuya élite los admitía en el gobierno civil, la Iglesia y el comercio.
     Netanyahu se esmera en comprobar que, antes del siglo XVII, no hubo judaizantes en España. Su acopio documental pretende probar que esos cristianos nuevos se convirtieron en un grupo social de alto dinamismo, fácilmente identificable por su origen reciente, sus relaciones peligrosamente exogámicas con otras altas esferas del poder y ese orgullo primigenio que llevó a creer a algunos investigadores —un juicio que Netanyahu desecha— que la "limpieza de sangre" fue una invención judía que se volteó contra sus creadores.
     Los orígenes de la Inquisición retrata a los cristianos nuevos como una nación que, al ser injertada por la fuerza en la república cristiana, intentó ser "más papista que el papa" y al serlo, dado el antisemitismo preexistente, resultó un injerto agresivo que acabó por generar los anticuerpos que crearon el Estatuto toledano de limpieza de sangre y, más tarde, a la Inquisición. Los cristianos nuevos, así, se transformaron en un mecanismo de mediación entre la agresiva dispersión del bajo pueblo y un poder ansioso de centralizarse. Por ello, los defensores de los conversos, desde los reyes Juan II y Enrique IV hasta los alcaldes más modestos, cambiaban de bando según la temporada política. Inclusio, concluye Netanyahu, puede decirse que tras la sangre y el fuego, y a costa de sufrimientos indecibles, los conversos "ganaron" la guerra, pues a fines del siglo XVII habían logrado perderse, tras haber renunciado a su identidad, en el magma étnico español.
     Aunque escasamente habían sido respaldadas con semejante erudición y buen sentido, ninguna de estas tesis es nueva. Pero resulta sorprendente que un crítico de la Inquisición, judío practicante —padre, para más señas, del ex primer ministro israelí Benjamin Netanyahu—, realice en Los orígenes de la Inquisición una exculpación perentoria de la Iglesia Católica española y del papado como inspiradores o coautores del racismo inquisitorial. Una y otra vez, afirma el autor, pontífices, cardenales, obispos, clérigos regulares y seculares se opusieron, hasta fines del reino de Carlos V, no tanto a la necesidad del Santo Oficio, sino a la herética doctrina de la limpieza de sangre. Si la Iglesia acabó por ceder se debió a su derrota política ante el imperio, simbolizada por el saco de Roma en 1527.
     Acaso lo más apasionante en el vasto tratado de Netanyahu sea su examen de las dos grandes disputas intelectuales judeocristianas, verificadas hacia 1450 y 1480, donde brillantes controversistas católicos, en diversos grados y circunstancias, defendieron al pueblo judío como honroso hogar de Jesús y a los cristianos nuevos como legítimos hermanos en la fe y en la comunión. Plumas magníficas y hombres valientes, algunos de estos teólogos y juristas fueron conversos, como el relator Fernán Díaz de Toledo, Juan de Torquemada —tío del inquisidor—, Alonso de Cartagena y Diego de Valera; otros eran cristianos viejos de la talla de Fernán Pérez de Guzmán, Lope de Barrientos, Alonso Díaz de Montalvo o Fernando de Polgar.
     Los problemas teológicos a los que se enfrentaron estos letrados fueron de una enorme gravedad. Tejiendo y destejiendo las sutilezas que unen al Antiguo y al Nuevo Testamento, se preguntaron cómo era posible que Dios hubiese escogido a Jesús, vástago de una raza aparentemente maldita, para encarnar en el Cristo. Algunos se deshicieron en elogios de las virtudes de un pueblo no en balde elegido por la gracia. Otros —dándole la razón a quienes predicaban la conversión pacífica, como Vicente Ferrer, otro de los clérigos rehabilitados por Netanyahu— refutaron esa tara o enigma insondable que significaba la fidelidad de los judíos hacia la antigua ley. Las conversiones desatadas desde 1391 y multiplicadas a lo largo del siglo XV probaban que España era el escenario de ese milagro, la conversión del resto de los judíos a la nueva fe. Por ello, el cristiano nuevo debía ser la oveja consentida de la Iglesia, pues cumplía la profecía milenarista de San Agustín: "Vendrá un tiempo, y ese tiempo será el fin de la duración del mundo, cuando todo Israel creerá".
     Otros controversistas fueron más lejos y dieron la batalla, perdiéndola, en la más espinosa de las cuestiones, la acusación de deicidio contra la totalidad del pueblo judío y su heredad. Díaz de Montalvo, nacido en 1404, relativizó la culpabilidad de la Pasión pues Cristo había sido crucificado por sólo algunos judíos, cuyo número era equivalente al de los gentiles involucrados en el crimen. Pero todos, dijo el teólogo, habían quedado exonerados por Jesucristo, al tenor de "Padre, perdónalos, no saben lo que hacen" (Lc. 32, 34). Otras tesis, muy heterodoxas, pretendieron que ese perdón universal negaba inclusive a la conversión como concepto, pues un judío era, por principio, una suerte de catecúmeno en espera eterna del bautizo, acción que lo haría transitar entre dos leyes complementarias.
