La relación de Julio Scherer Ibarra con Andrés Manuel López Obrador viene de lejos. Lo conoció en 1997 en el funeral de Heberto Castillo. Su padre, director legendario de la revista Proceso, sentía por él un gran afecto. Con el tiempo la relación de Scherer Ibarra con López Obrador se fue haciendo muy cercana. Estuvieron juntos en sus varias campañas electorales. Al ganar la presidencia López Obrador lo nombró su consejero jurídico. Trabajaron estrechamente unidos, había entre ellos una gran amistad. En 2021, cuando Scherer dejó el cargo, López Obrador lo llamó “hermano”. Tantas batallas juntos. Permanece hasta la fecha la amistad, la lealtad y el cariño.
Por ese motivo llama la atención la descripción que Scherer Ibarra hace de su “hermano”. Lo muestra como un hombre de grandes limitaciones. No entiende la economía global. No respeta la ley. Le gusta hacerse la víctima. Anhela el poder. Es sólo un predicador. Es muy duro con las personas. Trabajas con él, le eres leal y luego te manda al diablo. Es un pragmático absoluto, no le importan los ideales. Le gusta imponerse, no negocia. Utilizó la mañanera para ofender y ridiculizar. Tiene un carácter tremendo. Es un tipo impulsivo. Es muy manipulable. Toma decisiones cruciales por motivos ideológicos. Cometió graves actos ilegales. Daba cargos a personas a las que le tenía confianza aunque no tuvieran la mínima capacidad, lo que se tradujo en resultados desastrosos para el país. No leía periódicos. Como a Díaz Ordaz, lo manipulaban mediante la información que le transmitían. Nombró a López Gatell responsable del control de la pandemia de covid solo porque Calderón lo había despedido, con el resultado de cientos de miles de vidas que se pudieron haber salvado. Conservó el esquema de gobiernos anteriores de otorgar prebendas a medios que le eran afines. Tuvo cercanía con criminales a cambio del apoyo a las campañas electorales de Morena. No fue un buen administrador. Ni un economista. Fue un destructor de instituciones. Se enojaba si lo contradecías. No era fácil tratar asuntos con él. Fueron grandes amigos. Lo llamó su “hermano”.
Scherer Ibarra, hombre cercanísimo a López Obrador, aborda el eje de la mitología obradorista: las elecciones del 2 de julio de 2006. No menciona la palabra “fraude”. No dice que les robaron la elección. Dice que en 2006 Calderón, antes de las elecciones, no iba muy lejos de López Obrador. Las encuestadoras cercanas al obradorcismo no marcaban una distancia definitiva. López Obrador fue sumando errores en su campaña, que lo hicieron parecer violento. “No perdíamos puntos, el PAN los ganó. Muchos”. El “fraude” del 2006 fue una mentira.
Como presidente ordenó la construcción de la refinería de Dos Bocas. Se destruyeron enormes manglares. Se levantó la obra sin estudios de impacto ambiental. Se cometieron barbaridades jurídicas, como permitir que las adquisiciones no fueran licitadas, lo que permitió una gigantesca corrupción. Para López Obrador la democracia era sólo un instrumento para engañar a la gente. El tomaba las decisiones que luego los electores refrendarían. El que decidía quien debía gobernar era López Obrador. A Scherer le ordena que, junto con Monreal, vaya y destape a Miguel Mancera. Meses antes de que se decidiera la candidatura de la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, López Obrador le dio “línea” a Scherer: “será Claudia Sheinbaum la elegida”.
El presidente se enteraba de todo lo que ocurría en su gobierno. Especial atención le merecían los procesos electorales. Su propósito era que su partido ganara todo, aunque para hacerlo tuviera que aliarse hasta con el diablo. Por eso apenas sorprende que Scherer, o el periodista Fernández Menéndez, esto no es muy claro, revele los contactos que Sergio Carmona (el Rey del huachicol, vinculado con el narcotráfico) tuvo con Mario Delgado y con el mismo López Obrador. Carmona ayudó a Morena a ganar las elecciones en Tamaulipas, Sonora y Sinaloa. Fue determinante en las elecciones intermedias de 2021. Se habla mucho de la existencia de un narcogobierno. Sheinbaum lo niega. Pero queda muy claro en el libro de Scherer Ibarra, hombre muy próximo a López Obrador. No se puede tapar el sol con un dedo.
El libro Ni venganza ni perdón es rico en revelaciones de primera mano. Destaca la presencia nefasta de Jesús Ramírez, que aparece retratado en el libro como una persona corrupta y manipuladora, auténtico Rasputín. El se encargó de modelar el carácter de las conferencias conocidas como “las mañaneras”. Conferencias de prensa amañadas para lucimiento del presidente. López Obrador se valió de este instrumento desde que fue Jefe de Gobierno en el 2000. Pero eran ejercicios distintos. Originalmente las conferencias servían para comunicar. Ya como presidente, y con el apoyo de Jesús Ramírez, las conferencias sirvieron fundamentalmente para agredir a periodistas, intelectuales y a empresarios. Para calumniarlos y amenazarlos. Si sólo en eso hubiera quedado, el daño habría sido menor. Pero no. Jesús Ramírez diseño un sistema, financiado con dinero fraudulento, para saturar las redes con las agresiones del presidente convertido en porro. Scherer Ibarra fue testigo de estos despropósitos, ¿por qué no intentó detenerlos? Si esto no era posible, ¿por qué no renunció? No son pocas las veces que Scherer refiere que López Obrador violaba la ley. Que para él la política estaba por encima de la ley. Toleró esto a pesar de llamarse Julio Scherer. ¿Lo habría tolerado su padre? Cuando finalmente renunció lo hizo por otras razones, no como protesta por alguna de sus arbitrariedades.
Ni venganza ni perdón exhibe luces y sombras de López Obrador. Aunque las sombras tienen áreas de oscuridad muy pronunciadas. ¿Para qué exhibirlas si López Obrador era su amigo, su hermano? Es claro que Scherer sabía que estas revelaciones dañarían a López Obrador y a su movimiento. ¿Lo hizo porque ahora su amistad está en otro lado, en la Secretaría de Seguridad Pública? ¿Lo hizo porque finalmente pudo más el peso de su nombre, que es el de su padre? No sabemos por qué lo hizo pero lo importante es que lo hizo. Descorrió el velo de la corrupción y el autoritarismo imperantes en el gobierno de López Obrador. Esto resulta invaluable. El deber de un demócrata, señaló Daniel Cosío Villegas, es hacer pública de verdad la vida pública. ~