¡Que vivan México y las hamburguesas!

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Las únicas hamburguesas que me gustan son las que preparo en mi casa los domingos. Como ocurre en otras partes del planeta, entre nosotros el conocido emparedado imperialista también puede ser tropicalizado según los gustos y costumbres al uso. En mi caso, basta con agregar chiles jalapeños rebanados al estilo “nacho” y ver un buen partido de futbol. Un juego de la selección nacional intensifica, mediante una suerte de extraño y desbordante equilibrio, la experiencia de mi propia mexicanidad, toda vez que una derrota en la cancha ofrece un pretexto inmejorable para acabarse la botella de tinto con que siempre acompaño mi hamburguesa y papas a la francesa. Que quede bien claro: me encantan las hamburguesas, pero jamás me verán en la fila de un restorán de comida rápida, el característico e indefinible olor que flota en esos ambientes me repugna, no soporto el tacto con esa finísima película de grasa que recubre cada rincón de esos establecimientos en los que, por cierto, siempre hay un quinceañero con el rostro sembrado de espinillas trapeando los pisos y siempre quedan como sebosas las suelas de los zapatos al salir de ahí.

A pesar de todo esto, me pareció ingeniosa la reciente campaña publicitaria de Burger King para promover un sándwich llamado Texican-Whopper. El contenido visual puede ser cuestionable pero el eslogan utilizado da para una acalorada discusión en un seminario de historia de México y EUA: “Unidos por el destino”. Algo saben de nosotros, esos publicistas al servicio de los sistemas digestivos del imperio.

Observador atento, antenas infalibles en defensa de la patria más allá de sus fronteras, el embajador de México en España denunció el mal uso que se hace de la bandera en la publicidad hamburguesera a todo lo largo y ancho de Madrid, así como de la imagen estereotipada que aparece en ella: un texano bigotudo recargado en un hombrecillo chaparro y regordete, envuelto en el lábaro patrio. Ya se sabe que en defensa de la soberanía a los mexicanos no nos tiembla la mano. Por ello, el embajador llevó a fondo el ejercicio de su alta tarea y censuró la denigración de nuestra imagen y bandera a manos de los zafios gerentes de una cadena de restoranes. “Esta gente”, dijo desdeñosamente en una entrevista radiofónica.

Estando las cosas como están, el asunto merece hacerse una pregunta y pensar en posibles respuestas.

¿Qué resulta más denigrante para México y los mexicanos? Un cartel inofensivo y falto de originalidad que subraya la existencia de un estereotipo que, por definición, alude a una fórmula que se repite sin variación, o bien:

• el hecho de salir a la calle y ser atracado;

• el hecho de volver a salir a la calle y que la casa de uno sea víctima de atraco durante la ausencia;

• atestiguar que, ciertamente, aquí hay demasiada gente viviendo en la calle, en la más absoluta indefensión, pidiendo limosna por las buenas o las malas;

• tener que compactarse más que el chaparrito aquel que aparece en la publicidad de la Texican-Whopper con tal de lograr subirse al así llamado Metrobus, mientras los jefes de gobierno viajan a sus anchas, repantingados en la comodidad de los vehículos que tú y yo pagamos con nuestros impuestos;

• ser carne de cañón de una clase política inepta y tener que mantener a lacras como el presidente de la Comisión de Marina de la Cámara de Diputados, encargado de cosas tan sensibles y esotéricas como las reformas constitucionales que permitirían la participación de las fuerzas armadas en operaciones de mantenimiento de la paz, un tipazo al que, al menos hasta ser entrevistado en MVS-Noticias, sencillamente no se le había ocurrido leer la Constitución;

• un largo y pavoroso etcétera;

Afirma el embajador en España, también ex-diputado, que los mexicanos queremos tanto a nuestra bandera que por esa razón su uso y abuso están regulados por la ley. El homicidio, el secuestro, el robo con violencia y otras conductas anti-sociales, también. Entre los sueldos mensuales del embajador-patrullero y del bartleby que redactó la valerosa misiva a Burger-King, se nos fueron de las arcas de la nación unos 21 mil dólares, más o menos. Digamos que por esa ardua jornada de trabajo calculada en días hábiles, la cartita costó poco más de mil dólares, un ingreso diario que no se mete siquiera un súper-Robocop de primer mundo.

Nada denigrante para la imagen de un país como el nuestro, ejemplo de igualdad y prosperidad sociales. Qué simpático y valiente, nuestro embajador en España. Su conducta corresponde a la imagen que de nosotros se tiene en el mundo, no me cabe duda. Qué suerte tenemos en que dedique su tiempo y nuestro dinero a defender el uso adecuado y bien normado de los símbolos patrios. Sabiéndose uno así protegido, hasta la hamburguesa sabe mejor.

– Bruno H. Piché

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