Verdades y maternidades

A propósito de 'Miss Marte' (2021) de Manuel Jabois y 'Casas vacías' (2017) de Brenda Navarro
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La literatura empuja a la búsqueda de pequeñas verdades que se acumulan frente a los lectores. Manuel Jabois y Brenda Navarro abordan la maternidad en sus novelas recientes y proponen sendas muy dispares que se cruzan y revelan pequeñas certezas que alumbran un camino literario sobre diferentes caras de la maternidad. 

Miss Marte y Casas vacías se abren con la desaparición del hijo pequeño, lo que hace enloquecer a las madres de estas novelas. En ambas asistimos a dos vidas que se llenan de misterios cuando aún son muy cortas, la de Yulia en Miss Marte y la de Daniel/Leonel en Casas vacías. Son vidas que acumulan preguntas cuyas respuestas nos eluden: qué ocurrió con esa niña, quién fue ese niño, qué sepultó el tiempo, qué saben quienes dicen no saber, a quién culpar de sus desapariciones. 

Las dos novelas se han publicado en España con poco más de un año de diferencia (Casas vacías en enero de 2020 y Miss Marte en febrero de 2021 – aunque Casas vacías apareció en México de la mano de Kaja Negra ya en 2017) y, leídas cercanas o lejanas en el tiempo, difícilmente las olvidará el lector.

Miss Marte se lee como un canto que, aunque no rasga, sí hace mella; se despliega ante sus impávidos ojos como una fábula que es también un desfile de la belleza y la bajeza de las interacciones humanas, indagando en la locura sin sumirnos en ella. Casas vacías sí rasga y, de hecho, abre una herida difícil de cerrar. Es una novela cuya desaparición no es sino una excusa para hablar del vacío, de algo que es peor que la muerte; del maltrato y de la violencia, que es física, emocional y estructural. Navarro ha construido un relato que leemos casi aguantando la respiración: es un texto imprescindible en la lucha por los derechos de la mujer y queda, además, muy lejos de ser panfletario, pues es literatura de la más alta calidad.

En Miss Marte la historia se teje a base de flashbacks que tratan de averiguar qué se esconde tras la desaparición de la pequeña Yulia. En Casas vacías, el hijo, Daniel, desaparece en un parque infantil bajo los ojos incrédulos de una madre que mira el móvil. Es una premisa de las más antiguas en literatura, ese “whodunit”, y, en estas dos novelas, el misterio se construye alrededor de la desaparición del niño, pero también de la pregunta que más acecha ambos textos: qué opciones le quedan a una madre cuyo hijo es arrebatado. En ambos casos, la verdad de lo que ocurre pesa menos que las preguntas que nos hacemos al leer; pesan la belleza y la crueldad que acompañan a la búsqueda acerca de qué es la maternidad, acerca de la salud mental, de la precariedad emocional y social en que se mueven sus personajes.

Miss Marte es una novela que nos traslada al mar gallego, a la luz tímida de sus costas y al olor a salitre de sus veranos. La pueblan personajes memorables y originales que giran alrededor de la fuerza gravitatoria que es Mai, la madre joven que llega a Xaxebe 25 años antes de la acción y que cambia las vidas de aquellos a quienes toca con su vitalidad. El lector se llena de preguntas acerca de ella, de su hija Yulia y del pasado que arrastran ambas. Entre tanto, se va perfilando el mapa de una maternidad casi colaborativa, que se desarrolla en el seno de un colectivo de amigos y vecinos que acogen a Mai y ayudan a criar y a querer a Yulia, que, sabemos desde el principio de la novela, desaparece la noche de bodas de su madre. Casas vacías es un relato desgarrador a dos voces que salta entre México y Barcelona, y cuyo eje no es otro que el juego de espejos entre el hijo Daniel y el hijo Leonel, entre la desaparición de uno, que es también el otro, y que aparece y desaparece de las vidas de madres cuyos nombres desconocemos. Es un relato sin tregua que denuncia la precariedad emocional y afectiva sufrida por mujeres a manos de sus violentas parejas, que resisten el dolor de la sangre que corre por sus piernas, y que ven sus cuerpos cambiar a causa de embarazos y de golpes. Una de las protagonistas observa el sino de las mujeres: “nosotras mirábamos confundidas e impávidas, porque eso era lo que había que hacer: ser las casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías” (82). Y así, resulta imposible no pensar en las mujeres-casa de Louise Bourgeois, que tantas esculturas y pinturas creó el siglo pasado cuestionando los antiguos e impuestos vínculos entre domesticidad y feminidad.

Estas dos novelas cuestionan también el material del que está hecha la maternidad, si su esencia surge de esa posibilidad que tiene el cuerpo femenino de “albergar la vida”; cuestionan el instinto maternal y la naturaleza de sus cuidados. Todo ello a través de la reescritura de importantes tropos literarios: el niño desaparecido y el abismo al que nunca deja de asomarse su madre. 

La literatura no existe para ofrecernos la verdad sino para dejar pequeñas verdades en nuestro camino en forma de historias que nos habiten un tiempo, que nos impidan seguir ese camino sin preguntarnos de vez en cuando por ellas. Hay novelas que arañan la superficie de nuestra vida, que caminan con nosotros y que, como dijo Faulkner, tienen la capacidad de convertirse en cerillas con las que alumbrar la negrura.