     Las tesis a favor de los judíos, y sobre todo de los cristianos nuevos, fueron una y otra vez aplaudidas y respaldadas por la mayoría de la jerarquía española y por los pontífices romanos, quienes llegaron a lanzar anatema y excomunión contra los ideólogos de la limpieza de sangre. Queda claro que obispos y papas no procedían por caridad, sino por un imperativo dogmático, pues todo estatuto de limpieza de sangre negaba, con alevosía y contumacia, la eficacia divina y plena del bautismo. Que la Iglesia haya cedido, desde el siglo XVI, en un punto de doctrina de esas dimensiones, cobijando en su seno una herejía tan atroz según su propia retórica, es un misterio que a Netanyahu no parece interesarle. Su exculpación del papado, sustentada en la patrística, la teología dogmática y casi un milenio de bulas, es un acto de autoridad del historiador que, supongo, deja en manos de los católicos la culpa por semejante automutilación de la universalidad que separó, con Pablo, a la iglesia de la sinagoga.
     Los orígenes de la Inquisición es una obra que termina cuando comienzan las preguntas más interesantes. No siendo Fernando el Católico un antisemita, al fundar la Inquisición toma la decisión política que rehuyeron sus antecesores Juan II y Enrique IV: elegir, con clamoroso éxito, las pasiones y las reivindicaciones del populacho de las ciudades contra los cristianos nuevos y sus protectores en la élite. La permanencia del Santo Oficio, formalizado para inquirir legalmente sobre la limpieza de sangre, según la explicación de Netanyahu, no fue calculada por Fernando, quien confiaba en que la tradicional habilidad de los cristianos nuevos les permitiría capear el temporal.
     Entonces, ¿por qué el tribunal pasó de ser itinerante y temporal a permanente y secular? Netanyahu sugiere que se debió a la inercia ociosa del odio racial, promovida por un aparato que, contra lo que reza la leyenda, siempre estuvo en bancarrota y fue onerosísimo para la Corona. La expulsión de los judíos en 1492 y la represión de los conversos —reavivada contra los portugueses en el siglo XVII— no sació a los inquisidores. Ante esta reformulación de la Leyenda Negra más vale volver a teorías más acabadas, como las de Henry Kameen o Francisco Tomás y Valiente, quienes vieron a la Inquisición como un péndulo entre dos polos magnéticos, el Estado y la Iglesia, que para intercambiar sus atributos requerían de una mediación simbolizada, más que ejercida, por el tribunal.
     Finalmente, me figuro que la lectura de Los orígenes de la Inquisición debe ser algo incómoda para el judaísmo ortodoxo. Tanto defiende Netanyahu la sinceridad litúrgica y ética de los cristianos nuevos, que si incurrieron en malas interpretaciones de su nueva religión fue por ignorancia o exceso de entusiasmo, que pareciera que habían ascendido a una forma superior de espiritualidad y vida intelectual, dejando a quienes permanecieron judíos hasta la expulsión de 1492 como una suerte de minoría retardataria. Netanyahu cuida ese flanco al recoger los testimonios de los judíos del siglo XV, quienes vieron a los conversos no sólo como apóstatas sino como auténticos cristianos.
     Con elegancia, Benzion Netanyahu llega, sin abusar de un paralelo histórico que aletea a lo largo de mil páginas, a la comparación entre la España de 1480 y la Alemania de 1933. Ambas sociedades se debatieron, horrorizadas, entre un racismo tenaz y la integración de los judíos a la cristiandad. Una vez lograda ésta, en España en el siglo XV y en Alemania en el XIX, los conversos o integrados fueron desconocidos por sus vecinos, denunciados por sus amigos, desamparados por los poderes espirituales y terrenales y, al final, aniquilados por razones estrictamente raciales. Una vez lograda la conversión mediante el terror, los antisemitas toledanos permanecieron insaciables. De inmediato, acusaron a los cristianos nuevos de judaizar, marcados por la maldición del deicida. Quinientos años después, los nazis se ahorraron la conversión y pasaron al exterminio. Pero si Netanyahu acierta, pese a tantas atenuantes históricas a considerar, las leyes raciales de Nuremberg nacieron en Toledo en 1449. A lo largo del milenio el judío fue un hombre o una mujer quienes, obligados a convertirse al cristianismo o ansiosos de integrarse a la sociedad burguesa, tarde o temprano fueron confrontados ante la impureza de su sangre, preludio del patíbulo. –

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