Novelas y gallinas

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Daniel Saldaña París

En medio de extrañas víctimas

México, Sexto Piso, 2013, 308 pp.

“Novela de poeta” es una frase que suena a insulto pese a los venturosos ejemplos que lo refutan (a vuelapluma: Álvaro Mutis, Leonard Cohen, William Ospina). ¿En qué radicaría la presunta incompatibilidad de una y otra práctica? Quizá en que poesía y narrativa suelen tener una relación distinta con el lenguaje (esto se aclara puesto que no son pocos quienes comparten el pasmo que embargó a monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre, cuando se enteró de que hablaba en prosa).

La narrativa, y particularmente la novela, es un arte secuencial, en el que una página importa en la medida en que da pie para proseguir con la que sigue. De otro modo, como sabiamente anotó Borges, a las novelas les sobrarían 298 de cada 300 hojas. El esplendor verbal de una página sola (o quince o cien) puede justificar la poesía pero no compromete necesariamente la atención de un lector de novela. Hay narraciones de estilo magnífico ante las que se fracasa, en el llano sentido de cerrar el libro y ponerse a mirar el televisor o consultar el Facebook o masticar un mango, si no hay de por medio un arrebatamiento o al menos cierta curiosidad, una tensión, vaya, que impulse a seguir adelante. Porque una postura estética puede deducirse de unos párrafos, una inteligencia verbal puede inferirse de unas cuantas páginas, pero una novela solo debería considerarse acertada si se le recorre en su totalidad. Ya lo dijo Aaron Sorkin, uno de los capitanes de la mejor narrativa televisiva moderna: “La estructura, el lenguaje visual y las connotaciones sociales están muy bien pero el fondo del asunto es quién quiere ver el siguiente episodio.”

Claro que Joyce, Proust, Robbe-Grillet (agregue usted el nombre contemporáneo de su preferencia) escribieron directamente contra los criterios de legibilidad de su época, tal como buena parte de los poetas después de las vanguardias y hasta la actualidad. Pero no solo no rompieron la espina dorsal del arte narrativo sino, si hemos de hacer caso a John Updike, su mejor logro fue terminar dándoles a los narradores que les siguieron nuevos campos y herramientas para levantar sus historias. Hoy día, incluso los bestsellers más romos pueden incluir monólogos interiores, trucos tipográficos y juegos con los planos temporales. Pero el legado más perdurable de sus rupturas parciales se encuentra, me parece, en la posibilidad de que una novela contemporánea ponga en crisis los moldes narrativos tradicionales sin quebrantar necesariamente el contrato de interés (común a toda la ficción) con el lector. Es decir, la posibilidad de que una novela se plantee como una apuesta de lenguaje y pensamiento y, a la vez, como una historia que va a interesar a quien la lea.

¿Y qué sería, entonces, una novela de poeta? ¿Quizá la que, de tan reconcentrada como está en el lenguaje, puede abandonarse mientras uno se dice: “Esto está muy bien pero mejor luego le sigo”? No es tan sencillo.

Reducida a su argumento, En medio de extrañas víctimas, de Daniel Saldaña París (poeta nacido en la ciudad de México en 1984), es una novela sin sospecha alguna de exageraciones líricas. Oscila, más bien, entre el absurdo y la sátira: abunda en oficinas repletas de seres ridículos, en relaciones personales regidas por el malentendido, en referencias cultas como pedestales del delirio. Está emparentada, por ello, con una cierta línea que proviene de Kafka y Bulgákov y no excluye nombres como el del recientemente fallecido Sławomir Mrożek. Hay dos personajes-eje: por un lado, Rodrigo, un oficinista resignado al tedio, súbitamente casado con una secretaria que lo hostiga y, además, obsesionado por una saludable gallina que deambula por un baldío vecino; por otro, Marcelo, profesor español empeñado en la búsqueda de los vestigios del paso por México del escritor-aventurero Richard Foret, una especie de Cravan o Hemingway pero más loco. El académico y Rodrigo terminan, a la postre, enredados en las andanzas de un gringo no muy sensato llamado Jimmie y su compañera Micaela, una adolescente bella y, claro, enigmática. Se suceden toda clase de peripecias esperpénticas, en el sentido más valleinclanesco de la palabra, que incluyen borracheras alucinatorias, sesiones de hipnosis y consumo de orina.

Pero más allá de los hechos estrambóticos que se refieren (y que pueden o no ser divertidos para el lector, según sea capaz de conectar con la vena de sátira que permea la historia y con una serie de giros que, por momentos, pueden resultar excesivamente gratuitos) está el estilo. La prosa narrativa de Saldaña se construye con un material fundamental que es la ironía. Escribe con una ampulosidad burlesca que no transa con la risotada (la gracia de Buster Keaton, decía Cabrera Infante, era no reírse jamás), pone un lenguaje culterano y tachonado de referencias al servicio de un discurso que llega a ser muy agudo. Los buenos momentos del libro, por tanto, son numerosos y provienen de la retórica. Y paradójicamente, quizá esté allí su único punto flojo: sin perder un ápice de aplomo verbal, su historia puede resultar demasiado fársica y, en dos o tres puntos, casi puede dar lo mismo seguir adelante con ella. Se sostiene por la firmeza de la prosa.

En títulos de poesía como La máquina autobiográfica, Daniel Saldaña París ha explorado las dislocaciones que causan en el discurso poético el prosaísmo y el humor y, con múltiples recursos, ha definido una voz literaria singular. Valga decir, pues, que en su caso no existe una oposición fatal entre una práctica y otra. Valga decir que Saldaña París no es un poeta que ha escrito una novela (así, como quien prepara un coctel sin devenir barman) sino, también, un narrador. Y que En medio de extrañas víctimas es, en ese sentido, un punto de partida divertido, riguroso y promisorio. ~

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