“Toda la intensidad fue estar ahí para saberlo”

Cañón de Lobos

María Baranda

Fondo Editorial UAQ

Querétaro,, 2021, 72 pp.

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Últimamente, asumiendo la ansiedad pandémica como costumbre y pensando en el coronavirus como una especie de velo de separación entre unos y otros, he pensado en el antagonista involuntario de Annihilation, novela de Jeff VanderMeer adaptada al cine por Alex Garland y en la que un hongo venido del espacio ocupa un breve archipiélago de Florida, conocido como Area X, y absorbe todas las cosas que hay ahí (animales, humanos y plantas por igual) en una especie de totalidad orgánica, que comparte sensaciones, emociones, memoria. También he pensado en William S. Burroughs y su visión del lenguaje como virus, y en las formas en las que las palabras pueden trastornar nuestra realidad sin que apenas nos demos cuenta. Las palabras son contagiosas, pueden lastimar y acariciar, son la herramienta con la que se construye el mundo. Del poeta que cantó los primeros versos de una aventura para reconfortar a su tribu al programador que en este momento busca crear una realidad verosímil para su videojuego, la línea que se comparte es el lenguaje y su potencialidad generadora. Pensando en eso, recuerdo estos versos de María Baranda: “Epidemia de eses silbantes que surgen / de las venas cardenalicias, de las temperaturas / fluviales / donde un mar arde en la garganta de quién.”

En Arcadia (2009), uno de sus poemas mayores, Baranda enuncia una muerte del cuerpo por medio de la palabra, una saturación del ser parecida al éxtasis místico, pero enraizada en imágenes eminentemente físicas: cuerpos, corazones, plantas y animales se congregan en remolinos de lenguaje que, al final, no son más que eso: texto solitario y continuo, algo que se escribe desde la grieta del silencio. Aquí, como en otras de sus obras, encontramos el centro de su poética: una visión del lenguaje como posibilidad creadora que es limitada –o contenida– por su devenir-texto. La poesía, teóricamente, puede enunciar el universo, pero ese universo está condicionado al lenguaje, y ese reconocimiento hace que la obra de la poeta esté cargada de una melancolía muy singular. Esta visión de la palabra como puente, miasma y magia aparece también en el decimoctavo fragmento de Cañón de Lobos, nuevo libro de la poeta publicado en una bella edición por la Universidad Autónoma de Querétaro. En el poema, la voz contempla un árbol y se da cuenta de la separación entre sí misma, los seres que lo habitan y la idea del árbol: “Lo vi soportar una tormenta, doblarse / casi a la mitad. Pero quedó de pie / siendo él. / Más que nunca, él. // Yo, temerosa, detrás de la ventana / escuché el aullido del viento y temblé.”

Estos versos nos invitan a pensar la unidad conceptual, el motivo que estructura todo el poema, no como un tropo que busca reconciliar el árbol con la voz poética, sino como aquello que Wallace Stevens pensó como una “idea de orden”: en el texto respiran ambas entidades, una junto a la otra, sin buscar una conexión mística o un significado oculto. La poesía existe, más bien, como una forma de nombrar la empatía inescrutable de la experiencia compartida. Como en otros de sus libros recientes, la poeta nacida en la Ciudad de México invita a considerar las maneras en que el lenguaje nos vincula con el mundo, pero los espacios a los que nos lleva ya no son los de la palabra misma, como en Narrar (2001) o Dylan y las ballenas (2003), los del universo perceptible mediado por el arte, como en Arcadia Teoría de las niñas (2018), o los espacios entre el sueño y la memoria que ensayó en sus libros de la década de los noventa. Cañón de Lobos es, al mismo tiempo, parte y consecuencia de esa búsqueda por escudriñar el secreto del lenguaje: su motivación principal es la naturaleza vista desde el pasado, las sensaciones corporales y los movimientos del mundo que se quedan en la memoria. Esta experiencia puede ser vinculada a un mito originario que reside en la piedra nombrada a lo largo del texto, a un momento familiar y cariñoso, o la ansiedad –también empática y, a su modo, amorosa– de llamar al propio “futuro corazón de la tierra” que será el de todos, en algún momento.

Dice el crítico Paul Hoover en The new world written, antología de poemas de Baranda recientemente publicada por la colección Margellos de la Yale University Press, que la obra de nuestra autora, a pesar de su carácter épico y mítico, no es de orden narrativo: más bien, “su forma de contar es un intenso anunciarse del ser similar a la invocación”. En este nuevo libro, la invocación se encuentra mano a mano con la reflexión, la pregunta hacia el lenguaje que habita sus mejores poemas orientada no hacia adentro o hacia afuera, sino hacia el espacio intermedio en que nos encontramos con el universo. La maternidad, el amor, el viento en la cara, se convierte en “el aullido siempre / de los otros” que nos identifica como animales humanos. Después del grito solitario de Narrar y del nuevo mundo escrito de Arcadia, el aullido que este libro nos ofrece es uno de reconciliación material, no con un Dios incognoscible, con el lenguaje o con la historia, sino con la experiencia vivida. Además de las comparaciones evidentes que se asocian con Baranda, como la tradición del poema largo en español y la reinvención del modo lírico eliotiano, podemos ubicar resonancias con el ya mencionado Stevens, con el Octavio Paz de Blanco, con la Rosario Castellanos de Lívida luz y con la voz mítica, eterna, de las Migraciones de Gloria Gervitz.

Los ecos intertextuales y los encuentros con otros poetas que podemos encontrar en este libro son de autores minuciosos, precisos, que trabajan o trabajaron sus libros hasta el cansancio. No es coincidencia, pues Cañón de Lobos es un texto que ha existido, de una forma u otra, desde hace más de una década: su primera versión fue la de un poema breve, aparecido en Letras Libres en julio de 2007, y después aparece en 2011, como una adenda de inéditos en El mar insuficiente, edición de poesía escogida publicada por la UNAM. Esas primeras versiones vuelven a aparecer en este libro ya convertidas en piezas inamovibles de una obra; comunican las mismas preocupaciones, pero también llevan de la mano al lector por las experiencias que inspiraron a la autora: nombran lugares, nos dibujan el paisaje y hacen relacionar lo táctil del lenguaje de Baranda con los acontecimientos que dibujan. Después del paso por el escalpelo autocrítico, de una construcción lenta y un modelado preciso, estos poemas ya no solo relatan, sino que nos afectan con el peso de la memoria construida a partir del lenguaje: una memoria despersonalizada pero, al mismo tiempo, material, aterrizada en cuerpos y espacios que coexisten más allá de nuestras percepciones. Así, Cañón de Lobos ya no es un paisaje localizado en Yautepec, Morelos, sino el lugar donde nos congregamos nosotros, quienes hemos escuchado el aullido, el mar en la garganta de quién, que nos invita a mirar hacia el otro: lo único que necesitamos, como dice el poema, es estar ahí. ~

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