Ver / Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas, de Francisco González Crussí

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Los ojos del patólogo no son diferentes. Lo diferente es su mirada. Miran distinto y lo hacen desde otros sitios. Sus órbitas albergan ojos curtidos por las imágenes propias de su quehacer: Ven cosas vistas, no vistas y mal vistas. Al mirar, hablan y tocan. La patología es la ciencia del mirar.

Los microscopios viejos hacían que lo invisible se convirtiese en visible. Los microscopios nuevos han logrado que lo inimaginable se convierta en materia tangible y que las ideas no pensadas o mal pensadas se transformen en realidades palpables. Muchas vidas dependen de los ojos del patólogo e incontables decisiones médicas de los diagnósticos histopatológicos. Los ojos del patólogo escrutan los recovecos más íntimos del ser, de sus tejidos y de sus células.

Los ojos de Francisco González Crussí, además de mirar a través del microscopio y diagnosticar cánceres, abscesos o quistes miran más allá: penetran el alma y la psique. En Partir es morir un poco (unam, 1996), tomo autobiográfico, González Crussí cuenta acerca de la farmacia de su padre; las pieles de víboras de cascabel, el “ungüento del soldado”, la pomada del “pampuerco” y los botes de latón llenos de productos vegetales, entre otros remedios mágicos, fueron, supongo, una de las razones por la cuales abrazó la medicina.

Gracias a su dualidad como patólogo –fue jefe del departamento de Patología en el Children’s Memorial Hospital de Chicago– y como hombre de ideas, González Crussí mira lo que otros no miran. Ver / Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas refleja algunas porciones de ese binomio. Arropado por el microscopio, por la literatura y por la historia, escribe sobre el arte de cómo mirar la vida.

Emmanuel Lévinas escribió: “desde el momento en que el otro me mira yo soy responsable de él”. Mirar es una responsabilidad humana y filosófica; mirar, cuando las ideas revelan lo que otros no saben, es una virtud. Ver / Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas es una apología del acto de mirar a través de las palabras y de las lentes del microscopio. Nueve ensayos no relacionados entre sí conforman el libro. Se pueden leer en orden o en desorden. Atendiendo al apetito de la vista los médicos seguramente arrancarán la lectura en “El ojo clínico”; los lectores dueños de una mirada escrutadora podrán iniciar en “Ver es creer y creer es ver”; a quienes los mueva la curiosidad quizás leerán primero el capítulo “Los genitales femeninos: el principal tabú masculino”.

En sus libros González Crussí mira “un poco más allá”. Sus confesiones: “Dediqué muchos años de mi vida profesional a mirar preparaciones microscópicas: células sueltas o secciones de tejidos apropiadamente teñidas y montadas en portaobjetos.” Su infinita sabiduría es salpicada de citas como la que describe la historia de un templo dedicado al ojo en la antigua Mesopotamia, donde algunas estatuillas tenían ojos pero no cabeza. Dice, sobre la fascinante trama de la morgue de París de los siglos xix y xx: “La morgue no era una guarida en mal estado donde algunos individuos miserables de conducta desviada satisfacían una discutible propensión: era un lugar donde, si un cadáver había sido blanco del sensacionalismo periodístico, más de 40,000 parisinos lo visitaban en un solo día.” Sus anécdotas acerca de los mitos del “ojo clínico”, así como la poética de las ideas cuando se refiere a un tratado del siglo XVII de Jean-Baptiste Porta donde se discurre sobre “ojos que tiemblan”, “ojos risueños”, “ojos tristes”, “ojos que tienen ojeras de varios colores” y “ojos que se mueven hacia arriba y hacia abajo”, son algunas referencias de lo que sucede cuando González Crussí mira “un poco más allá”.

Lo observado puede modificar las percepciones de quien observa. La historia de lo visto, el deseo de quien otea, la cualidad de las cosas o el peso del infatigable tiempo modifican la sensibilidad de las personas. Si bien no se ha escrito un texto sobre la “Historia de la vista”, los ensayos reunidos en este libro son un abrevadero acerca de los significados de mirar. La erudición del autor le permite diseccionar, por medio de sus bisturís –es patólogo–, y de sus múltiples saberes, las implicaciones de “ver”. Esa pasión deviene meditaciones filosóficas sobre la relación entre quien ve y lo que se ve, y entre lo que se escucha y lo que se entiende.

La pulsión del autor para ver es ilimitada. La visión es el sentido de más peso cuando de supervivencia se habla; además, la mirada siembra curiosidad. La curiosidad es una cualidad innata de los patólogos; al sumergir sus ojos en los tejidos enfermos, durante horas y horas, escrutan y nutren su curiosidad. “Lo que determinó –escribe González Crussí– que el cuerpo debería verse como un objeto interesante en sí mismo fue la curiosidad”, a lo que agrega: “Nuestro deseo de ver el interior del cuerpo surgió estrictamente de la curiosidad: el impulso de ver ‘por el hecho de ver’, esto es, de investigar lo que está oculto.” En lenguaje cotidiano: Ver para existir.

Apoyándose en una gran variedad de fuentes –mitos, anécdotas, historia y medicina– González Crussí comparte algunos rincones de su erudición y de su sensibilidad y conjunta las lecciones de las enfermedades con las enseñanzas de la cultura. Su magnífica prosa se suma a su larga cadena ensayística, en la que los comunes denominadores son la sabiduría y la prosa bien hilada. On seeing  / Things seen, unseen, and obscene, escrito originalmente en un inglés impecable, cuenta con amplias referencias bibliográficas y diez ilustraciones. La traducción al español de Liliana Andrade Llanas es excelente. Aunque los nueve ensayos no se relacionan entre sí, hubiese sido adecuado agregar un prólogo y quizás un epílogo.

Algunos patólogos miran con muchos ojos. Los colores de las preparaciones de histopatología superan la imaginación del arcoíris y las formas de la realidad. González Crussí es una rara avis. Su sensibilidad le permite ver lo evidente, mirar lo no visto y comprender lo mal visto. ~

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