Los recuerdos de Michel Delahaye

El cuadrado de la fortuna

Pascale Bodet y Emmanuel Levaufre

Traducción por Traducción de Manuel Peláez

Athenaica y Serie Gong

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Hará unos quince años, la directora francesa Pascale Bodet y Emmanuel Levaufre, que practica varios de los oficios del cine, como la interpretación o la crítica, entrevistaron en varias sesiones a Michel Delahaye, que también había sido crítico –en Cahiers du cinéma hasta que fue más o menos expulsado– y también actor y que por aquel entonces andaba cerca de los ochenta años. A partir de las conversaciones montaron un documental de cincuenta minutos y lo titularon Le carré de la fortune, en parte, y como explicó la propia Bodet en un breve texto sobre la película, porque el entrevistado, al rememorar su azarosa vida, siempre reconocía a la suerte actuando en los momentos críticos.

La conversación entre los tres ha sido transcrita y acaba de ser publicada por Athenaica y Serie Gong en formato de libro. En la breve nota que incluye al comienzo, Manuel Peláez, que es el traductor, defiende que las últimas palabras de un hombre que “ha pensado, con amplitud y lucidez, acerca de muchas cosas, no solo del cine, sino también de la vida, de su país y de la literatura, de la Biblia y la familia” merecen recogerse también de modo impreso, pues así se les asegura una vida nueva y más amplia.

Ha sido una buena idea. El libro, precioso y fragante, ilustrado con fotogramas del documental, cabe en el bolsillo de atrás de algunos vaqueros, dependiendo del modelo y de la talla, así que se puede llevar encima para leer en cualquier momento. Tiene ese tono de lectura en marcha, que se hojea a capricho y se lee a lo largo de los años. Sin duda, la posibilidad de consultar en el formato portátil y autónomo de un libro lo que cuenta Delahaye fija sus recuerdos de otra manera. 

Los libros de cine admiten cualquier género y en ellos se puede hablar de todas las cosas. En este caso Michel Delahaye nos da un paseo por varias épocas muy interesantes de la historia en Francia, además de ofrecer –o dejarse arrancar– su privilegiado punto de vista sobre la crítica de cine, el desarrollo del arte y el papel de las ideologías en la determinante década de los sesenta. 

Nació en un pequeño pueblo cerca de Nantes en 1929, así que empezaba a ser un adolescente cuando Francia vivió la ocupación. El ambiente provinciano de esos años lo hemos visto en multitud de películas francesas, por lo que es fácil imaginar al atribulado hijo de un matrimonio desestructurado que se refugia de las nieblas atmosféricas y familiares en las películas que proyectaba un tío suyo en el cine-club de la parroquia y que al poco tiempo comienza a cometer pequeños hurtos para poder pagarse las sesiones de cine y los libros. Por eso acabó en la cárcel. Sigue la historia picaresca y criminal de poca monta, como de personaje de película, transcurriendo en diversos oficios que acaban llevándolo a París, donde se coloca como redactor en una revista de sucesos y más tarde, en la época en el que el redactor jefe era Éric Rohmer, en Cahiers du cinéma, en cuyas páginas demuestra un gusto muy amplio tanto por el cine clásico como por los nuevos cines.

Delahaye abandona a regañadientes la revista en 1970, después de aguantar varios años en contra de las nuevas tendencias de la revista, que él encontraba muy ideologizada. A partir de entonces se dedica a su carrera como actor, que antes le ocupaba solo de manera ocasional, y en cierto modo queda como una figura anticuada que no ha sabido comprender los cambios sociales que estaban teniendo lugar en Francia. En sus últimos años volvió a escribir para La lettre du cinéma, con la que también colaboran precisamente sus entrevistadores Bodet y Levaufre.

Lo que expone Delahaye se hace al trote de la conversación, y ese es uno de los encantos de este libro (y del documental), lo que lo hace muy divertido y muy vivo. Por un lado están los jóvenes apasionados, que no dejan de ser hijos de la Nueva Ola, y por otro el anciano que contribuyó a montarla, y que ahora se muestra entre halagado y reacio a hablar en los términos que le plantean. Cuenta siempre cosas muy interesantes, pero a menudo se escabulle de lo que le están preguntando para hablar de otra cosa que le apetece más (y que seguramente viene a contestar a las preguntas con un gracioso rodeo, de una manera que creo que dejó de hacerse hace un par de generaciones y que por eso aparece como un vestigio del mundo que fue –resulta también documental–). Bodet y Levaufre, por supuesto, insisten en hablar de Cahiers du cinéma, pero Delahaye ofrece mucho más. Van algunas cosas que he ido subrayando mientras leía:

“[…] Era nuestro trabajo hablar mal de las grandes películas de las que todo el mundo hablaba bien”. Se refiere a la época en que Rohmer era el redactor jefe (hasta 1963). También se me aparece con el encanto de una película la redacción tal y como la describe; nos hace pensar que no ha habido mejor sitio para trabajar que una revista, ni una época más divertida para vivir que los años sesenta: “Puerta abierta todo el día […] Vienen unos después de los otros o los unos con los otros, no importa […] Todo el mundo está al tanto de lo que ha visto todo el mundo”. Ahí se extiende, pero cuando le preguntan “¿Por qué se fue Rohmer?” Delahaye se pone lacónico: “Lo echaron”. Hay que tirarle de la lengua. 

Más adelante explica lo que pasó cuando “apareció la teoría”, a partir de 1965: “Rohmer decía: A quien le guste la película hace la crítica […] La discusión teórica llegó con los desheredados, por llamarles ahora así. Hace falta teoría, hace falta teoría, no hemos hecho bastante teoría…”. A la observación de los entrevistadores de que los artículos de Rohmer de los años 50 eran también muy teóricos, responde que no era lo mismo, “¡Porque la necesidad de teoría era [a partir de 1965] expresada como tal y por lo tanto disociada de la práctica! [… La teoría] la traducimos sin tener necesidad de poner todos los parámetros juntos”. Interminable discusión; lo que queda claro es lo permanente del movimiento pendular. “No está por un lado la teoría y por otro la aplicación. Está el fondo cultural de alguien que ordena dicho fondo cultural, lo combina de cara a obtener un artículo relativamente abstracto…”, y más adelante “como prueba, la jerga […] Hacia el final me decían […]: Solo queda Delahaye que sea legible en los Cahiers”, y concluye: “aquella moda no me agradaba […] Pero también eso fue una suerte. He acumulado la suerte finalmente […] No me quejo”.

Yo también me he dejado atraer por el poderoso imán de los Cahiers para estas líneas, pero Delahaye habla de muchas otras cosas interesantes, y su forma de expresarlas, propia de un hombre nacido en los años 20 en la provincia francesa, es igual de atractiva. Copio un par de frases más y me despido: “Francia no tiene un punto de vista sobre el mundo”, “Francia es la familia desunida por excelencia”, “El relato del cine […] se ha constituido a partir de […] Griffith, Sjöström, Murnau, Fritz Lang. Es decir aquellos para los que el sentido de la aventura es lo primero que debe explorar el cine”, “El espíritu de equipo es un espíritu de improvisación permanente”, “De pequeño me gustaban las rocas falsas, las vallas de imitación madera […] Y me gustan los decorados que son así […] Pero también me apasionaban los decorados naturales y el rodaje en decorados naturales desde el momento en que entra en relación con el rodaje en decorados totalmente falsos”. 

¡Hasta la vista!

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