Richard Matheson, contador de historias

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A veces me parece increíble que tan poca gente conozca a Richard Matheson. Me sorprende que en Estados Unidos no se lea más y que en México sea tan poco conocido. Matheson es como ese actor de reparto que nunca ha figurado como protagonista, pero que sin su trabajo la película no funcionaría. En su caso, la historia del cine, la televisión y la literatura no sería la misma. Matheson no era un amante de dar la cara, de colocarse por delante de la obra. Era más un obrero de la máquina de escribir que un front man. Sin embargo, muchas de sus historias pertenecen ya a la cultura popular, desde el gremlin que destruye el ala de un avión, pasando por las paradojas temporales de amores imposibles (Del libro y película Pídele al tiempo que vuelva), hasta el muñeco asesino, con cara de salvaje, que persigue a una solitaria mujer en su departamento. Y es que este autor, nacido el 20 de febrero de 1926 en en Allendale, New Jersey,  pero radicado en California hasta su muerte en el 2013, ha poblado las pesadillas de lectores y televidentes desde que publicara su primer cuento.

Nacido de hombre y de mujer vio la luz en la señera revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Ese primer relato era una declaración de principios del escritor. Con un trasfondo de Mary Shelley, pero con un final a la O. Henry, la historia narra en primera persona la dura vida de un niño encerrado en un sótano. Al final, cuando pensamos que es una anécdota más de abuso, Matheson desliza estas frases finales: “Gritaré y me reiré muy fuerte. Correré por las paredes. Al final me colgaré abajo con todas mis piernas y reiré y les dejaré caer gotas verdes encima hasta que sientan no haber sido buenos conmigo.”

A sus 24 años había encontrado un estilo que lo acompañaría durante toda su vida. A diferencia de O. Henry, que buscaba el efecto sorpresa aunque sus textos no admiten una relectura, Matheson creaba con pocas palabras todo un universo al que era inevitable volver. Esto lo emparenta con Saki, otro maestro del relato corto. Sus cuentos siempre llevaban dentro de sí el cuestionamiento de la moral existente, de las creencias religiosas o de las supersticiones. A Matheson le gustaba concentrarse en los miedos de la sociedad de su tiempo. Su prosa no era engolada o compleja. Buscaba la mejor manera de narrar la historia. Unas veces podía ser a manera de diario, otras como un guión, otras en tercera persona, pero siempre en función de la trama y su inevitable final sorpresa.

Por sus cuentos desfila el hombre común, ese norteamericano promedio que vive la jauja después de la Segunda Guerra Mundial; ese que se enfrenta a la modernidad en su casa, llena de aparatos eléctricos que le hacen la vida más tranquila, pero que también le pueden traer problemas. En El Florecimiento de las cortesanas, un grupo de mujeres, que parecen ser más robots que humanas, ofrecen sus servicios sexuales de puerta en puerta y ponen en jaque a una pareja que no sabe cómo deshacerse de ellas. Se especializaba en incluir pequeños giros en la vida monótona y cotidiana de sus personajes. En Lemmings, un grupo de automovilistas decide suicidarse en masa y en Descenso, dos parejas bien avenidas, esperan con nervios el apocalipsis de su civilización.   

Matheson saltó a la fama en 1954 por Soy Leyenda, una novela de no más de doscientas páginas y que haría dos cosas que ahora nos parecen comunes: situar a los vampiros en entornos urbanos contemporáneos, (años antes que King y su Salem’s Lot) y crear una sociedad postapocalíptica con reglas. Soy leyenda, a sesenta años de su publicación sigue tan fresca como la primera vez que vio la luz.

            La idea que subyace a la historia es el miedo a la otredad. Robert Neville es un científico que sobrevive a un virus que convierte a la gente en vampiro, aunque exentos de ese aire sexual o refinado de sus contrapartes góticas. En un momento dado, Neville cuestiona si los vampiros no tendrán también derechos, si no será una especie de crimen matarlos. La conclusión es esclarecedora. El protagonista se da cuenta de algo que tuerce todo su mundo: “Yo soy el anormal. La normalidad es un concepto mayoritario. Norma de muchos, no de uno solo. Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Le tenían miedo. Ellos le veían como un monstruo terrible y desconocido, de una malignidad más odiosa que la de la plaga. Un espectro invisible que como prueba de su existencia sembraba el suelo con los cadáveres desangrados, de sus seres queridos. Y Neville los comprendió, y dejó de odiarlos.”

La editorial Minotauro sacó una edición de aniversario donde incluye la adaptación cinematográfica realizada por el propio autor que no llegó a filmarse. Además, reproduce la carta de rechazo a su guión. Luego de una serie de comentarios, la productora declina el trabajo, en suma, por “truculento”. En aquel momento en que el mundo atravesaba por un momento de esperanza luego de la Segunda Guerra Mundial, Matheson les pareció demasiado pesimista. Pero en esta era ese pesimismo es la marca de la casa. The Walking dead y toda la serie de versiones apocalípticas del mundo repletos de cadáveres vivientes, no hubieran nacido sin esta novela seminal. George A. Romero, acepta en un par de documentales (Birth of The Living Dead y Zombimanía), que la intención de La noche de los muertos vivientes era adaptar, sin autorización y sin dinero, Soy leyenda.

Tratar de encasillar a Matheson como un autor de fantasía o de ciencia ficción o de terror, es dejar romas las puntas de sus historias, que siempre iban más allá de querer sorprender al lector. Lo que buscaba, supongo, era mirar con ironía y espíritu crítico a lo que se enfrentaba. En Los científicos prometen que la TV seguirá funcionando, la gente va al refugio nuclear para resguardarse de la inminente guerra. Ahí, al pie de la extensión humana, los refugiados discuten sobre si las cosas mundanas como la televisión o los supermercados continuaran funcionando de la misma manera.

Pero sería en el cine y en la pantalla pequeña en la que sentaría sus reales, alquilándose como guionista a destajo para Roger Croman, entre otros directores y productores. Varias de sus historias verían la luz en programas nodales como The Twilight Zone,. Fue padrino de un joven Steven Spielberg con la historia Duel, un western road movie entre un auto y un enorme camión pipa. También adaptaría su novela Bid Time Return, para convertirla  en esa extraña comedia romántica con saltos temporales llamada Pídele al tiempo que vuelva, una obra que sería la inspiración de Volver al futuro, como alguna vez confesó Robert Zemeckis.

Cuando murió, el pasado 23 de junio del 2013, Stephen King escribió: “Matheson disparó la imaginación de tres generaciones de escritores […] Matheson mostró el camino. Pero, además de eso, era un hombre que siempre estaba dispuesto a ayudar a un joven escritor.”

Parece ser que está condenando a ser el personaje de uno de sus cuentos, Matheson. Una especie de escritor que provee historias para que sean contadas, aunque no se sepa que él las escribió. Qué más podría desear un narrador.

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